La cuarta etapa era especial por varios motivos. Primera de la Alta Via 1, la única que cabría definir de media montaña, y paradójicamente la más dura. Pero para mí, siempre a cola de carrera, significaba algo más. La etapa en la que el cerebro perdía un punto de referencia importante, la de asociar una etapa a un día natural. De Courmayeur había salido a las 10, de Valgrisenche a las 7 y de Cogne a las 6. Este ritmo se rompía ahora, saliendo a la 1 de la mañana. Llegara hasta donde llegara, la prueba se convertía en un caminar y caminar sin preocuparse de si era día o noche, un descansar cuando se pudiera, con luz o en la oscuridad.
Rápido desayuno, un apretón de manos a Michel, que se queda esperando a la furgoneta que lo llevará a Gressoney, y salida a la 1.05 en la oscuridad de la noche. Estoy a 300 mde altura y no hace nada de frío. Los primeros metros transcurren por asfalto, entre las últimas casas del pueblo, en suave subida. Lentamente las luces de la civilización van quedando a mis pies. Allá, un poco más abajo, la Dora Baltea, la columna vertebral del valle de Aosta. Y en breve comienza la dulce (?!) tortura que he venido a buscar. La banderita señaliza un camino empedrado que sube decidido a mi derecha, entre viñedos. Adiós a la luz fría de las farolas, vuelvo a depender del haz azulado de la frontal. Pendiente dura, me concentro en mis pasos, sólo miro el reloj para mis paradas reglamentarias cada treinta minutos. No quiero obsesionarme con el altímetro. Sé que debo llegar muy lejos, allá a más de 2200 m, al Refugio Coda, en esa arista herbosa que en las imágenes del DVD aparecía impresionante, suspendida en el aire al sol del amanecer. Penetro en un castañar y llego a un oratorio con una imagen de la Madonna. Ahora sí, miro el altímetro, y constato que estoy sobre los 600 m, así que debo haber superado el primer altillo que marcaba el perfil. Efectivamente, la pendiente cede, aunque no faltan algunos arreones inesperados. Pero es muy agradable. Solo de noche en el bosque, se saborea el silencio.
Tras un breve descenso toco brevemente asfalto justo encima de un núcleo habitado. Ladridos de un perro. No debe de ser aun Perloz. Y no lo es, la traza vuelve a desviarse y a subir decidida en el bosque. Alcanzo a un francés, un chico joven que se empeña en hablarme en su idioma a pesar de mis evidentes dificultades para entenderle; va muy justo pese a lo cual parece animado. Caminamos juntos un rato pero mi ritmo es más vivo y acabo separándome de él. El camino atraviesa algunos pasos estrecho, equipados con elementos de seguridad, vadea un río y finalmente llego a Perloz. No voy a mal ritmo, no. El pueblo duerme plácidamente, atravieso un callejón que alumbra una farola con una luz blanca de sorprendente calidez y cuando desemboco en una calle más ancha me topo con dos personas, que resultan ser voluntarios. Me acompañan al avituallamiento-control. La gente que lo atiende me parece especialmente agradable. No tomo nada y opto por rellenar la cantimplora con agua fresca en la fuente que hay poco más abajo. A esto sigue una bajada empinada; el fragor del torrente Lys se va haciendo cada vez mayor, hasta que alcanzo un puente. Va ser el famoso Ponte Moretta… Ahí abajo las aguas de los glaciares del Monte Rosa.
El siguiente tramo viene marcado por un error mío en la lectura del road-book, que me hizo desesperarme hasta que se me ocurre sacarlo de la mochila y aclarar el tema. Eso me pasó por no estudiar el trazado con suficiente atención y por mi convencimiento de que la organización nos estaba engañando y que realmente había muchos más kilómetros que los indicados en el libro de ruta. Este mosqueo me impidió disfrutar plenamente de un tramo llevadero, que alternaba subidas y llaneos, atravesaba algunas aldeas y que ofrecía pasos sugerentes, como un puentecillo sobre un torrente rugiente; las tinieblas no permitían divisar el cauce, pero sin duda se trataba de un paso vertiginoso. Tras un breve descenso y unos metros de asfalto, se inició un camino mulero terrorífico, asfixiante. De vez en cuando interceptaba la carretera, pero continuaba raudo hacia arriba. Se atravesaban varios caseríos, y la luz de cada uno de ellos era una promesa de que aquella tortura acabaría… pero no. Hasta que por fin acabó, gracias a Dios. Y digo gracias a Dios porque acababa en la ermita de Santa Margarita. Ahí había un jardincillo, con un banco!! Cinco y diez. Naturalmente me concedí diez minutos de reposo y placer. Quedaba poco hasta Sassa, donde había nuevo control. Allí me tomé otros diez minutos, bebí agua y una taza de té caliente, y quise creer al jefe del puesto cuando me aseguró que no habría más pendientes terribles como la de Santa Margarita en el resto de la etapa. Así que a las seis salí dispuesto a hincarle el diente a la subida definitiva al Coda.
Comenzaba a clarear y afronté el camino que subía entre pastos; tierra ganadera. En la penumbra iba adivinando frente a mí y a la derecha las crestas del cordal que debía alcanzar. En un determinado momento escucho unos ladridos a cierta distancia. Nunca me han gustado los perros guardianes de los rebaños. Me dan miedo. Instintivamente acelero el paso, pero espero que tras pocos segundos el bicho se tranquilizará. Pero no, los ladridos continúan. El camino se empina y penetra en un bosquete, me vuelvo pero aún está demasiado oscuro y no distingo nada. Y oigo los ladridos cada vez más cercanos. Comienzo a inquietarme de verdad, ya que estoy completamente solo y hay un animalito que anda suelto y viene hacia mí. Aumento decididamente la velocidad, y aún tengo que soportar cinco minutos de nerviosismo antes de que la frecuencia de los ladridos disminuya y comiencen a oírse más lejanos. Vuelvo a salir a terreno abierto y en las inmediaciones de una granja me detengo para beber agua y quitarme la frontal. Avisto unos cien metros por encima de mí un primer collado hacia el que debo dirigirme. Sea. Allí el panorama se abre hacia el alto valle del Lys y se hace más interesante. A mi derecha se eleva una cresta que en menos de un kilómetro intercepta otra perpendicular en la que creo distinguir, no muy lejana, la horcada del collado Carisey, al que debo dirigirme. El terreno me evoca parajes del Pirineo Occidental, grandes rocas alternadas con parches herbosos y algunos árboles aislados. Creo que eran abetos, pero no estaba yo para incógnitas botánicas; el cansancio se hacía notar, La traza a veces se pierde y baja algo, aunque a mí me parece siempre demasiado; tengo prisa por llegar al collado y al refugio. Por fin alcanzo el punto en que el camino vuelve a picar hacia arriba, y alcanzo cansinamente el collado Carisey.
Bellísimo momento. De repente amaneció. Cuando atraviesas una ladera Oeste a primera hora de la mañana estás a la sombra, y tras seis horas de caminata tenía hambre de luz y calor. A mi derecha surgió un horizonte nuevo, desconocido para mí, montañas airosas pero de formas amables y allá abajo unos prados de un verdor intensísimo y sorprendente. Los Prealpes de Biella. Había oído hablar de estos picos y valles salvajes, una isla de wilderness en el superpoblado norte de Italia. A la izquierda, los perfiles más familiares de los satélites del Monte Rosa. Lástima la servidumbre de las barreras horarias, debo caminar todavía casi media hora por la cresta, en suave ascenso, hasta alcanzar el Refugio Coda. Acogida cálida, me llama la atención la avanzada edad de los responsables del refugio, que se desviven por mí. Me ofrecen una bendita sopa de verduras, salame, galletas… No puedo con todo, pero he conseguido recuperarme bastante. Si no soy el último, poco me falta, ya sé que al menos dos corredores detrás de mí se han visto obligados al abandono. Empiezan a fregar los suelos. Hay que tirar para abajo, y me acompañará una voluntaria que vive en la zona. Sería más o menos de mi edad, esbelta, atlética, de tez morena apuntando las primeras arrugas, ojos claros, pelo rubio y expresión sonriente pero sobria; la tópica aparatosidad italiana no parecía ir con su carácter. Iba acompañada de un labrador tan simpático como suelen ser los perros de esta raza. En el descenso me entero de que es fisioterapeuta, de que se ha hinchado a dar masajes a los corredores hasta altas horas de la madrugada, literalmente hasta caer rendida, que vive sola con su perro en una cabaña allá abajo, que balizó toda la Alta Vía 1 en este sector, y que ha tenido más de un incidente desagradable con los mastines durante sus entrenamientos por estas montañas. Y lo más gracioso, que tiene un novio granadino que es médico y trabaja en Milán. Lo cual explicaba que me estuviera hablando fluidamente en castellano, y lo bien que conocía la riqueza de nuestro idioma en palabras de grueso calibre. Fue muy divertido. Está demostrado que eso es de las primeras cosas que se aprenden de una lengua.
Me despedí de ella cuando mi camino volvía a subir hacia el lago Vargno y ella continuaba bajando hasta su casa. Un apretón de manos. “¿Tu nombre?”. “Roberta”. “Muchas gracias por la compañía. Arrivederci”.
Mi dejadez a la hora de controlar el perfil de la etapa me había hecho creer que el Vargno se situaba al final del descenso del Coda. Nada más incierto. Ya me había avisado Roberta, pero aún quedaba un buen trecho. Había vuelto a salir de zona de sombra y caía el sol de la mañana, pero el camino por el bosque, en subida no muy dura, era agradable. El descenso en cambio se me hizo largo. Recuerdo alguna casa, un pabellón, y avistar finalmente el lago, de azul intenso, allá abajo, al final de un empinadísimo descenso por el bosque. Unas palas trabajando en el muro de contención del lago rompían todo el encanto del lugar; el ruido se oía desde lejos… Subir un poco por una pista y llegar al avituallamiento junto al caserón-refugio. Dos voluntarios y un corredor, Marc. Ya no padece del estómago, pero ahora es la rodilla que le da problemas. Problemas muy serios, dice que no puede continuar… Yo mientras pregunto que a ver si soy el último, y me dicen que no, pero casi. Que tengo a uno que viene detrás y otro que está durmiendo en el refugio. Y en esto que aparece el dormilón, que resulta ser Javier. Nuestros destinos vuelven a cruzarse, y no se separarán ya hasta el dichoso col Brisson. Parece contento, ha sobado a gusto después de un inquietante vivac nocturno en un chamizo semiabandonado. A Marc le puede el corazón, y contra toda lógica racional decide continuar; pundonoroso como pocos este chaval. Sale un poco antes que nosotros, y a todo esto ha llegado el farolillo rojo, que no es otro que nuestro entrañable “alucinado” italiano, el asaltante de la ducha de señoras. Le dejamos avituallándose y nosotros apretamos los dientes. Nos espera el col Marmontana. Venga, “tó p’arriba”. El camino arranca fuerte, discurre por terreno que alterna hierba y piedras, mayoritariamente desprovisto de sombras. Nos metemos en un pequeño fregado al perder la traza en una pedrera, sin más consecuencia que cinco minutos perdidos. Llegamos a un cruce en correspondencia con una zona de cabañas, donde la pendiente se suaviza. Cazamos a Marc, que avanza lento y doliente. Es uno de esos momentos en que el primer impulso es quedarte a su lado, acompañarlo, darle ánimos, pero te das cuenta enseguida de que es inútil. Quiere proseguir hasta donde pueda, no está enfermo ni herido, no podemos ayudarlo; a decir verdad, le seremos más útiles tomándole la delantera y dando el aviso en el siguiente control. Nos despedimos, sabiendo que ya no volveremos a verlo en carrera. El col Marmontana queda cerca, si bien no lo identificamos hasta el último momento; un último esfuerzo por una rampa herbosa y alcanzamos el paso. Ante nosotros se abre un paraje duro, inhóspito. En esta vertiente las laderas son pedregosas. La cresta en la que nos encontramos se extiende hacia nuestra derecha e intercepta perpendicularmente una segunda, muy agreste, donde se adivina a lo lejos un paso. Llegan tres excursionistas desde este lado, son los primeros montañeros ajenos al Tor que encontramos en este sector alpino salvaje y lejano, ancho y ajeno. Nos confirman que hay que cruzar la segunda cresta por aquel paso, y que más allá, al otro lado, está el Passo della Vecchia, nuestra siguiente referencia.
Iniciamos descenso. Se está nublando, lo que acrecienta la sensación de soledad. En un primer momento el camino nos lleva hacia la izquierda. Allá abajo se distingue un grupo de personas, pero no son de “los nuestros”. Llegados a un rellano, viramos decididamente a derechas, atravesamos una pedrera y avistamos la carpa del siguiente avituallamiento. Uno de los controles más simpáticos, hasta el punto de que hacemos “el dominguero” durante casi media hora, espatarrados en unas hamacas y disfrutando de la riquísima sopa que nos ofrecen. Felicitamos efusivamente a la hábil cocinera y Javier remata sacando la delicatessen, jamoncito rico que nos ofrece a todos. Un esfuerzo de voluntad, que hay que seguir, no nos sobra el tiempo y nos estamos aburguesando. Dejo bien claro que estén muy pendientes de Marc. Nos despedimos y partimos con buen humor a afrontar la siguiente subida, hasta el paso que se veía desde la Marmontana, la Crena di Lei. ¿Raro nombre, no? Roberta ya me había explicado la fascinante diversidad lingüística de este valle, en el que el aislamiento ha permitido que en aldeas separadas por poquísimos kilómetros se hablen cuatro idiomas: italiano, francés, alemán y valdostano. El tiempo se pone fosco. Un primer tramo en el bosque y enseguida salimos a terreno de prados. La subida no es demasiado larga y en el paso, literalmente un tajo en la roca, Javier me saca las que serán las dos últimas fotos con mi cámara. Soy muy vago para sacar fotos, y el cuarto día de carrera ya iba pensando en otras cosas.
Nuevo cambio de valle. Muy abajo, un amplio valle muy verde y semioculto por nubes bajas, imagino que debe de ser el del Lys. Se ve un pueblo grande. Entre nosotros y la civilización se interpone un terreno aún más duro que el anterior. A ratos el camino está bien trazado, pero más frecuentemente consiste en saltar por un inmenso roquedal, un sube-baja que acaba por hacerse pesado, y yo vuelvo a sentir que mis pies sufren. Al poco de iniciar el descenso nos supera el amigo italiano, que está bajando rápido y bien. Poco después, tras trepar a una de las miles de rocas desperdigadas en aquella ladera, lo vemos hablando con una chica. El continúa y enseguida llegamos a su altura. Es francesa y va fundida. Confiesa que no puede más, que simplemente sus piernas se niegan a seguir subiendo. Pregunta que dónde está el Passo della Vecchia. Y yo, estúpido de mí, con el mapa en la mochila y sin haberlo mirado, deseando escapar de aquel pedregal infame y llegar a los verdes valles, le contesto frívolamente que ya lo hemos debido pasar, sólo que lo hemos hecho en bajada. Suspiro de alivio… y mentira piadosa, aunque involuntaria. Dice que tiene un amigo en Niel y que la recogerá, que sigamos. Me siento realmente mal por ella, y a los pocos metros me vuelvo y le pregunto si tiene mal de estómago, porque tengo unas pastillas que van bien para eso, pero no. Es sólo fatiga. El cuerpo que ha dicho basta.
No transcurre mucho tiempo antes de darme cuenta de mi error. Llegamos a un refugio donde hay instalado otro avituallamiento y se confirma que el Passo de la Vecchia es aquello que se distingue allá, un poco más lejos, tras una suave subida por la ladera. Un collado como Dios manda, ancho, bien marcado. Por el otro lado trepan las nubes. Joder, qué largo es esto, pero bueno, parece que una vez allí ya abandonamos el terreno pedregoso y que hay un buen camino que nos llevará a Niel.
Y efectivamente, el camino mejora, y es un alivio. Al principio desciende suavemente, demasiado suavemente para mi impaciencia, aunque mis pies agradecen la tregua. Poco a poco pasamos del terreno abierto al bosque; por fin la pendiente aumenta, y con ella las ampollas vuelven a hacerse presentes. Pero bueno, ya estamos a 1600 m y el valle muy cercano. Nos queda poco. Apenas 150-200 m. Pero lo raro es que encontramos una señal que indica a Niel 1h ó 1h y pico. Oh, oh, aquí hay truco…
Y tanto que truco. De pronto, rampón hacia arriba. Estas sorpresas son demoledoras para las piernas, ya hechas al descenso. Me empiezo a cabrear. Estas subidas de propina nunca gustan, pero lo que más me fastidia es que suponen un desnivel en descenso adicional. Adelantamos a algún corredor con aspecto de ir muy tocado y nos cruzamos con personas que nos preguntan por otros participantes. Dos voluntarios con cara de preocupación nos preguntan si hemos visto, y dónde, a una chica francesa…
Pero bueno, ahora sí que falta poco. Finalmente llegamos al fondo del valle, cruzamos un puente y remontamos por la ladera opuesta. Niel es una aldea muy modesta, pero el avituallamiento está muy bien montado. Aquí hay control de tiempos, y encontramos a otros participantes. Se retiran. Es en este punto cuando me hago plenamente consciente de que soy EL ULTIMO, y que a mi alrededor el “coco” del abandono está devorando a mis compañeros. Nos tomamos un merecido descanso, pero yo empiezo a ponerme nervioso. Realmente peligramos. No tanto por el fuera de control, sino porque asumo que no voy a poder dormir en la base vita. Bueno, habrá que comer algo… Acabo dándole duro al salame, junto con la sopita de rigor. A las siete y cuarto llega la hora de partir, nos quedan seis horas escasas de margen. En el control todos nos ovacionan. Quien ha participado en el Tor sabe lo que se siente y lo que se agradece… Los primeros metros son por una pista empedrada. Anochece, recuerdo vacas pastando, después un montañero que bajaba en la penumbra… y Javier enrabietado, poniendo un ritmo criminal. Iba pidiéndome hora y altitud periódicamente. La primera mitad de la subida, medida en metros de desnivel, la hicimos a ritmo satisfactorio, estábamos ya cerca de los 1900 m. Pero a continuación la pendiente se hizo más irregular y nuestro ritmo decayó. El col Lauzoney se nos estaba haciendo muy duro.
Noche cerrada y de pronto, voces allá abajo. Poco después avistamos luces. Parece un grupo numeroso, con niños incluidos. Sólo puede ser una cosa. LA ESCOBA. Mi primer contacto con la patrulla de cierre, la prueba de que estábamos flirteando con el fuera de control. Y pese a nuestros esfuerzos, se nos echaban encima. Veo a Javier tocado y le doy el relevo. El no protesta. No voy sobrado, pero aún así debo frenarme para no descolgarlo. Nos alcanza la escoba. Seis o siete personas, de los cuales dos o tres eran críos de 8-10 años. Yo, ansioso por coronar de una vez aquel collado interminable, cojo unos metros de ventaja sobre el ahora numeroso grupo y en cuanto el camino se desdibuja un poco me desvío unos metros. Un chico del grupo se pone en cabeza y nos lleva por la buena vía. Mientras tanto Javier es víctima de una crisis de sueño. Debemos hacer alguna breve parada, le dan algo de comer, le hacemos caminar arropado dentro del grupo. Estoy impresionado.
Finalmente llegamos arriba, todo llega, sin duda debe de abrirse ante nosotros un paisaje precioso, amplísimos prados pastoriles, un descenso largo y suave, nos dicen… La luna brilla allá arriba. Bajamos lentos, Javier literalmente se cae, se queda dormido de pie, tenemos que sujetarlo. Ante una crisis así, los problemas de mis pies me parecen pecatta minuta. Me siento despejado, bajo confortablemente, converso con las chicas de la escoba…, pero el cerebro comienza a resentirse de la falta de sueño y del estrés psicológico, y mi capacidad de análisis y decisión se reblandecen. ¿Quiero seguir? ¿Estoy asumiendo que hasta aquí hemos llegado? Si no recuerdo mal coronamos en torno a las 21.30-21.45. Algo más de tres horas en descenso limpio deberían consentirme llegar antes de la una, pero bajábamos muy despacio, y luego estaba el tema de no dormir. No, yo me dejo llevar, me evado, ya veremos, ya me arreglaré de algún modo. Podría abandonar el grupo y bajar por mi cuenta, pero no iba a dejar tirado a Javier. Salvo que se diera por vencido, que no pudiera más, intentaríamos llegar juntos. Además se supone que la escoba te “empuja” para que entres en tiempo, y yendo con ellos nos ahorramos la tensión de no perder el buen camino. Vale. Pasamos un control, y poco después alcanzamos una baita, donde el grupo decide hacer una parada. Javier me dice que continúe solo, que yo todavía tengo opciones, pero los escobas aseguran que llegamos a tiempo, que tranquilo. Sentados en torno a una mesa, calentitos, comemos algo. Ellos están muy relajados, y yo cada vez más nervioso; ya les he avisado de mis problemas de ampollas, y de que no estoy en condiciones de bajar “a tumba abierta”, precisamente. No sé si estuvimos casi media hora, se me hizo muy largo. El caso es que Javier consiguió recuperarse. Probablemente le dio una hipoglucemia, consecuencia de haber empezado la subida demasiado rápido. Ahora venía lo peor. Los alegres y frescos pastos quedaban atrás. El camino entraba en el bosque y bajaba decidido. Y lo que es peor, era un camino “de piedras”. Del tamaño justo para hacer sufrir a los pies, y los míos ya estaban muy castigados. El chico que parecía el jefe del grupo puso un ritmo muy fuerte y para mí cada paso era un dolor; más de una vez tuvo que reducir porque yo me descolgaba. La parte buena era que estaban decididos a meternos en tiempo, pero íbamos muy justos. Las luces que anunciaban la llegada a la carretera produjeron general alborozo; serían sobre las 11 y cuarto, no obstante, aún nos quedaba un trecho. El “odioso” asfalto era una bendición para mí. Metiendo caña y en leve subida iban pasando las casas. “Llegamos, tranquilos, llegamos, pero no nos podemos parar”. Y sí, llegamos. Al polideportivo, a la una menos diez. Rápido, el gesto mecánico del control del chip. Hay bastante gente, aplausos. Me siento perdido, y caigo en que allí están Albertxo y compañía, que ya se están haciendo cargo de nosotros. Pero antes se despeja la duda. Un poco de manga ancha, más o menos lo esperaba, pero había que verlo. Me controlan el chip una segunda vez, y me dicen que aún tengo unos minutos y que puedo ducharme y comer algo. Ya he fichado para la salida, sigo en carrera. Así que rápidamente abro la bolsa amarilla, toalla, jabón, camiseta, gayumbos limpios… vale. Es la una y avisan al grupo principal de corredores e que tienen cinco minutos para salir ¿Dónde están las duchas? Me desnudo como puedo, me duele todo, los vendajes de los pies aguantan, más o menos, pero se me ha desprendido uno en la base del pulgar y se me ha reabierto la llaga que me había descubierto 24 horas antes. EL chorro de agua caliente sale hirviendo, casi mejor, asi no hay tentación de distraerse. Me seco, me visto, salgo, y medio dormido pido algo de comer, ya están recogiendo pero no hay problema… Pero el “equipo de apoyo” ya se me ha adelantado y me tienen preparada la pasta y el salame. Gracias chicos! Lástima que es la una y veinte y se acabó el período de gracia. Me dice un tipo muy serio que en cinco minutos tengo que estar fuera; cuando le pido quince minutillos para poder comer me dice que nones, que venga, que fuera. A Javier tienen que ir corriendo a sacarle de la ducha. Ingiero tres lonchas de salame, corro a la bolsa a por los calcetines. Mierda!! Se le sale la cremallera. Menos mal que tienen a mano bolsas vacías. Albertxo me ayuda a transferir a toda prisa mis cosas, fuera chanclas, me pongo los calcetines, las botas sin atar y corriendo fuera. Salvado!!
Nada de qué quejarse. Los voluntarios siempre se han portado con amabilidad y solicitud, pero es lógico que nos echaran. Aunque desde el punto de vista deportivo el control que cuenta es el de entrada, y un poco de flexibilidad con el de salida es razonable (además, que fue la propia patrulla de cierre la que casi me obligó a parar en la cabaña durante la bajada, perdiendo cerca de media hora), la logística del Tor es muy compleja, y los voluntarios deben tener una hora fija para empezar a desmontar la base vita y transferir las bolsas a la siguiente. Así que es normal que sean estrictos, y no olvidemos que ellos también se cansan.




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