Uno de los temas más populares en el debate público en los últimos tiempos es el del ecologismo, la preocupación por la conservación del planeta que nos sustenta, y hasta qué punto la construcción de una sociedad global hipercompleja y con alto requerimiento de recursos naturales amenaza sus propios cimientos. Mucho se habla en particular sobre el aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera debido a las actividades humanas y la contaminación de las aguas por la acumulación de plásticos. No obstante, la preocupación por la conservación de la Naturaleza es un fenómeno muchísimo más antiguo, y que se manifiesta con diversos planteamientos científicos, conservacionistas, éticos, estéticos y religiosos. Facetas que son con frecuencia manifestaciones de ethos muy diversos en el espacio y en el tiempo. La concepción del mundo de las culturas que, en todo el planeta y a lo largo de la Historia, han hecho de las montañas un objeto de veneración (la montaña sagrada, del Olimpo al Kailash o del Uluru al Llullaillaco) difiere mucho de la de nuestra civilización urbana contemporánea que ve en la instalación masiva de artefactos eólicos en cumbres y crestas un indicador de respeto al medio ambiente.
Es comúnmente aceptado que la Historia del alpinismo comienza en el Siglo de las Luces, como un impulso explorador , muy centrado en los aspectos naturalísticos, el conocimiento de la fauna, la flora y la geología de las alturas, al que más tarde, y en particular en el caso de las expediciones extraeuropeas como las de Humboldt, Mummery o el Duque de los Abruzos, se sumaría el interés antropológico acerca de los pueblos que habitaban laderas y valles de las grandes montañas. Patrimonio de aristócratas y altoburgueses, no fue hasta inicios del s. XX que su práctica comenzó a extenderse por las capas más humildes de la población. En paralelo, y coincidiendo con la industrialización masiva y las revoluciones sociales que sacudieron Occidente durante el s.XIX, en ciertos sectores ilustrados comenzó a arraigar la idea de la preservación de la Naturaleza y de una vida simple y autárquica como reacción moral y social ante un mundo de complejidad creciente en el que la estructura estamental del Antiguo Régimen habia cedido el paso a la división de clases. Aquí podemos encuadrar el nacimiento del moderno concepto de wilderness (del inglés «naturaleza virgen») como el espacio que ofrece refugio, físico y espiritual, al ser humano alienado por la sociedad industrial, y que persigue el encuentro consigo mismo y con la Naturaleza.
Algunas figuras prominentes de este período suelen considerarse como los primeros defensores de la wilderness, y en cierto modo pioneros del ecologismo tal como hoy lo conocemos. Les une el interés por la preservación de la Naturaleza en su condición prístina y una visión espiritual del ser humano fuertemente libertaria. Entre ellos podemos citar a John Muir (1838-1914). Este escocés emigrado a los Estados Unidos y fundador de la organización conservacionista The Sierra Club, recorrió a pie cientos de kilómetros a través de las montañas del Oeste de EE.UU, de California a Alaska, y su acción fue determinante para la protección de la Sierra Nevada californiana con la declaración de los Parques de Yosemite y Sequoia. Otra figura prominente es la del geógrafo francés Élisée Reclus (1830-1905). Plasmó 20 años de estudios y viajes en su obra magna Nouvelle Géographie universelle, y esta experiencia en contacto con la Naturaleza y los pueblos en ella integrados sin duda tuvo que ver en su militancia libertaria-anarquista, incluyendo la defensa del nudismo como forma de vida así como del movimiento anti-matrimonio (aunque él mismo sí estuviera casado). Aunque posiblemente la figura más conocida sea la de Henry-David Thoreau (1817-1862).

Apóstol de la vida austera y sencilla integrada en la Naturaleza, en contraposición a la alienación de la sociedad industrial («El más rico es aquel cuyos placeres son los más baratos»), construyó una doctrina filosófica basada en la libertad individual, el respeto al medio ambiente y una elevada exigencia ética («Es más deseable cultivar el respeto al bien que el respeto a la ley»). Si bien su filosofía basada en el aislamiento del individuo, casi de natura ascética, como ideal de sociedad puede resultar demasiado simple e inaplicable en la práctica, sus doctrinas sobre la búsqueda de la verdad como la más alta dignificación del ser humano («Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad») nos hacen reflexionar. Sobre todo cuando estas afirmaciones no se quedaban en retórica, sino que predicaba con el ejemplo. Cosideraba la desobediencia civil como obligación moral cuando el Estado dictaba leyes inicuas. Y así, negándose a apoyar la invasión de México y oponiéndose radicalmente a la esclavitud, se convirtió en objetor fiscal y dio con sus huesos en la cárcel. León Tolstoi, Gandhi y Martin Luther King encontraron abundante inspiración en la obra y principios morales de Thoreau.
Encuentro sumamente interesante que los principios éticos y el ejemplo vital de Thoreau se encuentran indisociablemente vinculados a la soberanía del individuo sobre sí mismo como ideal político que trascienda la democracia en su forma moderna. Lejos de adscribirse al liberalismo más crudo, reconoce las bondades del comercio en tanto que expresión de la libertad de las relaciones entre individuos pero desconfía de las grandes compañías que explotan y deshumanizan a los trabajadores. En estos tiempos en que grupos de presión pretenden asociar la defensa de la Naturaleza, de la dignidad y de la salud de todos los seres humanos a un colectivismo triste y castrante, el ideario libertario de Thoreau adquiere una actualidad desconcertante:
«¿Es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre? Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad, y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente.»
En definitiva, y volviendo al concepto de wilderness, en 1987 un grupo de amantes de la montaña fundaba la organización Mountain Wilderness. El grupo incluía a alpinistas de élite como Reinhold Messner, la superestrella del momento, y antes o después se irían incorporando otros grandes nombres como Edmund Hillary, Kurt Diemberger, Richard Goedeke o Chris Bonnington, por mencionar a algunos. Se firmó un manifiesto conocido como la Tesis de Biella, en el que se reclamaba la necesidad de preservar la montaña de un exceso de civilización, en forma de carreteras, remontes mecánicos, refugios o vías equipadas. Era un ecologismo coherente y humanista, que comenzó con una sonada campaña contra las góndolas que sobrevolaban el corazón del macizo del Mont-Blanc, y que, entre otras muchas iniciativas, al menos hasta hace poco se oponía a la devastación de crestas, cumbres y horizontes a base de parques eólicos, con la excusa de la energía «verde». Últimamente se han dejado llevar por ciertos movimientos populistas liderados por personajes muy mediáticos, pero la belleza del manifiesto original sigue ahí. Soy socio de la sección italiana de Mountain Wilderness, y aún creo que merecen la pena. Aquí dejo, a modo de ejemplo, los primeros artículos de la mencionada Tesis de Biella…
- EL CONCEPTO DE «WILDERNESS».
1.1. El concepto de WILDERNESS, que se podría traducir como “medio natural, o naturaleza agreste sin alterar por las actividades humanas», comprende factores psicológicos y éticos.
1.2. Se entiende por WILDERNESS de montaña, todo aquél entorno de altura, no contaminado, donde todos aquellos que sientan realmente la necesidad interior, pueden experimentar el encuentro directo con los grandes espacios libres, y disfrutar en total libertad de la soledad, el silencio, los ritmos, las dimensiones, las leyes naturales y los peligros. La cualidad de WILDERNESS reside, sobre todo, en su capacidad potencial para permitir una relación creativa entre el hombre civilizado y el entorno natural. El grado de autenticidad de esta relación es lo que da un sentido no efímero a la aventura.
1.3. Dado que supone una toma de conciencia total, la experiencia de la WILDERNESS reviste particular importancia en las sociedades complejas y divididas en las que viven la mayor parte de los alpinistas, lo que puede producir una reacción vital de enfrentamiento con las limitaciones de un sistema encaminado a debilitar al ser humano cada vez más, a restringir su responsabilidad y sus necesidades, a limitar su autonomía en el campo de las decisiones y de las emociones.
1.4. En consecuencia, es de gran importancia tener plena conciencia de los lazos que se establecen entre los valores ecológicos y los valores éticos, estéticos y de comportamiento. Es en estos lazos, en efecto, en los que se basa el sentido del alpinista, como expresión de cultura.



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