En primer lugar, lo que es de justicia, un inmenso agradecimiento a los voluntarios. Desde especialistas, como médicos y fisioterapeutas, hasta niños y ancianos a quienes encontrabas a las cuatro de la mañana cocinando, vigilando, transportando bolsas, limpiando, sirviendo los avituallamientos…, y siempre animando, sonriendo y regalándonos, como se dice en italiano, una marcia in più. Un recuerdo especial a los escobas, con quienes compartí mucho kilómetros: Emanuele, Loris, Pier, Danilo, y muy en particular a Luisa; su empuje en los momentos más duros fue importantísimo para mí. Más en general, un «grazie» enorme a la organización, que rozó la perfección; sólo un «road book» manifiestamente mejorable me impide concederles el cum laude.

Siguiendo con los agradecimientos, a los corredores que conocí durante la prueba. En primerísimo lugar, a los miembros del foro de EL Atleta, a quienes sólo conocía por el nick, así como a sus «aledaños». Debo pedir disculpas por los nombres que me dejo, porque asimilar de golpe un montón de caras nuevas con sus nombres reales y sus nicks no es sencillo. En primer lugar va Javier, con quien compartí tantos kilómetros desde Chardoney hasta el malhadado col Brisson; un excelente compañero, con un arrojo poco común. En Oyace, un par de horas antes de que lo retiraran, se cascó la frase “nosotros no nos retiramos, que nos echen”; esto lo dice todo. Poco antes había tenido el detallazo de esperarme en el bivacco Reboulaz, después de que yo reventara en la subida a la Fenetre de Tsan; considerando lo justos que íbamos de tiempo yo habría entendido perfectamente que hubiera continuado…

Y cómo no acordarse del “equipo de apoyo” de Albertxo y compañía que nos adoptó. Siempre que coincidimos en las basi vita disfruté de su ánimo y colaboración; mil gracias! Esos pequeños detalles que tanto se aprecian cuando llegas hecho polvo y te insuflan energía fresca. Esta carrera es tanto cuerpo como cabeza, y el apoyo psicológico tiene un valor enorme.

Y bueno, los otros corredores a los que no vi mucho… hasta el final, saboreando el triunfo: José, Asís, Marce…

En segundo lugar, el Tor me ha demostrado lo difícil que es prever los males que vas a padecer, y que el problema más inesperado y estúpido puede ponerte fuera de combate. Por eso mismo, hay que intentar pensar en todo y no minusvalorar ninguna posible complicación. En mi caso, mi preocupación obsesiva era el estómago, mi punto débil y responsable del 100% de mis retiradas en carreras. Y el primer día apareció implacable… para no volver y mostrar un comportamiento asombrosamente perfecto durante el resto de la carrera. ¿Qué fue lo que me puso al borde del abandono? No las rodillas, no el cansancio extremo, no la temida rabdomiolisis y sus orinas rojas, no el golpe de calor, no… Fueron las ampollas en los pies. Y ni siquiera tuve ampollas de sangre, con lesión en la dermis, ni muy abundantes; mis pies no presentaban un aspecto “gore” ni mucho menos. Se trataba de unas pocas, pero situadas en lugares críticos que me ralentizaban en los descensos hasta la desesperación. Y que me forzaban a flexiones antinaturales que acabaron exacerbando un pequeño golpe en el tobillo, produciéndome una fuerte inflamación durante la última etapa. Y aquí reconozco dos errores y medio: Primero, llevar un solo bastón; la regla de mantener siempre una mano libre del catón alpinista no aplica en esta prueba, no hay pasos técnicos. Segundo, no haber llevado encima material para prevenir/curar ampollas. Y el medio error fue llevar bota ligera de trekking en vez de zapatilla; ventaja indiscutible en adherencia y notable en sujeción del tobillo, pero no estaba diseñada para esta distancia; la planta del pie acababa sintiendo demasiado las piedras del camino. Sé que existen zapatillas excelentes… y también caras. Al final mi problema es que más que corredor soy montañero, y no me he decidido aún a hacer una inversión fuerte en zapas de montaña (bueno, eso sin contar con que calzo un 48 y que normalmente no puedo elegir, tengo que coger lo que haya, y contento si hay algo…)

Y sobre el relato de mi carrera, pues aquí va. El sábado 10 me levanto a las 9, desayuno con calma, cojo las bolsas ya preparadas, al coche, y todo recto dirección Courma. Menos de 300 km. Parar a comer en un área de descanso, salir de la autopista justo antes de Aosta para ahorrarme un buen pellizco en peajes, y llegar a Courma a la hora del café. El primer objetivo era dejar el coche bien aparcado en el parking de corredores, amplio pero aún así insuficiente. Estaba casi completo, pero tuve éxito y conseguí un buen hueco. Pues nada, empezaba la aventura; a pocos metros el conocido acceso al polideportivo de Dolonne donde se retiraría el dorsal. Entro y para mi sorpresa había una cola considerable, se ve que todos habíamos decidido ir a la misma hora. Detrás de mí oigo hablar en castellano; entretener la espera con un poco de vida social era una buena idea… Son Marce, de Vitoria, y Jandro, de Gijón. Ellos me identifican como el “kranx” del foro y al poco rato ya he contactado con el pelotón de los vascos un poco más atrás en la cola. La foto de los vascos en el Tor es casi la de un equipo de fútbol, somos 9… por lo menos. Llega el momento de recoger el material, nos ponen el chip en la muñeca, el par de dorsales, la camiseta, el bolsón… Un pasito más en la excitación. Si todo va bien ese chip debería permanecer en su lugar hasta justo dentro de una semana. Qué lejos queda eso! Qué difícil! Y el caso es que el dorsal 325 es un número bonito. Bueno, mejor no pensar. Un poco de charla ayuda a disipar la tensión. Deposito directamente la bolsa amarilla del año pasado que ya traía preparada y me voy para el hotel. Media tarde, y joder, aquí no paro quieto. Bajar a Courma, comprarme un periódico, cafecito en una terraza, sigo con el culo  inquieto, pero aún no es hora de cenar. Me voy al parque que hay cerca del cuartelillo de los municipales y me siento en un banco. Miro al infinito con cara de trascendencia. A pocos metros un grupo de adolescentes enredando, una parejita un poco apartada magreándose… La verdad es que me parece que estoy en un plan de San Jerónimo que si me pasa delante la Bellucci en bikini ni me inmuto. Bueno, ya son las siete y diez, pian piano se puede ir yendo a cenar. Pizzería ya conocida, cottoletta alla milanese con abundante guarnición de patatas, gelato, y para el hotel. Ultimos controles al material, ver un poco de tele y a la cama. No es una noche perfecta, pero no duermo demasiado mal teniendo en cuenta los nervios. Y que hasta una semana después no volveré a saber lo que es una verdadera cama!

Día11. Adesayunar. Zumo, café con leche en abundancia, croissantitos. El comedor está lleno de corredores y se oye hablar italiano, francés, inglés… Se huele la esperanza y el temor. Qué fresquitos todos, qué ilusionados, je, je, disfrutando de los placeres simples de la vida antes de zambullirnos en esta bendita locura masoquista.

Hacia la línea de salida. Hecho el propósito de no estar con demasiado tiempo de anticipación, ya que la tensión desgasta. Entro en la zona de salida a las 9.45, de los últimos. Allí encuentro a Javier, que va a hacer un bonito reportaje video de la salida en el que apareceré bastante. Llegan las 10.00 y via! No me lo tomé con una explosión de adrenalina, sino con una alegre resignación “bueno, llegó la hora, allá vamos y que sea lo que Dios quiera”. La gente aplaude a rabiar, choca las manos, anima, grita, salen de las tiendas a observar a estos aspirantes a héroe. Es imposible no conmoverse un poco, no echar a correr y atreverse a soñar con este mismo lugar, 150 larguísimas horas después. Llegados a Dolonne hay menos gente, se acaba la fiesta, la carretera pica hacia arriba y hay que empezar a pensar en la táctica de carrera. Despacio, despacio! Dejarme caer a cola. En el arranque del camino al col d’Arp hay atasco. No pasa nada, calma, de hecho es bueno porque impide lanzarse en la primera parte del puerto, muy empinada e insidiosa. A 1500-1600 m se empiezan a observar las primeras caras desencajadas y los primeros corredores parados con síntomas de agotamiento. Yo voy bien, tengo la tentación de compararme con esos primeros agotados, pero no! Yo soy el último de todos, no he demostrado nada y no soy mejor que nadie. Voy hacia arriba a ritmo muy moderado y regular, parando rigurosamente cada media hora a beber un sorbo de agua. Se llega a la pista, la pendiente cede, se cruza la barrera de los 2000 m, vuelve el camino que con amplias zetas y pendiente soportable me lleva hasta los 2571 m del Arp. Me siento bien, dos horas y media, voy de los últimos, todo bajo control, primer collado de los… 25!!! over-2000 que nos esperan. Allá a lo lejos el glaciar del Rutor y sus cascadas, ejem, hacia allá vamos.

La bajada por el valle de Youla es cómoda y escénica pero me trae malos recuerdos. Siempre he tenido, o he comenzado a tener, problemas estomacales, en esta vertiente del Arp. Paso el primer avituallamiento líquido en el Alpe Youla, saludo a Josu y Asís, continúo sin detenerme, a paso ligero pero corriendo poco. Paro en una fuente y ahí conozco a Fernando, del grupo de Tortosa. El sigue a la carrera y yo quedo atrás. Llego a la Thuile a las 14.10. No tomo casi nada, me siento bien, continúo. Maldita sea, qué calor hace. En el tramo asfaltado empiezo a revivir el año pasado, cuando en el mismo lugar y con el mismo calor empezaba a despuntar la crisis que me hundiría. Empiezo a sentir miedo.

La Joux, comienza el camino de los lagos. Todo para arriba. Estoy mejor que el año pasado, sin duda, pero el cansancio se deja sentir. Foto a las cascadas, qué belleza! Avituallamiento líquido inesperado que se agradece de veras. Alpinistas y domingueros que bajan y nos animan (bueno, alguno ni saluda y esboza una mueca de fastidio por el tráfico que hemos formado), algunos corredores detenidos con bastante mala pinta, están apareciendo las primeras crisis estomacales. El paisaje se abre en el rellano antes de la subida final al Deffeyes, y noto que hay un fantasma caminando a mi lado. Ataco con decisión la pendiente y encuentro a Javier, que sube suelto y contento; con él las curvas del camino pasan más rápidamente. Ya estamos en Deffeyes. Estoy cansado y el estómago permanece silencioso, pero algo no va bien, o me lo estoy imaginando, no sé. En Deffeyes hay sopa fai da te. Agua hirviendo a la que se añaden los fideos que nos han puesto en un bol. Un pelín cutre. Mierda, los fideos están “al dente”, no acabo de disfrutar el avituallamiento. Salimos juntos Javier y yo, pero a los pocos minutos le digo que tire para adelante, que yo estoy haciendo la digestión y me conviene ir despacio. Se hace larga la subida a Passo Alto. Adelanto a algunos, los más me adelantan a mí. Me noto flojete, debo parar cinco minutos. Me alcanza Marce, llegamos juntos al col y nos hacemos fotos. Comenzamos la bajada y él me coge ventaja rápidamente. A tramos el camino se vuelve confuso entre las enormes piedras. Justo antes de un salto de  roca donde se perdía la traza el fantasma que me había hecho compañía se materializó. En sólo dos minutos, casi sin tiempo de sufrir. Vomité todo lo que había tomado desde la Thuile. Mismo sitio, mismo momento que el año anterior… Decidí reposar unos minutos, en la esperanza de que el estómago se asentara y todo quedara ahí, en una breve crisis. Pasa el grupo de Tortosa, me preguntan si estoy bien, y yo, por supuesto, miento.

Prosigo, y consigo desviarme del camino. Hago un poco el cabra entre las rocas antes de volver a la buena ruta. Se me está haciendo muuuuuuy largo el descenso a Promoud. Empieza a llover y se oyen truenos a lo lejos. Al cabo de unos minutos está claro que va para largo y me vuelvo a parar para ponerme el gore. El malestar se ha instalado en el estómago y poco antes del control vomito de nuevo. Por fin llego, creo recordar que eran alrededor de las siete; no me siento demasiado mal, muestro el dorsal y con voz firme le digo al voluntario que me siento mal de estómago y que querría reposar un poco. De forma amabilísima (como todos los voluntarios que encontré, no me cansaré nunca de agradecerles su entrega, sus ánimos y su profesionalidad!) me condujo al dormitorio y allí me tumbé, con la cantimplora y una bolsa para el vómito al lado. Bebí un poco. Pero aquello no acababa de mejorar, y volví a vomitar. Hora y media después seguía igual que cuando llegué, pero ya había decidido que la historia no sería como el año anterior. No iba a abandonar, y además aún tenía hora y media de adelanto sobre el año anterior. Ocho y media. Salgo del dormitorio, me pongo los pantalones largos, el polar y el gore empapado, bebo un poco de agua con gas. Me preguntan que a ver si estoy mejor.

“NO, pero voy a seguir”

Aaagh, ni dos minutos, tengo que salir a la carrera del refugio y bajo la lluvia y la mirada de los voluntarios vomito de nuevo. Pero voy a la Crosatie, me dan pavor esos 800 md empinadísimos, pero yo voy…

Dolor, paradas, vómito. Intento no mirar demasiado el altímetro. Llueve y a ratos pega un viento tremendo, ya se sabe, las brisas vespertinas de la montaña. Veo luces en el descenso del Passo Alto. Allá abajo hay frontales que suben hacia donde yo estoy. Me acuerdo de que llevo medicamentos contra el vómito en la mochila. Aunque soy bastante escéptico, me tomo un Vogalib y un Spasmex, que en teoría deberían inhibir las contracciones dolorosas y el vómito; mi estómago está vacío y sólo echo bilis. El dolor sigue, y de vez en cuando padezco náuseas, pero he vuelto a beber agua y aún no la he vomitado. Me alcanza un italiano, que me adelanta pero no me saca mucha ventaja; también va tocado, y luego me contaría que también del estómago. Por fin llega el tramo escalonado final, y se avista la torre característica junto al puerto, pero qué largo se me hace. Por fin, al cabo de tres horas, corono, avisto al italiano parado y pego un grito de alegría con las pocas fuerzas que me quedan; noto que el fantasma ya no está. La noche está hermosa y hay luna llena. Había dejado de llover. Rápidamente tiramos para abajo. Nos alcanza un corredor japonés en el preciso momento en que echamos de menos las balizas. Vamos bajando, tratando de intuir el camino en la penumbra, pero llegamos a un punto en que no se puede bajar más. NOS HEMOS PERDIDO!!! Aún una naúsea. Comenzamos una travesía horizontal hacia la derecha, recuperamos altitud, y cuando estamos resignados a regresar al col para recuperar avistamos a unos trescientos metros a la derecha y a nuestra altura una linterna frontal. Gritos de júbilo en inglés. Thank you! Que nos salía del alma, claro. Resultó ser otro japo, compañero del que nos acompañaba. Para abajo todos contentos, Y me di cuenta de que mi boca ya no estaba seca y que el agua que había echado a mi estómago ya no estaba allí. El latigazo de adrenalina fue brutal, la euforia desencadenada, porque había superado la crisis. Lac de Fond, un poco más adelante parada para mear. PERFECTO!! Y los cielos volvieron a abrirse y cayó agua a cántaros. Nuestro amigo italiano bajaba lento en cabeza de grupo, y cuando el terreno quedó empapado ralentizó aún más. En un cruce dudoso el primer japo cogió cabeza de grupo, se lanzó y yo le seguí. Tenía la mente despejada y ahora no se me escapaba ninguna baliza. Bajo la lluvia y por un camino cada vez más resbaladizo hice un descenso rapidísimo, el mejor de todo mi Tor. Llegamos al asfalto, gran alegría! Me sentía muy bien, metí ritmo ligero y dejé atrás al japonés. Pasar un último control y llegar a la base vita de Valgrisenche a las 3 de la mañana. Mi crisis estomacal me había hecho perder al menos tres horas y colocado al filo de las barreras horarias, pero había que ser disciplinado. Ducha reparadora, CENA en condiciones (qué hambre tenía, hay que ver cuánto salame me eché para el cuerpo) y a dormir dos horas. Algo dormí, es verdad, y el haber llegado tan tarde fue una ventaja, ya que la habitación estaba ya vacía! A las seis y veinte me despierta el voluntario. Café, galletas, un yogur y un zumo de albaricoque y VIA!

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