En muy poco tiempo había pasado de verme fuera de carrera a un cierto optimismo. El ambiente en la base vita era desenfadado. El “pelotón de los torpes” ya se estaba formando, los escobas listos para salir. La chica a quien había adelantado al final de la bajada hacia Ollomont no acababa de decidirse, pero al final optó por la retirada. Risas, bromas, ánimos… Luisa me promete que irá a esperarme al Bertone para compartir los últimos kilómetros. En nuestro grupito están Massimiliano, Flavio y algún otro. Nada más salir atacamos la primera cuesta; los escobas nos mienten diciéndonos, prácticamente, que la última etapa es un trámite, que casi seguro que llegamos. Me confirman que el puerto que estamos subiendo es el Champillon, que hay un refugio poco antes de coronar y que después es “fácil”, sólo queda la Malatrà. Yo había revisado las estadísticas del año anterior y sólo había encontrado un corredor que se hubiera retirado en el transcurso de la última etapa; quizás me equivoqué, miré mal, o a lo mejor era cierto, pero la idea de que la última etapa la supera todo el mundo conviene sacársela de la cabeza. Para empezar, cuando la pendiente se pone seria nos topamos con un corredor que llega en sentido contrario, con intención de abandonar, y al poco uno de nuestro grupo hace lo mismo. Las fuerzas se han agotado, la frustración debe de ser enorme.

Toda la parte baja del collado discurre por un tupido bosque, con lo que la oscuridad cae aún más rápido y nos obliga a encender las frontales. En un claro gozamos de una breve vista de las cumbres del macizo del Combin; es casi de noche y el cielo se ha cubierto. Al poco rato empieza a llover, y yo nuevamente noto que me duermo. Es la tercera base vita que me salto sin dormir, y arrastro un déficit de sueño enorme. Desde hacía un buen rato que iba el segundo del grupo, justo detrás de la única fémina, a quien sus compañeros de la escoba llevaban tomando el pelo desde que salimos; el comentario facilón estaba cantado… Pero no, yo no mantenía la estabilidad fijando la mirada en su trasero (y la verdad es que lo empinado del camino me facilitaba mucho dicha perspectiva). Había por ahí mucha raíz y mucha piedra traicionera, por tanto yo mayormente miraba al suelo.

Absoluta negrura, ocasionalmente rasgada por algún lejano relámpago. Y así yo debía sostener una lucha brutal con mi cerebro, que se empeñaba en apagarse, que reclamaba despiadadamente el descanso. Por fin habíamos salido del bosque, nos aproximábamos a unas cabañas de pastores y la ruta transcurría un buen rato por una pista ancha; el cuerpo se me iba y tendía a dar bandazos. Uno de los escobas me presta su bastón, de modo que yo pueda disponer de un par y mantener mejor la estabilidad. En una de las conversaciones mantenidas por radio les oigo decir que todos van bien… salvo yo. Aunque tienen claro que no se trata de una crisis de agotamiento, sino de sueño. Me animan, me dicen que queda poco el refugio, allí podré dormir. Pero este está más de1000 metrospor encima del valle, es decir más que el Alpenzú y que el Barmasse; se me hace muy largo, pero por supuesto acaba llegando. Como había pasado siempre a lo largo del Tor, todo llega…

Me habían avisado de que allí trabajaba un chico español, de Valencia si no recuerdo mal, y cuando entré allí estaba, pero el recuerdo es muy brumoso. Yo iba zombi y no quería comer, sólo una cama. La acogida fue correcta, pero no me pareció tan cálida como en otros lugares, quizás fuera que mi percepción estaba embotada. Mientras esperaba, Massimiliano volvió a comentar que el preferiría seguir, que no quería perder tiempo porque su rodilla le iba a hacer pasarlo muy mal en las bajadas. Cuando por fin pude echarme a dormir tenía la idea de que la patrulla escoba iba a dividirse. Y cuando me despertaron lo confirmé. Dos escobas, incluyendo el que me había prestado el bastón, habían proseguido con Massimiliano, y otros dos nos estaban esperando a Flavio (quien también se había echado una siestecilla) y a mí (que había vuelto a padecer dolores en mi pierna izquierda y no había podido descansar del todo bien). Creo recordar que tomé algo caliente antes de salir. No gran cosa, había prisa por coronar el penúltimo collado del Tor

La enforcadura del col Champillon se perfilaba clara en una oscuridad ya no tan intensa una vez que hubo pasado  la tormenta. Hacia allá se dirigía nuestro cuarteto, a paso modesto pero regular. Yo estaba contento, había conseguido despejarme un poco y volvía a ver la carrera con cierto optimismo.

Colle Champillon. Más de 2700 m. Ante nosotros se abren amplios paisajes. Abajo a la izquierda hay muchas luces. Es la civilización. Por la derecha en cambio solo hay más montañas. Debo reconocer que el descenso es cómodo, y pienso en lo rápido que podríamos ir si no fuera por el “bloqueo” que tengo en los pies, y lo peor es que además de las ampollas el dolor en el tobillo va a más. No había tenido problemas para ponerme las botas en el refugio, pero calculaba que debía de estar más hinchado. Nuestro grupo permanece unido, pero tengo la impresión de que Flavio, pese a sus problemas de rodilla, podría hacer algo más. Me siento un poco mal. Se hace largo, aunque no tanto como en el col Brisson. Fnalmente entramos en una zona más resguardada, nos aproximamos al fondo del valle y entramos en bosque. Desde hace un buen rato me llevan diciendo que ya llegamos al avituallamiento y a la pista. Y por fin… Dentro de la cabaña, sentados en torno a la mesa y bien calentitos se está de maravilla. Casi me apalanco. La alegría por haber superado una bajada más me abre el apetito, me tomo una sopa que me sabe a gloria y ataco los platillos de embutidos. Sé que soy el último y que podría comerme todo lo que allí había, pero es que me da vergüenza. Una loncha tras otra, como quien no quiere la cosa, me estoy zampando un cerdo entero. Me tomo el antiinflamatorio que me pasó el médico en Ollomont…Flavio no parece muy hambriento y frente a mí tengo otro corredor que hemos encontrado varado aquí. Debe de ser americano, está pálido, tiene mal de estómago. Este no come nada, de pronto se levanta, sale fuera y vomita. Sé demasiado bien cómo se siente y que en esas condiciones no apetece hablar ni que te hagan preguntas estúpidas del tipo “¿cómo estás?”. Pienso que es muy mala suerte que te dé la crisis de esta forma justo al final, y es que a éste no recordaba haberlo visto, durante la carrera debió de ir siempre bastante por delante de mí. Tantas veces he visto cómo otros comían y comían en el avituallamiento mientras a mí se me retorcían las tripas, y  ahora me encontraba en la posición contraria…

Uno de los voluntarios comentó que ya iba siendo hora de que nos fuéramos, porque hasta St. Rhemy nos quedarían unas 3 horas y hasta el control de Merdeux al menos 2 y media… Naturalmente yo no había mirado el mapa y no sabía bien dónde quedaba el control. Uno de los escobas, al principio de la etapa, me había dicho que en la base de la Malatrà, pero no iba a tardar en enterarme que no era en la base, sino a mitad de la subida, lo que cambiaba ligeramente las cosas… Sólo tenía claro que la hora límite era la 8 de la mañana. En aquellos momentos suponía que yendo con los escobas iba seguro, que ellos me marcarían el ritmo apropiado para llegar; sin embargo al final resultó que no lo supieron gestionar como se esperaba de ellos, y alguna crítica se debió de escuchar entre organizadores y otros voluntarios. Bueno, pues el caso es que salimos, íbamos los cuatro más el guiri y otro de los escobas que nos había esperado en el control. Cruzamos el río, tomamos una primera pista, afrontamos un rampón brutal campo a través, afortunadamente breve, y ya cogimos una cómoda pista. Yo intentaba marcar ritmo ligero, así que cogí un poco de delantera. Al principio me acompañaba la chica de la escoba. Luego hubo parón, reunión, volvimos a salir… A veces nos deteníamos por ver si llegaban los otros.  Como he dicho reinaba cierta confusión y los escobas no parecían tener clara la táctica a seguir con nosotros. Finalmente acabamos Flavio y yo solos en cabeza, a un ritmo bastante bueno. Fue en este punto cuando empecé a notar que el sueño volvía a atacarme, así que ingerí una dosis de bebida energética con cafeína. Pero antes de que pasara a mayores mi nuevo compañero “cascó”. Minutos antes al preguntarle qué tal iba me había respondido que no muy bien, y me sorprendió, ya que caminaba sin aparentes problemas. Y de repente, se detiene. Con una serenidad y una resignación que me sorprendieron sentenció “No puedo seguir”. Llegó la chica de la escoba, que a su vez nos hizo esperar al jefe de la patrulla, que traía un botiquí que podía ser útil. Flavio me decía que me marchara, que no perdiera tiempo, pero yo quería esperarle, no acababa de creer que realmente no pudiera dar un paso más. Mas el diagnóstico del jefe de la patrulla confirmó que aquella rodilla no daba para más. Fuera la radio y a avisar para que vinieran con el todoterreno a sacarlo de allí. El comentario fue más o menos que tenemos a tres corredores que van mal y creo que tendrán que abandonar. Y a Flavio le faltó tiempo para decir “todos no, Victor va bien”. Joder, casi me emociono. Aún aguardé un poco, pero no había nada que hacer. Los escobas me dicen que me vaya, que ellos se quedan allí. Una lacónica y triste despedida, y me zambullo en la oscuridad. La pista prosigue, ancha y fácil, en suave descenso, por el interior del bosque. Las luces del mundo continúan a mi izquierda, e imagino que allí tendré que llegar en algún momento. Y seguramente fuera la comodidad del terreno, la total ausencia de peligros, lo que facilitó que el sueño terminara por adueñarse de mi cerebro, totalmente. Casi me quedo dormido caminando. Muchas veces, con honda rabia porque el terreno habría sido tremendamente favorable para recuperar tiempo, incluso correr, tuve que ralentizar exageradamente mi marcha, hasta detenerme. Sacudir la cabeza, esforzarme en mantener los ojos muy abiertos, no tanto por evitar tropezar e irme al suelo (que también, aunque aquello era una autopista en la que se podía ir con piloto automático), sino por no perder los banderines. Una falta de atención en un momento en que la ruta se saliera de la pista principal, la oscuridad, un banderín que no viera… y adiós Tor. Ya no tenía margen de error. De vez en cuando me entraba el miedo, hacía mucho que no veía ninguna señal. Entonces me detenía  y esperaba durante un tiempo largo, muy largo, pero no tenía otra… hasta ver aparecer una sombra al fondo. Vale, voy bien. La sombra era la del guiri, que iba peor que yo, así que tampoco me garantizaba al 100%  que no estuviéramos los dos perdidos y enfilando el desatre, pero reducía las probabilidades. Así que yo seguía andando y al rato una banderita amarilla me inoculaba un chute de felicidad. El caso es que ya había bajado bastante y según el altímetro tendría que estar llegando a St. Rhemy… salvo que hubiera subidas sorpresa. Pero no las hubo, afortunadamente.

La pista empieza a bajar de forma más pronunciada e intercepta una carretera asfaltada! Debe de ser la del Gran San Bernardo. Lo mejor es que las señales indican que hay que cruzarla y entrar en el pueblo, sí, en el pueblo! Imagino que debe de ser St. Rhemy. Está muy iluminado, pero en absoluto silencio, hay una fuente y carteles indicadores del Tor. El control debe de estar ya aquí mismo, no va mal, creo recordar que eran las cinco y diez o y cuarto. Todo está silencioso, pero es normal, sólo quedamos el guiri y yo, no era de esperar un avituallamiento muy concurrido. Las flechas indican que hay que tomar una calle a la izquierda, vale, ahora sí que estoy llegando!

NADA!!! Y el pueblo se acaba aquí. Hay una bonita explanada donde cabe divinamente un avituallamiento, pero no hay NADA. Las flechas indican a la izquierda, por una estrecha pista que desciende hacia unas lejanas luces allá abajo, pero todo vuelve a estar oscuro. En este momento recuerdo un mail que nos envió la organización y al que apenas presté atención. Recordaba que decían que en St. Rhemy-Bosses habían cambiado la ubicación del avituallamiento y que suponía añadir 2,5 km más. Joder, pues iba a ser esto! Me lanzo enrabietado hacia abajo, ahora no me agobian los dolores, sino la ansiedad por llegar al control y poder calcular de cuánto tiempo dispongo para alcanzar la barrera horaria de Merdeux. Unos potentes faros detrás de mí y el ruido de motor me hacen echarme a la derecha. Mientras espero que me adelanten lanzo una fugaz mirada al interior del todoterreno y me parece reconocer las barbas del guiri en el asiento de atrás. Así que soy el último, ahora de verdad. Algunas casas aisladas me anuncian que estoy entrando en un nuevo pueblo, así que tengo que encontrarme el avituallamiento YA! Mirando hacia arriba distingo carreteras en las montañas e intento adivinar por dónde irá la última subida.

Una calle, y otra, y otra, y que sigo bajando, y que esto no termina nunca. Ni un alma. Por fin me meto por una calle señalizada como sin salida y ahí al fondo está el control, con un avituallamiento bien surtido. Me hago controlar y, nerviosísimo, porque son las seis menos cinco, pregunto cuánto queda hasta la barrera horaria.

“TRES HORAS”!!!!!

“Queeeè??!! Pero cuántos kilómetros hay?

El voluntario, siempre sonriendo, me indica el cartel que tenía delante de mis narices y en el que, con los nervios, no había reparado. Ahí estaba el perfil del sector hasta Merdeux. Más de 7,5 km y setecientos y pico metros de desnivel.

“Quieres tomar algo? Y la verdad es que un café me habría venido bien. Tengo la impresión de que el chaval da por hecho que voy a abandonar y que, por tanto, tengo tiempo para descansar y reponerme. “No, no, salgo ya, que voy a intentar llegar dentro de control” Hago ademán de salir en dirección contraria a la correcta y un tío de barbas cuyo rostro me resultaba vagamente familiar me indica la dirección correcta. Su sonrisa es franca, amable y… compasiva. Tengo la impresión de que allí nadie da un duro por mí. Y de hecho, cuando días después consulté el tiempo de paso por este control del último del año pasado era de media hora menos que el mío (igual que el de mi predecesor inmediato, que acabaría siendo el farolillo rojo de esta edición). No podía creerme lo que estaba pasando. Un error de cálculo, un exceso de confianza en los kilómetros anteriores… , y como resultado, a falta de sólo 30 km a meta me encontraba en la situación más apurada de todo el Tor. Como se suele decir, podía morir en la orilla, en la última barrera horaria. Era ahora o nunca, y consciente de que  debía quemar mis últimas energías para llegar como fuera al control de Merdeux, metí la marcha “dura”. Bien sabía que mi cuerpo me daba para eso, que en un entrenamiento no me costaría demasiado completar un tramo así en dos horas. Noche aún. Callejeo por pequeños núcleos de población. Una fuente deliciosa, no puedo resisitirme, un trago rápido. Luz tenue de farolas perezosas. Un cruce en el que dudo durante medio minuto, anhelando la banderita que conjure el peligro de equivocar ruta. Atravieso un campo de labor, la hierba oscura ya verdea con el primer atisbo del alba. El sexto amanecer en la montaña. Lejos quedan los cinco anteriores, en el casco urbano de Valgrisenche, atravesando los bosques tristones sobre Lillaz, adivinando el Sol tras las crestas del Coda, en la subida bonachona del colle Pinter, y el más sobrecogedor de todos, desde el refugio Reboulaz hacia las Cimas Blancas. El sexto amanecer llegó teñido de una luz sucia que presagiaba la lluvia que llegaría en pocas horas. Y esa luz alumbraba una ladera amplia y verdísima coronada por imponentes crestas grisáceas. Allà estaba la Malatrà, y más allá , aún invisible y guardando su revelación para el último metro de los casi 3000 del puerto, el Rey, el Monte Bianco, dominando nuestra particular Tierra Prometida: Courmayeur.

Y la pendiente fuerte me cansa y me enfervoriza cuando el altímetro sube y sube, y con él mis esperanzas. Llego a un alpe poco antes de las siete. Merdeux inferior, mil novecientos y muchos metros, casi 2000. El ladrido de un perro me sobresalta y dudo por dónde pasar entre las casas. Aparece un viejecillo enjuto y barbudo “Por aquí, es por aquí”. Y yo formulo la pregunta del miedo, apretando los puños, reconcomido por la ilusión y la rabia. “¿Me da tiempo a llegar  a Merdeux en una hora?” La respuesta, asombrosa: “Sí, sin problemas”. No puede ser tan fácil, y o bien este hombre es un excelente andarían o bien me ha soltado una mentira piadosa. Pero no hay tiempo. Arriba, arriba. Enseguida llego a un cruce de pistas y para mi desesperación la marcada no es la que sube, me toca iniciar un flanqueo en falso llano. A lo lejos (y parece muy lejos, pero ya he aprendido a no dejarme avasallar por las apariencias), en la ladera se divisan dos repisas; la superior está demasiado alta, eso son lo menos 2500 m. La de abajo, donde distingo algunas edificaciones y donde parece terminar la pista que escala allá a la derecha, ésa tiene que ser, el control tiene que estar ahí. Voy rápido, pero apenas gano altura, enfilo el torrente al otro lado del cual se eleva la ladera que me llevará hasta…, hasta dónde, por Dios?

Y por fin llego, cruzo el río y el camino vuelve a subir decidido. Hierba, alguna espiga, barro, a veces mucho barro. Mi objetivo está a la vista, y tengo casi cuarenta minutos para llegar. Abro la boca para coger más aire, empiezo a despreocuparme de las banderitas y del camino, que a veces se pierde y a veces se multiplica en trazas confusas, y con frecuencia ataco la pendiente en línea recta. Lanzado, agotando, ahora sí, las últimas reservas de glucógeno en una explosión terminal de potencia aeróbica. Voy en manga corta y el aire frío que aspiro a bocanadas me está helando la garganta, pero sólo levanto la mirada del suelo para fijarla en mi objetivo cada vez más próximo. Cerca del final vuelvo atrás la vista y veo abajo algunas personas subiendo a gran velocidad; confuso, pienso que puedan ser corredores, pero van demasiado rápidos. Me doy cuenta de que están retirando banderitas, así que debe de ser la nueva escoba.

Por mi reloj son las 7.56 y toco la fachada de una de las granjas. Increíble. He entrado en el alpe a la izquierda del camino balizado. Encuentro gente, y reconozco al “barbas” de Bosses, que de nuevo sonriéndome, me confirma que LO HE CONSEGUIDO. “Tranquilo, estás en tiempo”. Resoplando pero feliz entro en la granja donde está instalado el muy rudimentario control, es manual. Ahora es momento de descansar un poco, sentarme en un banco, abrigarme y saborear una victoria para la que tendré que sufrir aún bastante pero que ahora me parece asombrosamente cercana. Creo que aún no soy consciente de lo que estoy a punto de hacer. Ocho horas. Las últimas ocho horas. El sol asoma y empieza a calentar tímidamente.

He encontrado aquí a Massimiliano y a otro corredor a quien no conocía: Gianni, futura maglia nera. La patrulla escoba es numerosa. Se preparan para partir, yo decido salir un poco antes, me siento bastante bien. He aquí la segunda y decisiva parte de la Malatrà. Me marco de nuevo el ritmo lento que tan bien me ha funcionado otras veces, y al principio todo parece funcionar. Aprovecho un escalón para sentarme y comer la naranja heredada del control del colle Vesonnaz. Que está muy buena. El sol me da en la cara y me alcanza la patrulla escoba, a la que me uno. Massimiliano y Gianni van justitos, el rostro tenso en una mueca de sufrimiento. Hierba alta agitada por el viento. Todavía ese olor característico a… merdeux. Pasado un rellano, Massimiliano sufre, se descuelga, la pendiente le puede. Los escobas le jalean, le animan, le gritan “grande”, pero al mismo tiempo le azuzan para que no se detenga. Aquí el cambio de actitud de los escobas era patente. Hasta aquí se comportaban de modo muy “profesional”, frecuentemente dejándonos solos en el silencio de nuestras sensaciones y pensamientos. Respetando nuestras paradas y nuestros desfondamientos, deteniéndose a nuestro lado sin agobiar. Pero ahora la sobriedad había dejado espacio a la expansividad de verdaderos tifosi, al parloteo continuo y desenfadado, y a un espoleo amable pero despiadado. Nos repetían que aún quedaba mucho, y que ocho horas no era tanto como parecía.

Se me había metido en la cabeza que el col Malatrá tenía 2800 y pico metros. Así, cuando mi altímetro estaba a punto de alcanzar esa cota 2800 y el camino perdía pendiente, creí que quedaba poco, pero había algo raro. Y llegando a un nuevo, y muy amplio rellano, descubrí un panorama bellísimo, pero el colle no estaba. Coronando los verdes prados, agujas abruptas, cumbres, el viejo conocido colle Liconi allá a la izquierda y e frente una cresta afilada sobre una imponente placa grisácea. Y eccolà, ahí estaba el truco. Ese senderillo que cortaba longitudinalmente la mencionada placa, y que lejos a la izquierda giraba 90º para atacar frontalmente la acanaladura que conducía a la estrecha ventanita del puerto. La pendiente no era dura, el desnivel no más de 150 m y el sendero bueno, aunque estrecho. Pero aquella placa gris se llevó mis últimas fuerzas. De repente, simplemente, me derrumbé. Fue poner el pie en ella y sentir que cada paso me suponía un esfuerzo enorme, que me sentía vacío, que mis pulmones aspiraban desesperadamente el oxígeno que mi cuerpo demandaba para quemar un combustible que ya no estaba. Dejémonos de lirismos, un pajarón de libro, una hipoglucemia en toda regla, seguramente provocada por el sprint hacia el control de Merdeux. Hacía años que no me pasaba y había perdido la costumbre; esto, unido a la fatiga cerebral debida a la falta de sueño y a la escasez de azúcar, me impidió identificar el problema. Arrastrado por los gritos de ánimo y algún que otro empujón de los escobas (cual típico ciclista holandés  reptando por las rampas del Tourmalet en cola de carrera) fui superando aquel último tramo. Ya avistando el alto, tuve dos arranques de orgullo, queriendo salvar un poquillo de dignidad. Rehusé el ofrecimiento de los escobas para llevarme la mochila y me resistí seriamente a aferrar las cadenas que aseguraban un paso un poco expuesto (“venga ya, que no se diga que esta mariconada no puedo superarla en libre aunque vaya a rastras”), hasta que prácticamente me obligaron a  echarles mano (a las cadenas, no a los escobas, que además eran todos hombres). Y por fin, el pretendidamente glorioso momento la  llegada al collado y la visión del Bianco. Que resultó estar tapado por las nubes, vaya por Dios. Un suspiro de alivio y una sonrisa, reunión con mis dos compañeros y el resto de la patrulla, y las ovaciones de los escobas. Pero no hubo explosión de júbilo ni éxtasis, sólo la serena satisfacción del “ya queda menos”. Y es que sabía que la bajada no iba a ser banal. Una pena, porque la encontré preciosa, por el entorno y por la propia naturaleza del camino, bien trazado, llevadero, y de pendiente suave. El cielo ya totalmente encapotado acentuaba el ambiente de alta montaña.  Yo descendía muy despacio, buscando la línea de menor resistencia, evitando las piedras en la medida de lo posible. Y fue a unos 2600 m de altura cuando veo aproximarse a uno con una gran cámara de televisión, llega a nuestra altura, charla un poco con los escobas y nos deja pasar. Me están filmando desde arriba. Y lo mejor está por llegar, porque vuelve hacia nosotros y quiere entrevistarme. Y yo me doy el gustillo vanidoso de chupar cámara. Con la falta de costumbre, no miro directamente a cámara al principio, después ya me voy soltando y lo hago mejor. Estaré “agotao”, pero enhebro un discurso fluido y coherente en italiano, no está mal, mi cerebro aún rige. Después de lo cual el intrépido reportero sube de nuevo para entrevistar a Massimiliano, quien baja con aún más dificultades que yo. Ahora cada uno de nosotros lleva una escolta personal de escobas. De vez en cuando alguien grita “Siete dei giganti!”. Sois gigantes. Consigna que oiríamos varias veces durante aquella bajada interminable.

Yo empiezo a notar nuevamente, pero con más intensidad, el frío que habia sentido durante la subida a Merdeux. Una sensación de frío punzante desde la faringe hasta la boca del estómago, a lo largo del esternón. Era como si no consiguiera calentar el aire que pasaba por mi tráquea. Y experimento una sensación de angustia psicológica tan intensa como absurda. Temo estar cayendo en hipotermia, y que ese frío que sentía dentro acabaría extendiéndose y parándome el corazón. No digo nada a mis compañeros, yo sigo bajando concentrado en mí mismo y en mis sensaciones, pruebo a respirar más rápidamente, me controlo el pulso, el ritmo cardíaco es normal pero… ¿y si salgo en los periódicos, un muerto por agotamiento en el Tor des Geants? ¿No habré ido demasiado lejos en mi esfuerzo? Me digo que eso es absurdo. Si estuviera en hipotermia no podría caminar, ni ordenar mis pensamientos, ni desde luego  conceder une entrevista a la tele en correcto italiano. ¿Dònde está el refugio Bonatti? “Allá abajo, cerca”, me responden. Veo una explanada verde y húmeda hacia la que nos dirigimos, y más abajo unos tejados. Pues aún falta un poco… Un poco de calor y un café bien cargado, es lo que necesito. Pero yo estoy ya descubriendo lo que me pasa, porque Danilo, uno de los escobas, me ha ofrecido unas gominolas azucaradas. Yo no suelo llevar estos dulces simples al monte, pero cuando tomo la primera me doy cuenta de que eso era lo que me faltaba. Me dice que coja alguna más y yo acepto. Y durante el resto de la bajada a Bonatti le voy vaciando poco a poco la bolsa. El frío interior es algo menos intenso y me voy tranquilizando, ya me he dado cuenta de lo que me pasaba y de que tenía muy fácil solución. Recuerdo la bellísima visión de la Tete de la Tronche, a pico sobre nuestra izquierda, según atravesábamos aquel rellano que precedía las cabañas de Bonatti. Porque aquellos tejados visibles desde lo alto no pertenecían al refugio… Impaciencia, aún falta un poco, pero por fin llegamos. Ese mismo día sabría que un par de días antes, durante el Tor, el Gigante cuyo nombre lleva este refugio había fallecido de cáncer de páncreas fulminante. Allí, entre tanta gente, el calor y un café doble con sobrecarga de azúcar me hicieron acabar de revivir.

Pero tocaba salir, no se podía perder tiempo. El tramo hata Bertone no me daba miedo, sabía que era un falso llano que escondía bajaditas y breves rampones, aunque relativamente largo. Lo encontré mucho más bonito que cuando pasé por aquí en Agosto de 2008, durante la CCC, en una jornada tórrida. Ahora, bajo la lluvia, con los caminos embarrados, todo lucía verde, la hierba, los abetos, las matas de arándanos… La bruma ocultaba las Jorasses y allá abajo se intuía la Val Ferret. Algún paso divertido cuando el camino cruzaba una torrentera y había que poner atención para no resbalar.  Debo decir que yo me sentía mucho mejor, iba en el primer grupetto por delante de Massimiliano y Gianni, y que mi ritmo parecía satisfactorio a nuestros “jefes”. Y digo jefes porque sobre todo uno de ellos, Loris, ejercía de sargento de hierro, abroncando a diestro y siniestro. “Que no llegamos”!!! Esto iba sobre todo por Gianni, que iba bastante retrasado y de cháchara. Finalmente, una sucesión de tramos en ascenso, rodeando lomas, nos condujo a la pista que subía hacia el Bertone. Esta parte la encontré algo penosa, no esperaba tanta subida, y el refugio Bertone no lo ves hasta que no estás encima. “Encima” literalmente, porque aparece cuando se corona un collado, el paisaje se abre, con el Mont Chetif de frente, Courmayeur al fondo abajo y el refugio a tus pies. Yo sabía que era el último dolor, y que no iba a poder pararme mucho. Pero allá abajo alguien me saluda a grandes voces. Es Luisa, que ha cumplido su promesa y ha subido a esperarme! Ya sé que no puedo perder mucho tiempo en el refugio, además el avituallamiento está fuera y llueve con fuerza, de forma que el toldo malamente protege. Para cuando quiero darme cuenta ella ya ha entrado en el refugio y me trae unos trozos de pan para acompañar el salame del avituallamiento. Y muy pronto, encarar la última cuesta abajo. Los escobas que me habían acompañado se quedan a esperar a los otros y Luisa me adopta para el tramo definitivo, para el grand finale. Comenzamos la bajada, muy lentos, hay mucha piedra grande y escalones, severo castigo para mi tobillo. Ella me da ánimos, me cuenta cosas, mantiene mi cabeza distraída del maldito dolor en los pies que me impide echar a correr hacia meta. Pronto nos metemos en el bosque, nos supera un primer grupo de escobas con Massimiliano, que me toma la delantera. Emanuele me presta sus bastones y me explica cómo hacer para amortiguar el impacto sobre los pies echándolos oblicuamente por delante al bajar los escalones de piedra. Me vigila para que aplique con precisión la técnica. Más aún, en los escalones más duros directamente dos de mis acompañantes me cogen en volandas para que aterrice sin que los pies lo sientan. Más relevante que el tiempo ganado por estas “ayuditas”, era el sentirse arropado y, por qué no decirlo, admirado por poder acabar el Tor. De hecho, todos querían que entráramos en tiempo, por nosotros pero también por la organización. En una de las conversaciones por radio que mantuvieron los escobas con línea de meta les dijeron algo así como que “Tienen que llegar, si hace falta echadlos rodando pendiente abajo” . Después del increíble episodio de la descalificación del ganador, Gazzola, por un error en el tramo después de Bonatti, querían un final a la grande, con el último entrando de la mano de los vencedores, ovacionado por el público, y por supuesto, dentro de tiempo. Nadie quería vivir la amarga situación de ver al último héroe entrar unos minutos por encima de las 150 horas, obligando a la organización a una indeseada relajación de las normas (ergo, falta de seriedad) o a una cruel, pero correctísima, descalificación. Y el caso es que no tenía la absoluta seguridad de entrar en tiempo, y no había tiempo para regodearse en el triunfo inminente, sólo a andar, caminar sin parar.

Y como me habían prometido, llegamos a la pista, en la que podía caminar con mucha mayor comodidad. En algunos tramos el camino balizado cortaba las curvas, pero nosotros optamos por dar el rodeo, añadiendo algunos metros más a los oficiales 332.500. Y la pista se volvió asfalto, y las primeras casas aparecieron. Eran las cuatro menos cuarto y Luisa y Loris, el “sargento de hierro”, ya no estaban preocupados. Llegamos!!! Ella me explicó que este barrio era el Villair, y que desembocábamos directos en la plaza de la Iglesia y vía Roma. Y el dolor se desvaneció, y las piernas echaron a correr. Así, corriendo, y con la ayuda de mis dos compañeros, me quito la chaqueta y el forro polar para entrar en meta mostrando el dorsal, como dice el reglamento. Ya estoy dentro de Courmayeur, hay gente que nos ovaciona, y de pronto, la iglesia! EL lugar donde había tomado la salida casi 150 horas antes, y Dios! La imagen soñada de volver a pasar junto a ella corriendo y con el dorsal puesto, no podía creerlo. Aún más gente, aplausos, gritos de ánimo, Luisa me va explicando lo que va a suceder, entraré en meta escoltado por las chavalitas con el traje típico con cascabeles que ya nos habían despedido el día de la salida, y pisando una alfombra roja. Y así es. Los escobas se apartan, y recorro los últimos metros corriendo por una alfombra roja empapada entre las ovaciones del público. No hay lágrimas ni emociones desbordadas, sólo una poderosa sensación de alegría impregnada de incredulidad. Inmediatamente me controlan el chip y vivo mi segundo momento de gloria con una entrevista que me hacen en la misma línea de meta. Breves instantes, ya que llega Gianni, farolillo rojo. Me llevan rápidamente a firmar el poster finisher, pero antes me intercepta Flavio, que me da un abrazo y dos besos; tan aturdido estoy que no acabo de caer en que tuvo que retirarse, y le digo “Enhorabuena”… en castellano. Pensándolo bien, no fue un error, él también se merecía una felicitación, por la forma en que digirió el tener que retirarse a las puertas de la gloria.

En fin, pues hasta aquí llegué. Al día siguiente la ceremonia de entrega de premios fue la ocasión de compartir la alegría con los compañeros, con los organizadores y con el público. Una bonita fiesta en la que, como en todo el Tor, predominó la camaradería y el buen ambiente. La vuelta a Milán en compañía de Javier, afortunadamente recuperado.Y después, dosificadas progresivamente a lo largo de días y semanas, una satisfacción enorme, una alegría serena y una pizca de vanidad por el logro conseguido. En mi caso la dulzura del triunfo fue lenta, perseverante y madurada, como esta maravillosa carrera de los Gigantes. Gracias!

Una respuesta a “Tor des Geants 2011. Gran final”

  1. Que relato. Se pone la pile de gallina….espero estar a la altura deceste relato. Y saber pelearla hast a el final
    Abrazos desde Argentina

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