La segunda jornada la inicio naturalmente en la cola del pelotón, y ya iba haciéndome a la idea de que ese habría de ser mi sitio hasta el final, fuera donde fuera. Tenía la sensación de haber quemado mi margen de error el primer día, pero el haber sobrevivido a la primera gran crisis me hacía afrontar la “etapa reina” con cierta confianza. Como iba diciendo, cola de pelotón. En una parada justo antes de abandonar el asfalto para tomar el empinado sendero que se adentraba en el bosque veo llegar a lo lejos al amigo japo de ayer. Y también he visto a dos corredores que se han dado la vuelta. Retirados. Mal rollito. Ataco la pendiente y al poco me cruzo con el italiano con el que compartí el descenso de la Crosatie ayer (ayer…, bueno, hace cinco horas, pero afortunadamente en mi cerebro se ha establecido la distinción entre ayer y hoy). Me dice que las piernas no le van, que la pendiente es dura, que no puede, y me desea suerte. Ante esto pocas palabras se pueden decir; Mi dispiace. Yo me siento afortunado de poder continuar. Noto el cansancio de ayer, pero a mi ritmo voy avanzando. Según el libro de ruta, la subida a la Fenetre es larga pero no muy dura, y efectivamente al poco tiempo voy saliendo del bosque y la pendiente cede, avanzo a media ladera sin demasiada fatiga. En esta zona adelanto a uno de los ilustres veteranos, calculo que será uno de los cuatro over-70 que han tomado la salida. Como es natural, sólo se puede sentir admiración, y casi dan ganas de hacer una reverencia al pasar. Llego a un alpe, me pregunto si será ya el Chalet Epée, estoy a 2100 m y no recuerdo bien a qué altura se encontraba. Yo me sigo parando disciplinadamente cada media hora a beber y en una de estas aprovecho para fotografiar los glaciares de la Grande Sassière a la luz del amanecer, así como el Rutor, ya convertido en pasado en esta carrera. El camino pega un arreón de pendiente y ahora sí, llego al Chalet Epèe, en el que el guarda parece estar recogiendo el tinglado; le pregunto si hay control de chip y me contesta que no.

Un poco más de subida entre rododendros y alcanzo el gran plano que precede a la subida final a la Fenetre. El río corre tranquilo, a mi derecha hay montañas poderosas que aún conservan neveros. Ambiente plácido, luz casi otoñal, soledad absoluta. ¿Dónde está la Fenetre…? Sigo avanzando y consigo individualizar la serpentina que remonta la ladera frente a mí. Distingo a un corredor cerca del collado, estáclaro por dónde hay que ir. Con calma llego arriba. Ante mí se abre un nuevo valle, el de Rhemes, muy verde y sorprendentemente cercano. El camino baja a saco, correteo algo pero hay que tener cuidado. En un rellano herboso que interrumpe brevemente el descenso supero a un corredor que se ha detenido a descansar. Pronto prosigue la bajada, sin tregua. Alcanzo los verdes prados de Rhemes y la poca gente que encuentro me ovaciona. Me gusta, claro que sí, me siento arropado, me siento un poquito héroe, qué facil es halagar la vanidad. Llego al control, soy el único corredor y me informan de que detrás de mí sólo hay cinco más. Me ofrecen de comer pero yo sólo bebo una Coca-Cola. Después de la crisis de ayer he decidido no comer nada sólido hasta no hacer una parada de al menos dos horas. Estrategia bastante arriesgada, los del avituallamiento me dicen que tenga cuidado, y también que ha habido mucha gente con problemas de estómago, y que éste ha sido el principal motivo de las retiradas habidas hasta el momento.

Bueno, pues un grazie di tutto, ragazzi, y a hincar el diente al primer bicho. Había establecido una comparación con el ciclismo y se me había ocurrido que lo que me quedaba, Entrelor + Loson, venía a ser equivalente un Mortirolo + Stelvio. Mi Mortirolo particular empezó como se esperaba, pendiente decidida, todo para arriba. Afortunadamente esta primera parte transcurría dentro de un tupido bosque; y es que el calor se empezaba a notar demasiado para mi gusto. A cota 2100 aproximadamente se llega a un crucero, el bosque desaparece e inicia un plano donde el camino sube más suavemente, cercano al curso del arroyo que drena el glaciar del Entrelor, de frente a mí. Nuevamente empieza el juego de localizar el paso, sabiendo que la Cima de Entrelor es un 3400 y el col es 400 mmás bajo. El camino va recuperando pendiente, empieza a trazar zetas y no queda otra que apretar los dientes y armarse de paciencia. Alcanzo a otro corredor que descansa tumbado en una gran roca, y me da la impresión de que tiene algún problema, pero parece dormir y no le molesto. Metros después yo paro para beber y tomar aliento, y veo que él empieza a moverse. Rápidamente continúo y al poco tiempo él hace lo propio, pero aunque mi ritmo no es precisamente rompedor le voy sacando más y más ventaja. Hace un calor del copón, pero estoy consiguiendo subir a un ritmo regularísimo de 250 m cada media hora desde abajo del todo. A 2900 m ya huelo el paso, me acelero un poco, pierdo el camino y el aliento. Un poco de hacer el cabra, las ganas me pueden, avanzo a trompicones, pero al final llego al hito del col. Hay cuatro excursionistas más, yo me siento a la sombra del hito, con las piernas colgando en la vertiente de Valsavarenche. Me siento fatigado, pero el estómago se va portando. Inicio la bajada y enseguida me encuentro un inesperado avituallamiento líquido, pero no cojo nada, voy sobrado de reservas. La bajada se me hace cómoda, me encuentro a unos fotógrafos que me inmortalizan, supero a algún otro corredor, paso unos lagos muy chulos, alcanzo un alpe y… voooow! Sombra! El camino penetra en el bosque. A buen ritmo alcanzo el control horario y avituallamiento de Eaux Rouses.

La media hora escasa que pasé bajo el entoldado del control la recuerdo como una de las más plácidas de la carrera, charlando con los voluntarios y con un fotógrafo español que estaba haciendo un reportaje sobre el Tor (y con el que me había cruzado un par de horas antes), bebiendo tranquilamente y preparándome para atacar el gran monstruo. Además, me dieron la medallita de la “meta volante” de Valgrisenche. Sabía que el año pasado tenían un detalle cada vez que se llegaba a una base vita, y me había sorprendido que en Valgrisenche no me dieran nada.

La subida al Loson había que tomársela sin prisas. Yo a lo mío, parada cada media hora para beber e intentar mantener el ritmo constante de 250 md. Ya no estoy tan solo como en el Entrelor. Al poco de empezar la subida supero a un par de italianos; uno de ellos habla a voz en grito por el telefonino. El camino transcurre en esta primera parte casi siempre a la sombra. Dos parejas de corredores delante de mí, yo me pongo a rueda. El ritmo es un pelín mas bajo que el mío propio pero me conviene. Además si adelanto en cuanto pare a beber me superan… La chica que va delante de mí lleva la cara roja, roja, parece que va justita. Poco después de la cota 2000 adelanto a los cuatro y me voy solo hacia el punto de agua de Levionaz desot. Es una gozada echar un trago del agua fresquísima que mana de la fuente. Aquí hay un área recreativa y de picnic, pero ahora no es momento de picnic para nosotros, los locos del Tor. A partir de aquí el camino deja de subir y gira 90º a la derecha, cogiendo una media ladera que poco a poco baja casi hasta el curso del río. Hemos entrado en zona de sombra.

El camino remonta el valle sin cruzar el río. Las señales son claras, pero por un momento dudo. El col debería estar a mi izquierda, cruzando el río, pero esto sigue recto… ¿Será que el sueño ha embotado mi capacidad de orientación? Por fin el camino vuelve a subir, pero se aleja del río, hasta que, voilà… todo claro. Hay dos corredores delante de mí y veo que efectivamente el camino acaba por cruzar el río y cambia de ladera. En la parte alta está aún iluminada por el sol de la tarde, la parte baja en sombras. Qué bonitos son los atardeceres en la montaña, sobre todo con la luz tristona de septiembre. A partir de aquí el camino es un interminable sucederse de zetas, siempre ladera arriba. No sé en qué punto de la cresta está el col, pero me parece que todo está muy lejos. Despacio, despacio, voy adelantando a algunos compañeros de fatigas. Tenemos ocasión de observar un nutrido rebaño de cabra montés. No en vano estamos en el parque Nacional del Gran Paradiso y este es su animal “tótem”. De vez en cuando tomo alguno de los atajos que, con fuerte pendiente, cortan las curvas del sendero principal. Va anocheciendo y me encuentro solo en cabeza del magro pelotón de rezagados del que formo parte. El altímetro indica 3000 m. Enciendo la frontal. A partir de aquí inicia una fase de cabreo, entre la oscuridad y el cansancio pierdo el camino varias veces. Las banderitas escasean desesperadamente. Aprovechando mi relativa soledad, dejo escapar retahílas de improperios contra las p… banderitas y el p… camino. De vez en cuando me parece divisar la luz de una frontal muy arriba, o será el catadióptrico de una banderita? Debo detenerme varias veces a tomar aliento, se me ha roto el ritmo y vuelvo a avanzar a trompicones. Finalmente parece que encuentro un camino digno de tal nombre y la luz de la luna revela la enforcadura del collado ya muy cercana. Aaaagh, por fin. Llego arriba, me saco la mochila y busco el botellín de refresco. Pero me encuentro en primer lugar un bollo relleno de crema de albaricoque del Carrefour, que había pillado en Valgrisenche esa mañana. Fue una revelación. Lo que me pasaba es que estaba muerto de hambre. Rompí el envoltorio y devoré el bollo con avidez. Un producto de bollería industrial corriente y moliente me había sabido como un chuletón de ternera con guarnición. Se acabó el ayuno. Inmediatamente noté que no sólo no me sentaba mal,  sino que se volatilizaba en mi estómago, que mi cuerpo lo absorbía como una esponja seca absorbe el agua. Empecé a creer que a lo mejor el estómago se había hecho a la idea y no me daba más guerra.

Quedaba un  largo descenso hasta Cogne. Nada más comenzar veo un refugio de fortuna con luces en su interior. Se abre la puerta y aparece un voluntario ofreciendo agua, té… La verdad es que no nos podemos quejar de cómo nos están cuidando! Yo no tomo nada. Voy para abajo, ni muy rápido ni muy lento. Poco antes del refugio Vittorio Emmanuele me superan dos corredores que no tenía localizados (quizás estaban descansando en el vivac del Loson). En el refugio, acogida de lujo. Entramos entre vítores y encontramos una ambiente festivo. Me tomé una sopa que me supo riquísima, me calenté junto a la hoguera, y conocí a Marc, otro catalán que a pesar de ir “jodidísimo” (mal de estómago), se esforzaba en sonreír y derrochaba simpatía.

Salí contento y con las fuerzas renovadas, esperando un paseo triunfal hasta Cogne, pero válgame Dios lo que me encontré! Al poco rato el camino se desdibujó para convertirse en una traza en un inmenso afloramiento de una roca blanca (talcos ?) sumamente deleznable. El descenso se convirtió en un infierno. La roca tenía mal agarre y

a la luz azul de la frontal devolvía un reflejo blanco uniforme en el que se volvía tarea ardua distinguir los contornos. Incluso cuando apareció una pista ancha esta seguía compuesta de la misma roca y había que andar con mucho ojo de no pisar mal y torcerse un tobillo. Fue en este descenso donde se incubaron los problemas de ampollas que se convertirían en la pesadilla de las etapas sucesivas.

Finalmente se llega a la civilización, pero no es aún Cogne, es Valnontey. El tramo por asfalto se hace largo, son grandes las ganas de llegar, pero después del caminito del Vittorio Sella supone un alivio. Llegados a Cogne no es fácil dar con la base vita, la han puesto en el otro extremo del pueblo. Pero consigo llegar, nuevamente con muy poco margen sobre la barrera horaria, apenas cinco horas (la bajada se ha hecho más larga de lo previst), pero en buenas condiciones. Recibo la segunda medallita, “Cogne”, y pienso que no está nada mal, he superado la etapa reina. Así que ceno, esta vez sin cortarme un pelo, poniéndome hasta arriba de mocetta, del salame de la organización y del que yo llevaba en mi bolsa; me tomo una sopa y arroz. Nuevamente, la agaradable sensación de que el cuerpo absorbe inmediatamente todo lo que le echo. Ducha rápida y a intentar dormir algo. Aquí está peor que en Valgrisenche, no son dormitorios de 10-12 camas, sino un gran pabellón que además tiene adosados los baños, con lo que estamos en semioscuridad. Aún hay bastante gente. Duermo más o menos, a ratos. Una chica con muy buen tipo se está cambiando a escasos cuatro metros. Me da la impresión de que se pasa un cuarto de hora vistiéndose-desvistiéndose y volviéndose a vestir, o a lo mejor es mi cerebro que ya no rige bien la medida del tiempo. Los ojillos se niegan a cerrarse e intentan entrever en la penumbra… Es un momento simpático. Mi cuerpo no debe de estar en las últimas cuando en vez de dormir se dedica a disfrutar de la belleza femenina. Buena señal. Ella finalmente desaparece tras la puerta de la calle. No volveré a verla en toda la carrera. “Mañana” me espera la etapa a priori más fácil y no debería estar nervioso, El único problema es que los conceptos “ayer” y “mañana” están comenzando a perder su significado  real para convertirse en simples referencias que ayuden al cerebro a asimilar la  monstruosidad que estoy haciendo, aprehendiéndola en pequeñas dosis. Pero no puede ser de otra manera.

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