Después de algunos años, y con la perspectiva que da haber regresado en una segunda ocasión, retomo el relato que apenas había esbozado. A inicios de 2012 tuve la suerte de empezar a conocer el Ecuador, un país que me ha terminado enamorando y al que me he prometido regresar. Aún a riesgo de caer en el tópico, Ecuador lo tiene todo y la gente es abierta y amable. Las montañas, magníficas. No es simplemente que aquí se encuentre el primer seismil andino llegando desde el norte, cuya cumbre es además el punto del planeta más lejano de su centro. Es que estas montañas se elevan desde la selva amazónica la costa del Pacífico, conteniendo todos los pisos bioclimáticos, desde la selva húmeda ecuatorial hasta las nieves eternas, pasando por el bosque de niebla, el bosque templado, el páramo y la tundra. Y hacia el lado del Pacífico encontramos además el bosque tropical seco y el clima semiárido cercano a la frontera peruana. Finalmente, como colofón a este estupendo abanico de ecosistemas, las archifamosas Islas Galápagos, que merecen un viaje por sí mismas.
Ecuador es además un país mestizo, que alberga etnias indígenas propias de cada una de sus tres grandes regiones, Pacífico, Sierra y Selva, donde además del castellano todavía se puede escuchar el quichua, el idioma de los Incas y lengua materna en numerosas comunidades de los Andes. En las magníficas iglesias que salpican el territorio no es infrecuente que en tímpanos y bóvedas el Inti, la suprema deidad solar incaica, sustituya al Pantocrátor o al Espíritu Santo. Fusión, sincretismo religioso.
Sin entrar en peliagudos aspectos políticos, después de la crisis financiera y la dolarización de la economía en 1999-2000, Ecuador vivió una etapa de considerable progreso social durante el gobierno de Rafael Correa, antes de que la caída de precios del petróleo volviera a comprometer las cuentas públicas. Se invirtió en obra pública, carreteras y educación, con programas para la escolarización generalizada de los niños en las comunidades más desfavorecidas así como un impulso considerable a la educación superior y la investigación. Se reclutaron profesores extranjeros (muchos españoles que huían del desempleo patrio encontraron posiciones muy bien pagadas aquí) y se envió a jóvenes ecuatorianos a formarse en universidades extranjeras, fundamentalmente estadounidenses. Aún hay muchos problemas, exclusión social y barrios poco recomendables, pero en general Ecuador es un país seguro y acogedor, basta el sentido común y si es posible, los consejos de alguien que conozca bien el territorio. En nuestro caso fue Rafa Martínez, excelente guía y cicerone, con quien habría de repetir en una ocasión posterior.
Así las cosas, el 15 de enero de 2012 tomábamos tierra en el antiguo aeropuerto Mariscal Sucre de Quito. Pocos años más tarde se inauguraría el nuevo aeropuerto ubicado fuera de la ciudad, reconvirtiéndose su antecesor en un parque público, pero el aterrizaje en uno de los aeropuertos internacionales objetivamente más peligrosos del mundo impresionaba; el avión pasaba literalmente rozando los techos de los edificios. Tras superar los controles de inmigración vengo a descubrir que mi maleta ha sido dañada. Afortunadamente no tanto como para haber desparramado mi equipaje, pero después de un largo viaje de casi doce horas tener que ponerse a buscar el mostrador de reclamaciones de Iberia y rellenar formularios no es lo que más apetece. Una vez solucionado este trámite, salimos a la zona de llegadas, donde nos aguardaba Rafa, en medio de un tráfago sudamericano inolvidable, con el telón de fondo de un aguacero tropical que acababa de reventar. Saludos, y rápidamente nos acomodamos en la furgoneta. Nuestro destino inmediato es el hotel, donde reposaremos antes de salir a cenar y finalmente, dormir… Se nos deja claro que no nos alejemos más de lo debido del hotel, como ya he dicho Ecuador es bastante seguro pero no faltan los merodeadores, a menudo bajo la influencia de las drogas, con lo que no es conveniente encontrarse. No nos costó mucho hacer caso a estas recomendaciones, ni conciliar el sueño esa noche.

El programa de quince días de duración incluía como grandes objetivos los célebres volcanes Cotopaxi (5897 m) y el Chimborazo (6310 m). Para ello era precisa una primera fase de aclimatación, que incluía las ascensiones del Fuya Fuya (4263 m), Rucu Pichincha (4784 m) e Illiniza Norte (5126 m). Nuestra primera jornada en Ecuador iba a ser tranquila, de todos modos, dedicada al turismo en Quito. Esta ciudad posee el centro histórico colonial más rico de América Latina, Patrimonio de la Humanidad desde 1978. Su historia se remonta a bastante antes de su fundación oficial por Sebastián de Benalcázar en 1534. Los pueblos Cara y Shiri establecieron en ella su capital antes de la conquista Inca. En los últimos años del Tahuantinsuyu Quito, ciudad natal de Atahualpa. llegó a disputar la capitalidad a Cuzco. Tras la captura de Atahualpa por los españoles y su derrota en la batalla del Chimborazo, el general Rumiñahui ordenó reducir a pavesas la ciudad y trasladar el Tesoro a lugar seguro. Pese a las torturas que le infligieron los conquistadores, el héroe inca no reveló su ubicación, y así permanece hasta hoy.
Tras el desayuno Rafa pasó a recogernos y comenzar nuestro tour por la ciudad. Iglesias, muchas iglesias… El núcleo de la zona monumental es sin duda la Plaza de la Independencia, que alberga la Catedral, el Palacio de Gobierno, la Alcaldía y el Palacio Episcopal, cuyo estupendo patio interior ha sido reconvertido en un área de esparcimiento con cafés y restaurantes.





En las inmediaciones de la Plaza se encuentran la Iglesia de San Agustín, así como la impresionante Iglesia de los Jesuitas, opera magna del barroco colonial, con influencias hispanas, italianas, flamencas e indígenas. Construida en piedra volcánica, la fachada luce macizas columnas salomónicas, mientras que el apabullante interior (donde no se permiten fotos) es barroco en su máxima expresión, con las naves recubiertas de pan de oro, yesos dorados, estucos y tallas de madera. Este estilo puede no ser del gusto de todos, pero yo reconozco que quedé impactado.



Fue un día intenso de turismo a 3000 m de altura, descubriendo una hermosa ciudad. Por la tarde fuimos a la Mitad del Mundo, una especie de parque temático low cost acerca de la línea ecuatorial. En una pequeña parcela a la orilla de la carretera se abigarraban la tienda de recuerdos, la cafetería, un establo con dos alpacas víctimas del tedio, réplicas cutres de totems precolombinos y moais, una suerte de «museo etnográfico», unos jardincillos y una acequia cuyas aguas discurrían en teoría exactamente sobre la línea del ecuador. Enternecedor cuando la becaria nos intentaba convencer cómo el amigo Coriolis hacía girar el agua en sentido opuesto según a qué lado de la línea. Lástima que el agua hiciera lo que le daba la gana, y la línea ecuatorial también, ya que ni siquiera pasa realmente por allí. En resumen, todo mi respeto hacia las alpaquitas en exposición para el deleite de turistas poco avisados como nosotros.

Trekking de la Laguna Cuicocha


El 17 de Enero íbamos a estrenarnos en el aspecto deportivo, con un «paseo» alrededor de la Laguna Cuicocha (en quechua, cuicocha significa «laguna de los cuys», un roedor andino del tamaño de una marmota que ensartado y a la brasa, es un manjar muy apreciado en Ecuador). Desde Quito cogimos la carretera hacia el Norte, pasamos por Otavalo y accedimos al Centro de Visitantes del Parque Natural Cotacachi, al pie del volcán que le da nombre, así como a la ciudad homónima a sus pies. La Laguna Cuicocha es una caldera volcánica, producto de una erupción hace 3100 años, que se rellenó con agua, salvo por cuatro promontorios lávicos que formaron dos islas. La vegetación es exhuberante, el oso de anteojos medra por aquí, y, como muestro en la foto, el paraje es feo, feo.

El paseo da la vuelta a la laguna y se puede realizar en ambos sentidos. Nosotros lo hicimos en sentido antihorario, al inicio es más empinado pero pronto se alcanza la cota más alta a 3512 m y a partir de ahí el camino tiende a descender, intercalando varios breves tramos de subida. Está perfectamente acondicionado, incluyendo varios miradores provistos de techumbre para resguardarse de la lluvia. Son aproximadamente 11 km y 700 m de desnivel en ascenso. El día, brumoso, contribuía a resaltar aún más la particularidad de la flora de altura, los variados tonos de verde y la paleta de colores de las orquídeas.







La vuelta incluía un tramo final más monótono, por pista, que nos ahorramos viajando en la caja de una camioneta que tuvo la gentileza de acercarnos al aparcamiento (o parqueadero que dicen allí). Bajamos a la ciudad de Otavalo, donde nos alojamos en un hotel muy agradable a las afueras, con aspecto de quinta colonial, y pudimos visitar su célebre mercado de artesanías. Víctima de su fama, se ha convertido en cierto modo en una trampa para turistas, pero se puede encontrar excelentes productos textiles típicamente andinos. La ciudad de Cotacachi, por otro lado, es la capital de la artesanía del cuero en Ecuador.
Ascensión al Fuya Fuya (4263 m)


Al día siguiente nos esperaba la primera escalada propiamente dicha de nuestro viaje, el Fuya Fuya, una modesta montaña de apenas 4300 m de altura. En los Alpes estaríamos ante una mole glaciar, sobre la Avenida de los Volcanes de Ecuador, y a sólo un cuarto de grado al norte de la línea equinoccial, la dimensión cambia completamente. El punto de partida se sitúa en el impresionante paraje de la Laguna de Mojanda, adonde llegamos gracias a una carretera adoquinada en regular estado que parte de la Panamericana pocos kilómetros al sur de Otavalo. Atravesamos cultivos y bosques hasta llegar a la laguna, un inmenso cráter producto de la monumental explosión de dos volcanes hace unos 200.000 años, poco antes del colapso parcial del propio volcán Fuya Fuya. Es un paraje protegido y extremadamente sugerente, sobre todo cuando las nubes se agarran a las laderas de la corona de montañas que la rodean. Como sucedió el día de nuestra visita…

El camino, bastante bien marcado, arranca a la derecha del aparcamiento y trepa con pendiente violenta desde el principio. Estamos a 3800 m, hemos superado la línea de bosques y nos encontramos en pleno páramo .

Escalamos una pendiente de hierbas altas. El páramo es un ecosistema muy sugerente, propio de los Andes húmedos de Colombia y Ecuador. Las bromeliáceas, como la achupalla, motean las laderas herbosas impregnadas por la niebla.


Como íbamos diciendo, la pendiente es dura. Apenas 500 m de desnivel salvados en menos de dos kilómetros, ya que aunque del aparcamiento a la cumbre hay 2,1 km, la parte final acaba cresteando.





El tramo desde el collado a cumbre exige algún paso de escalada elemental, en el que Rafa nos observa atentamente. Hoy es el día en el que el guía empieza a evaluar la condición física y técnica de sus clientes. pero finalmente arriba que llegamos los cuatro, sin lamentar incidentes y con la primera cumbre ya conseguida. Para mí sigifica algo especial, se trata de mi primera montaña andina.

El descenso es fácil y rapidísimo. La Laguna Mojanda atrae siempre la atención. Es sumamente hermosa.

Y regresando al coche, empacar nuestras mochilas y volver hacia el sur, hacia Quito. Mañana nos toca visitar la montaña custodia de la capital, el Pichincha.

Ascensión al Rucu Pichincha (4698 m)
Los Pichincha son la Trinidad de dioses de la montaña de la ciudad de Quito. El Guagua (4794 m) es un volcán aún activo cuya última erupción hace veinte años cubrió Quito de cenizas; el Padre Encantado (4685 m) es el más bajo y menos visitado; el Rucu (4698 m) es en cambio sumamente popular como excursión de medio día para los quiteños y como aclimatación para retos mayores.

El inicio de la excursión se sitúa en la estación superior del teleférico Pichincha, que nos deja a casi 4000 m y con un desnivel restante de sólo 700 m hasta la cima. Sin embargo hay que remarcar algo importante. Los barrios cercanos a la base del teleférico no son muy recomendables, pero sobre todo hay que evitar aventurarse por la carretera que conduce a la estación superior, por Rucu. Aquí hay peligro real de sufrir un asalto, así que no merece la pena jugársela por querer ahorrarse el precio del billete.

Al igual que el día anterior, la niebla nos impide ver la cumbre a la que nos dirigimos. El camino se encuentra muy bien marcado, la anchura es casi de trinchera…



El primer tramo discurre por terreno muy abierto, buscando frontalmente la montaña. Se van superando suaves lomas, y por breves momentos la niebla nos permite intuir hacia dónde nos dirigimos.


El Rucu Pichincha se nos aparece desde aquí como un espolón inexpugnable. Hay que darle la vuelta para atacarlo por detrás. Para ello el camino inicia un rodeo por la derecha, al tiempo que se estrecha y vuelve extremadamente resbaladizo. Nos vamos pegando a las paredes de oscura roca volcánica.


Todo este tramo ofrece una enorme diversidad botánica. Como ya mencioné, estos ecosistemas húmedos de la montaña ecuatorial albergan numerosos endemismos.







En un cierto punto el camino comienza a girar a izquierdas y nos conduce a un collado al pie de un caos rocoso. Estamos detrás de la montaña y nos aguarda el útimo tramo.

El camino remonta a través del terreno rocalloso, con pendiente sostenida, dirigiéndose hacia un pico negro de paredes verticales. Al llegar debajo de él, gira hacia la izquierda introduciéndose por un canal entre el mencionado pico y la cumbre hacia la que nos dirigimos. Aquí el ambiente es más austero y se precisa usar las manos. Finalmente salimos a la cresta y remontamos una última pendiente a la izquierda que nos deja en la cumbre.





La niebla cerrada nos quita todas las vistas, pero encontramos un montañero que nos hace la foto de cima a los cuatro juntos. Un ave, acostumbrada a la presencia humana, también nos hace compañía, esperando que le caiga algo de nuestro almuerzo.

El descenso nos lo tomamos con precaución, está todo muy resbaladizo. El tiempo no cambia, regresamos al teleférico, descendemos y vamos a buscar a Rafa. Hoy dormiremos en el Chaupí. A partir de este momento las cosas se van a ir poniendo más serias. La aclimatación va bien y el cuerpo responde. Nos esperan Illinizas, Cotopaxi y Chimborazo, pero esto es ya materia de una futura entrada.



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