He conseguido maldormir una o dos horas. Llego a esta conclusión porque mis vecinos ya no son los mismos que recordaba, y no les he visto marchar ni llegar. La alarma del móvil ha sonado, no tengo claro si dormía o no en este momento. He dormido vestido para salir y con el dorsal puesto. Reconozco dos catres más allá a mi amigo japonés que también se está levantando. Sólo tengo que recoger la toalla de la ducha que he dejado colgada de una percha en los baños para ver si se secaba algo. Momento de pánico cuando veo que ha desaparecido… pregunto a los voluntarios que vigilaban el dormitorio; en principio no la identifican, pero finalmente aparece en la bolsa de “objetos perdidos”. Cuando se apuran tanto las barreras horarias cualquier pequeño contratiempo te pone muy nervioso, pero cumplo mis planes y me acerco al pabellón principal para desayunar algo. El estómago sigue ávido de material alimenticio. Café en abundancia, algún bollito y a pasar el control de salida 10 minutos antes del cierre. Salgo en la oscuridad, la misma oscuridad y la misma noche de mi segunda entrada triunfal. Han pasado apenas cuatro horas. Estoy solo, pero no me molesta, me concedo unos momentos para recrearme en el pensamiento de que “hoy” finalizaré la Alta Via 2, que alcanzaré el fondo del valle en Donnas, que estoy penetrando de lleno en la Terra Incognita, no tanto en sentido geográfico, porque la zona de Dondena la conozco bien, sino en el de mis propios límites físicos. EL camino es cómodo hasta Lillaz, por una pista paralela al río que discurre entre arbolado. Finalmente cruzo un puente y retomo la carretera asfaltada según se va entrando en el pueblo. Apunta el alba y yo supero a … pues a quién si no!, a mi amigo comedor de sushi! A diferencia de la bella de la noche anterior, a éste sí le volvería a ver muchas veces.

El libro de ruta marca la subida a la Finestra de Champorcher como muy larga y tendida, pero yo no esperaba ninguna regularidad en las pendientes por mucho que el perfil así lo indicara. Y efectivamente, así resultó ser. Dentro de Lillaz, una indicación a la izquierda y el sendero que arranca decidido hacia arriba. Se acabó la calma. Inmediatamente reconozco el sendero empedrado que recordaba haber visto en el DVD de la carrera. La humedad de la mañana hace sudar, y la regla de parada cada media hora para beber, que sigo escrupulosamente, se revela providencial. Agradezco enormemente esa primera parada, que aprovecho para quitarme la frontal. El bosque se ha despejado algo y me permite disfrutar de la visión de la “aurora de dedos de rosa” coloreando dulcemente con esa tonalidad la mole de la Punta Rossa della Grivola  (y detrás, la misma Grivola) sobre Cogne. Llego a un cruce de senderos y enfilo en dirección a un espolón de roca sobre la garganta que forma el río. Hay una especie de instalación hidroeléctrica, el sendero se estrecha pero supera el obstáculo sin mayores problemas. Más allá el terreno se dulcifica, llegando entre prados a un alpe donde hay instalado un avituallamiento líquido. Rehúso el té que me ofrecen y simplemente relleno la cantimplora. Ya estoy en unos 2000 m. El camino sigue en falso llano, cruza el río y empieza a subir nuevamente entre alerces y abetos. Encuentro a un corredor dormitando a un lado. La pendiente se hace dura a ratos, pero en general se trata de un paseo agradable, el bosque rado, los afloramientos de mármol verde y la luz otoñal le dan un aire melancólico. Más cabañas (baitas, que dicen por aquí), el bosque abierto indica que ya estoy a bastante altura, y el sol que ilumina completamente la ladera amplia y desarbolada frente a mí, orientada al sur. Alcanzo un paraje muy abierto, amplias praderas, el río allá a la izquierda y aún más allá, en la montaña frente a mí, reconozco la pista transitable que sube desde Lillaz al Refugio Sogno. Tengo ganas de llegar y según el altímetro faltan 200 m escasos. ¿Será el refugio aquel edificio sobre la loma? No…, demasiado cerca. He aumentado el ritmo. Cruzo una zona encharcada, avisto otro corredor delante de mí, a quien termino por superar, y finalmente identifico el refugio, que me parece aún lejano. El camino acaba llevándonos a la pista, un par de curvas y, voilà, el Refugio Sogno di Berdzé. Son aproximadamente las nueve y la acogida es cálida. Dentro del refugio hay cuatro corredores más, al que se agrega el que había adelantado poco antes, un profesor turinés nacido en Gressoney (uff, qué lejos me parece que queda eso). Hay control de chip y avituallamiento de líquidos y algunos dulces. Yo tomo un café y vuelvo a rellenar al cantimplora. Todavía tengo reparos en meter sólidos al estómago en pleno esfuerzo, pero la respuesta sigue siendo óptima. Algunas horas después daré el golpe de gracia a este fantasma, pero ahora restan 300 m de desnivel hasta la Finestra. Es necesario partir antes de acomodarse más de la cuenta en el refu. La pendiente es sólo moderadamente dura, aliviada por las amplias zetas que traza el sendero, pero la horrorosa torre de alta tensión de la superlínea “Fénix”, procedente de Francia, colocada en el collado y visible desde muy lejos, parece todavía lejana. El sol pega fuerte y agradezco un tramo a la sombra de la pared Oeste de la montaña. Adelanto a la pareja que había salido del refugio poco antes de mí y al cabo de media hora larga alcanzo feliz la enforcadura, donde encuentro a dos voluntarios y un guarda del Parque del  Monte Avic. Por una parte estoy contento pensando que se acabó la subida por hoy, pero por otra me doy cuenta de que ese “por hoy” tiene poco sentido, ya que la terrorífica cuarta etapa no me aguarda “mañana”, sino “después”. Y además empiezo a adivinar ciertos problemas en mis pies que me pueden amargar la bajada.

Ampollas…

Para abajo, e inmediatamente sé que lo voy a pasar mal. La primera parte tiene tramos entre grandes rocas que no permiten correr mucho. Llegando al famoso lago Miserin la cosa mejora. Es un lago artificial y resulta más grande de lo que pensaba. Allí mismo, cerca del Santuario de la Madonna delle Nevi, una fuente de agua fresca donde remojarse y rellenar la cantimplora. Ahora llega la pista, y lo agradezco, cuantas menos piedras mejor. Maldigo una desviación que permite atajar una curva de la pista, pero que nos lleva por un sendero rocoso que me machaca los pies. Luego la cosa vuelve a mejorar, alcanzo el cruce de la vía al Mont Glaciar, cuya cara sur abrasada por el sol reconozco bien. Hace cuatro meses anduve por estos mismos parajes; era un día también muy caluroso y de vuelta de la cumbre a las tres de la tsrde uno se hundía en la nieve hasta casi medio muslo. Donde antes había nieve ahora hay polvo, y se avanza rápido. Antes de lo que había calculado, por tanto, llego al refugio Dondena, donde hay otros corredores, una guarda del refugio la mar de simpática y un avituallamiento decentillo con fruta, dulces y “salatinis”. Me como una naranja, que está jugosísima y me entra de miedo, cargo agua y retomo la marcha, esta vez en el seno de un pequeño pelotón. Atajamos las curvas de la pista por trazas de sendero entre la hierba, y todos, salvo una chica con problemas en una pierna, me toman la delantera, pero a mí los pies me duelen y no me permiten ir tan rápido como podría. Por primera vez soy consciente de que ESTOY PERDIENDO TIEMPO, de que mi organismo me permitiría bajar mucho más veloz pero un problema estúpido me lo impide. Creía haber perdido todo mi colchón de seguridad el primer día, pero no era cierto. De no haber sido por el recurrente problema de las ampollas, que no me abandonaría hasta el final, habría podido ir bastante más holgado, dormir más y por tanto avanzar aún más rápido.

La bajada a Chardonney por prados de hierba tierna, entre majadas ganaderas, es una gozada, pero no pude correr nada, me limitaba a relajar los pies al paso. Después, el bellísimo sendero de “las escaleras”, en paralelo a las cascadas del río, se convirtió en una tortura; bajé lentísimo, hasta me tuve que parar dos veces, quitarme las botas, tratar de eliminar todas las arrugas de los calcetines… Se cruza un puente sobre el torrente. En circunstancias normales habría sacado la cámara y disparado a placer, se trata de un paraje precioso, pero estaba quemado (yo diría hasta un poco cabreado), sólo quería ver un poco de asfalto, o al menos una superficie más o menos lisa y regular. Allá abajo, bastante cerca ya, se intuía la civilización. Y con un suspiro de alivio llegué al avituallamiento de Chardonney. Eché un ojo al surtido de viandas y bebidas sin reparar en un principio en que justo al lado estaba Javier. Creo que fue él el que me llamó la atención, y la verdad es que me llevé una gran alegría, pero al mismo tiempo me sorprendió porque le daba ya, si no en Donnas, muy cerquita. Según parece se había echado una señora siesta al sol hacía poco, lo que le había “retrasado”. Le encontré muy animado y optimista. En fin, que después de beber un poco y a la vista de los apetitosos productos cárnicos allí expuestos, me tiré a la piscina. O sea, a degüello a por la mocetta y el salame, hasta el punto que tuve que contenerme porque me empezaba a dar un poco de vergüenza la avidez con que más que comer, devoraba. Ya metidos en harina, pues a por el dulce, y a experimentar con unos extraños palotes de color marrón que ya había visto en otros avituallamientos; resultaron ser unos dulces con sésamo más que aceptables.

Decidí reanudar el descenso antes de que se me enfriaran los pies y me costara aún más caminar. Javier permaneció un poco más en el avituallamiento, me despedí de él con un “hasta muy pronto”, ya que daba por seguro que me alcanzaría en breve. Y tan en breve. Habría recorrido unos 500 m en suave descenso cuando se me ocurre echar la mano a la mochila y echo en falta un bulto en la redecilla exterior. La cantimplora!! Me la había olvidado en el avituallamiento! Pues nada, vamos a hacer un kilometrillo más, de propina. De vuelta me cruzo con Javier, recupero la cantimplora y de nuevo hacia abajo. Contrariamente a lo que pensaba no íbamos a pasar por Champorcher, estábamos siguiendo un camino que permanecía a la derecha del río, adentrándose en el bosque. Un camino muy agradable, incluso con algún paso relativamente expuesto, pero que nos regalaba numerosas cuestas arriba y que durante interminables minutos se negaba a bajar. De nuevo el perfil del libro de ruta se revelaba engañoso, muy engañoso. Nada de plácido y dulce descenso, no. En un  momento dado, como era de esperar, el camino empezó a bajar a pico, con el consiguiente sufrimiento. Mi cabreo iba en aumento, y me desahogué con Javier, poniendo a caldo al figura que había elaborado el roadbook. Finalmente interceptamos la carretera, en el km11. Yo sabía que Champorcher estaba en el km14, así que teniendo en cuenta el tiempo que llevábamos desde la salida de Chardonney debíamos de haber dado un rodeo más que considerable. De aquí a Pontboset quedaban 4 km, aunque esta vez la ruta era más directa y razonable. Pero al llegar al avituallamiento líquido de Pontboset, bajo un calor impropio de Septiembre, no pude evitar preguntar al voluntario, con exquisita educación pero manifiesta sorna, si los desniveles anunciados hasta Donnas eran igual de fiables que los anunciados de Chardonney hasta allá. El tío me replicó amablemente, pero bastante serio, que no era verdad que la distancia y el desnivel oficiales estuvieran subestimados. Aunque, evidentemente, lo estaban.

Tras descansar un rato y ser alcanzados por un curioso personajillo, un italiano finisher de 2010 que hablaba con un tono quedón que le hacía parecer ligeramente alucinado, partimos camino de Donnas. Nos esperaban más de 200 mde desnivel de una subida bastante dura, aunque siempre por sombra. Cruzamos un torrente que formaba una `preciosa cascada y una poza que invitaba al baño. Javier echó un trago de agua fresca mientras mis pies reclamaban un chapuzón. Pero no había tiempo, por desgracia, no se podía perder la disciplina, porque no nos sobraba tiempo. A partir de ahí se inició la bajada que nos llevó hasta el asfalto en Hone. Atravesamos Bard, pasando bajo el característico fuerte, cruzamos el arco de la calzada romana, nos detuvimos a contemplar las evoluciones de un escalador en una pared equipada justo sobre nuestra ruta, y tras recorrer casi 5 kmdesde Hone llegamos a las puertas de Donnas, donde una banderita un poco torcida, un letrero tramposo y una fe ciega en la voluntad de los organizadores por depararnos sorpresitas que evitaran el tedio en un camino tan largo nos hizo poner la guinda a la excursión de aquel día. Un sendero muy empinado, con escalones tallados en la roca y un cable, trepaba por la pared. Me meto por ahí, y en la primera curva aparecen unos pernos para facilitar la trepada. La cabra que llevo dentro me impulsó a seguir escalando unos metros más, hasta que llegué a la conclusión de que no podía ser por ahí. Primero, porque había pasos de I o I+ UIAA, y eso estaba fuera de lugar. Segundo, porque la ruta continuaba en dirección contraria a la esperada, alejándose de Donnas. Así que decidimos llamar a la organización, y nos dijeron que había que entrar en el pueblo, todo recto. Destrepamos, volvimos a la carretera, entramos en el casco urbano y a los pocos metros vimos otra banderita. Ya no había confusión posible. Aún así tuvimos que atravesar todo el pueblo, ya que la base vita, como era de esperar, estaba en la otra punta. Nos cruzamos con la furgo de Albertxo y compañía, que marchaban ya para Gressoney. Y al poco, llegamos por fin a nuestra meta. Y añadí a la colección el tercer pin o medallita, consistente en los cinco picos emblema del Tor con la inscripción de cada uno de los fines de etapa, o “metas volantes”. Pensé que la Alta Via 2 estaba hecha, y que si tuviera que retirarme lo haría muy dignamente y con una buena kilometrada en las piernas. En fin, aún no se había hecho de noche y quedaban más de 6 horas para la barrera horaria. Todo un lujo. Primero la ducha, a la salida de la cual encuentro a nuestro amigo italiano, el “alucinado”, que sale en albornoz y recién duchado… del baño de señoras!! Todo un personaje. A continuación una larga espera para ser atendido de mis ampollas, pero no me estreso, quizás porque el chico al que están atendiendo, y que debe de ser inglés o americano, parece tener algún problema más serio, ya que le están controlando el corazón; aparentemente está bien, pero ha debido de pasar algún pequeño susto. Finalmente habilitan una segunda camilla y la doctora se pone manos a la obra con mis pies, que le dan trabajo durante un buen rato. Es meticulosa y siento que el apaño me puede permitir llegar hasta Gressonney; creía firmemente, supongo que como casi todos, que si superaba la siguiente etapa tendría derecho a empezar a soñar.

Siguiente paso, la cena, que tomo junto a Javier y Michel, que ha decidido retirarse por un problema en las rodillas; el tío iba como una moto y de hecho no se le veía fatigado, pero la suerte le volvió la espalda. Discuto con Javier sobre la estrategia a seguir, y no nos ponemos de acuerdo. El es partidario de salir pronto y ganar un buen colchón de tiempo sobre la barrera horaria; sobre el dormir, ya se improvisaría. Yo por el contrario sentía la necesidad de dormir ya, preveía que si continuaba caminando sin haber descansado mi rendimiento bajaría muchísimo. El problema podría ser, como siempre en las basi vita, el ruido y el trajín de la gente que llega y se va, pero yo ya sabía que la única ventaja de andar coquetendo con las barreras horarias es que se puede descansar con mucha más calma ya que no queda casi nadie en las habitaciones. Y así fue. Tras despedir a Javier subí al dormitorio a las nueve y media; había

poquísima gente. Casi todos habían salido ya, supongo que atemorizados por el tremendo etapón que teníamos por delante. La cama era cómoda. Poco a poco me fui adormilando, una última mirada al reloj, las diez… Abro los ojos, pero el despertador no ha sonado, el reloj me dice que son las doce y cuarto. La cama vecina a la mía, que ocupaba una chica, está vacía. Conclusión: he sido capaz de dormir DOS HORAS, y con un sueño de calidad. Dos horas, Dios mío, en un día normal eso significaría una noche horrorosa e insomne, pero ahora me parece un lujazo. Vagueo un poco hasta convencerme de que no voy a volver a dormirme, y con el despertador que sonará en 45 minutos no me compensa. Así que decido levantarme y salir antes de lo previsto (lo previsto era apurar la barrera horaria). Bendita decisión!

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