Ascensión al Iliniza Norte (5126 m)
Una vez finalizada la fase «trekking» de nuestra expedición ecuatoriana nos tocaba empezar a atacar los grandes objetivos. El primero sería el Iliniza Norte, de 5126 m de altitud. En mi caso supondría mi segunda montaña de más de 5000 m, aun por debajo de los 5230 m del mexicano volcán Ixtaccihuatl, conquistado en 2005. Los Ilinizas, en plural porque son dos, Norte y Sur, forman el núcleo de la Reserva Ecológica homónima, a corta distancia al sur de Quito. Mientras que el Illiniza Sur, el más elevado, posee un bien desarrollado aparato glaciar que requiere una escalada técnica, el Norte es netamente rocoso, con algún paso de escalada elemental. Su perfil abrupto nos habla de un volcán extinto cuya caldera colapsó hace largo tiempo, originando dos montañas independientes. El acceso a ambas parte desde El Chaupí, una especie de asentamiento del Far West. Calles amplias y polvorientas, en perfecto trazado ortogonal delimitando manzanas de casas bajas y establos. Casi todos aquí viven de la ganadería, sobre todo vacas de carne. Los perros vagan libres por el pueblo y de noche los ladridos de los machos en celo perturban el sueño…

Nos alojamos en la Hostería La Llovizna, lugar espartano pero perfectamente preparado para acoger a los numerosos grupos de montañeros que intentan estas dos montañas, muy populares como preparación para las ascensiones de Cotopaxi y Chimborazo. La tarde de la víspera la empleamos en aclimatar caminando por las anchas pistas que suben en dirección a los volcanes, entre haciendas ganaderas y amplias laderas herbosas. Llegados a cierto punto Rafa aparece con el coche y nos recoge de vuelta hacia El Chaupí. Cena temprano y nos retiramos a nuestras diminutas habitaciones, más bien camarotes distribuidos a lo largo del piso alto de la casa.
Al día siguiente nos toca madrugar y salir motorizados hacia nuestro punto de partida. Es aún noche cerrada y Rafa conduce lentamente por la pista, de firme irregular y que en un par de ocasiones atraviesa sendos cursos de agua. Alcanzamos el área de aparcamiento de «La Virgen» a 3900 m. Nos preparamos a la luz de las frontales. No somos los únicos.

Nuestra excursión se divide en dos partes. La primera consistirá en acceder hasta el Refugio de los Illinizas «Nuevos Horizontes», a 4700 m. Hasta aquí no hay dificultad alguna, con un camino bien marcado que primero atraviesa por un terreno de hierbas y arbustos para más tarde adentrarse por laderas de derrubios volcánicos.


Por la noche había llovido, y aunque partimos en seco el tiempo no tenía visos de estabilizarse. Nuestro objetivo presentaba un manto nevoso considerable. Las nubes cubrían las cumbres de las montañas, y en particular las nieves eternas del Cotopaxi, muy próximo.



Tras superar los primeros 800 m de desnivel, alcanzamos el Refugio Nuevos Horizontes. Muy básico, pero tiene guarda, un viejo conocido de Rafa que nos ofrece un café caliente. Descansamos y nos preparamos para afrontar la escalada final, a la que la nieve ha añadido una inesperada dificultad. Cuando salimos, el cambio de temperatura se acusa violentamente. La niebla cubre la montaña. Esto ya no es el Pichincha ni el Fuya Fuya. Comenzamos por el sendero nevado, siguiendo las pisadas que nos llevarán a contornear completamente la montaña antes del ataque final.




A veces el Sol aparece y podemos disfrutar de buenas vistas. En otras ocasiones caminamos sumergidos en la niebla con muy poca visibilidad. No sabemos bien qué nos espera, pero seguimos adelante. Finalmente llegamos al paso más complejo de la ascensión, una travesía lateral en la que Rafa nos asegura, ya que se encuentra delicada con tanta nieve . Compartimos momentos con una cordada de dos montañeras gringas con las que hemos coincidido desde el inicio de la jornada.

Supero el paso sin mucha dificultad. Para el descenso no pasaremos por aquí, sino por una vía directa que nos conducirá por debajo del refugio. Lo que nos queda ahora es una subida más pendiente pero sin dificultades reseñables, directa hacia los espolones cimeros. El tiempo está empeorando, Rafa acelera el ritmo y se le ve cada vez más preocupado. Hablamos poco, todos pensamos en lo mismo. El problema no es que nos nieve encima ni que nos vayamos a perder. Es algo bastante peor.
La cumbre ya está cercana, justo detrás de ese último escarpe. Ha pasado una hora desde que superamos el paso clave. Tenemos que llegar arriba, ¿o no? Ha sido cuestión de minutos y la situación se ha degradado dramáticamente. Ya se nos había advertido que en la zona ecuatorial las tormentas llegan con una rapidez inimaginable. Granizaba y los truenos retumbaban cada vez más próximos. ¿Nos damos la vuelta? La ferocidad de la tormenta no tenía parangón con nada que hubiera vivido antes. Estamos a más de 5000 m, en el ecuador, y la sensación de peligro es cualquier cosa menos infundada. No nos falta nada, vamos arriba muy rápido, saco la cámara de fotos de la mochila sin detenerme. Justo para disparar a Rafa metros antes de la cumbre…

Pisamos el punto más alto y en cuestión de segundos Rafa nos grita sin contemplaciones que para abajo corriendo. Tengo la clarísima impresión de que él, con décadas de experiencia en estas montañas, teme realmente por su vida. Estamos en medio de un bombardeo. Me hago la foto de cumbre más angustiosa de mi vida.

Apenas un minuto después de abandonar la cima percibo un destello a mis espaldas y un cañonazo brutal acompañado de una ráfaga de viento. Eso había caído a muy pocos metros. Los pensamientos más negros cruzaron por mi mente, pero no había tiempo para distraerse. Abajo, veloz, con pie firme. Afortunadamente el sendero era sencillo y poco expuesto. Y muy afortunadamente, tan rápida como fue en llegar lo fue en irse la tormenta. El tiempo seguía fosco y nevaba, pero los truenos sonaban cada vez más lejanos y espaciados. Suspirando de alivio, pudimos finalmente detenernos y reposar con calma. Habían pasado apenas 40 minutos desde la cumbre.


Y ahora es cuando volvemos a disfrutar, una bajada cómoda, rápida, ¡divertida!

La vegetación reaparece al tiempo que la nieve deja paso al barrizal. Es hora de admirar la montaña que hoy se ha dejado ascender, pero no sin habernos recordado quién manda en este juego.

Nuestro camino acaba enlazando con la pista que habíamos traído desde el aparcamiento. El cielo sigue oscurecido, pero las nubes más bajas se han retirado y permiten disfrutar del espectáculo de los dos Ilinizas en su versión más austera.

Sin más novedades, mojados pero contentos después de que una ascensión a priori poco problemática se nos hubiera asilvestrado de mala manera, regresamos al coche y nos hacemos la «foto de cumbre» que los elementos no nos permitieron tomar.

Ascensión al Cotopaxi (5897 m)
Las cosas, después de todo, y a pesar de que el tiempo en general no nos había acompañado, nos estaban saliendo muy bien. Nos quedaba ahora lo más difícil, y la motivación principal del viaje, los dos gigantes Cotopaxi y Chimborazo. De crío eran nombres que me hacían soñar mientras devoraba las hojas de los atlas. Allí estaban ahora, esperándonos, al filo de mis cuarenta años de edad. Se trata de las montañas más altas que uno se va encontrando en los Andes según se llega desde el Norte. El Cotopaxi, al este de la carretera Panamericana, en la cadena central. El Chimborazo, más al sur, al igual que los Ilinizas, reside en la cadena Occidental, que cae directamente sobre el Océano Pacífico. Lógicamente iríamos primero a por el más bajo de los dos, el Cotopaxi, un volcán joven cuyo cono perfecto se ha formado a partir del final de Pleistoceno, y que ha sido y sigue siendo uno de los más activos del país. Sus erupciones marcan la cotidianidad de las comunidades que viven a sus pies, y que se benefician de los fértiles suelos de ceniza volcánica. Y por supuesto, sus frecuentes picos de actividad suponen cierres periódicos para la actividad alpinística. No era nuestro caso, esta vez. Es ésta la montaña alta más popular del Ecuador, gracias a su relativa sencillez técnica, su cercanía a la capital y su magnética belleza. Curiosamente, parece que la tasa de éxito entre quienes intentan su cumbre sea inferior a la del más exigente Chimborazo, debido al elevado número de montañeros poco preparados que sucumben a sus encantos y deben darse la vuelta víctimas del mal de altura y el agotamiento. Los alrededores del Cotopaxi son Parque Nacional, y sus páramos de altura, ricos en fauna y flora, tienen muchísimo que ofrecer sin necesidad de aventurarse en busca de la cumbre.
Siguiendo un programa en el que se intercalaba un día de descanso total antes de acometer en dos jornadas la ascensión de los volcanes, nos dirigimos a hacer noche a la ciudad de Latacunga, sobre la carretera Panamericana. Abigarrada y ruidosa, es una base conveniente para aprovisionarse con abundancia de comedores y restaurantes de todo tipo. Por aquí tuvo lugar en 1534 la batalla clave que abrió las puertas de Quito a las huestes de Sebastián de Benalcázar (y curiosamente, medio siglo antes, hubo otra batalla en que los incas asumían el papel de conquistadores y el pueblo quitu el de conquistado…). El héroe inca Rumiñahui, comandante en jefe de los ejércitos quiteños y medio hermano del Inca Atahualpa, tenía la victoria en la mano cuando la súbita explosión del volcán Tungurahua fue interpretada como una nefasta advertencia de los dioses, desperdigando a su ejército. Desesperado, se retiró hacia su ciudad natal y le dio fuego tras poner a buen recaudo el tesoro imperial. Tras una breve guerra de guerrillas acabó cayendo en manos de los ocupantes de Quito y ejecutado en la hoguera. En su recuerdo, pocos kilómetros al noroeste del Cotopaxi, un viejo volcán de 4700 m lleva su nombre.
En definitiva, tras una noche de sueño reparador en un hotel perfectamente limpio y digno pero cuyos neones chillones le conferían un aspecto un tanto equívoco, disfrutamos de un apacible día de turismo en el cráter que alberga la Laguna Quilotoa, uno de los principales atractivos turísticos de Ecuador. Las llamas pastaban junto a la orilla y el lugar tenía un encanto particular. Lástima que el tiempo nublado nos impidiera disfrutar del juego de azules de este espléndido espejo de agua.

El día siguiente tocaba aproximación hacia el Refugio Juan Rivas, la base para subir al Cotopaxi. Remontamos la Panamericana dirección Quito hasta el cruce a la izquierda, bien señalizado, que nos conduciría al cabo de pocos kilómetros a la entrada del Parque. Como novedad, además de Rafa, nos acompañaba Gustavo como segundo guía; Manu solía ir más lento que Aitzol y yo y de este modo se garantizaba que pudiéramos subir todos a nuestro ritmo ideal. Atravesamos el control de entrada, donde se abona el billete que da derecho a moverse por todo el Parque sin límite de tiempo. La buena pista se adentraba primero en páramo de altura y después en un terreno más desolado y rocoso. Paramos brevemente en el centro de interpretación del Parque antes de proseguir hasta el área de aparcamiento. Desde aquí el refugio no queda a más de una hora de camino. El tiempo sigue estando muy cargado, oscuro, apenas podemos intuir la montaña encima de nosotros.

Nos resignamos a una nueva ascensión en medio de la niebla y sólo pedimos que mañana el dios Zeus dirija sus rayos en otra dirección. Por de pronto, hoynos espera una subida breve y cómoda hacia el refugio, confortable y muy bien atendido. Estándares europeos, pero bastante más barato.

El ritual del refugio suele ser el mismo en todas partes. Cena a una hora temprana, seguida de una sobremesa más o menos larga y progresiva desaparición del personal hacia los los dormitorios. En nuestro caso, Gustavo y Manu saldrán una hora antes, mientras que Rafa, Aitzol y yo lo haremos más tarde que la mayoría de cordadas, hacia las dos de la mañana. El objetivo es no llegar a la cima a oscuras, además el descenso es bastante rápido y se puede escapar del glaciar antes de que el el sol ecuatorial deteriore en exceso las condiciones de la nieve.
Mi recuerdo es el de una subida dura, como no podía ser menos, pero llevadera. Además el tiempo parecía ir mejorando y el viento era suave. El primer tramo, por sendero cubierto por una fina capa de nieve, lo hice con el piloto automático conectado. Apenas levantado, a unas horas inhumanas, habiendo dormido poco… esos primeros minutos en la oscuridad, con la vista fija en el haz de la frontal, en silencio, caminando como un autómata, me resultaban tan familiares… Poco a poco el tiempo se acelera. Se llega al glaciar propiamente dicho y nos encordamos, pero la huella es buena y escala decidida por la ladera, muy empinada. Más arriba, la traza se vuelve más tendida, comienza a zigzaguar entre grandes montículos de nieve y vamos encontrando las primeras grandes grietas. Ya hemos alcanzado y superado a Gustavo y a Manu. A estas alturas estamos aproximándonos al Gran Serac, impresionante cascada que podremos admirar a la bajada. Dejándolo a un lado vamos enfilando el cono terminal del volcán. La huella hace eses en busca del punto más alto que intuimos muy cercano, y la fatiga se va notando. Y los primeros resplandores del alba me sorprenden en este punto, minutos antes de las seis de la mañana. ¡Qué impresionante es aquí la velocidad de los amaneceres y atardeceres, qué distinto de los largos crepúsculos y las luces ricamente matizadas de nuestras latitudes! Breves instantes para capturar la magia del momento, pero estábamos ya cerquísima del final. Son las seis y diez y la traza no sube más. Por encima de nosotros ya sólo tenemos el cielo. Casi 6000 m, nunca antes había estado tan alto. El Sol surgía por encima del mar de nubes, regalándonos un panorama soberbio. Todo era perfecto en ese momento.


Cotopaxi significa, en lenguas indígenas, «Dulce cuello de Sol» o «Garganta de fuego». Verdaderamente hacía honor a su nombre. A nuestros pies se abría el inmenso cráter, de casi 1 km de diámetro. Se percibía un ligerísimo olor a azufre, recordándonos que el volcán seguía bien vivo bajo nuestros pies.

En la cumbre nos intercambiamos fotos con unos simpáticos gringos, uno de los cuales se inmortalizó junto a nosotros.

De la nubes surgían como islas los otros gigantes ecuatorianos, Chimborazo y Cayambe.


Pese a que Gustavo y Manu aún no han llegado, Rafa insiste en que vayamos tirando para abajo, para poder ir con calma, sacando fotos, antes de que el Sol recaliente en exceso el glaciar. Hemos permanecido no más de media hora en la cumbre. Unos diez minutos más tarde encontramos a nuestros compañeros, que coronarán en breve sin mayores problemas. Manu va lento pero tiene buena cara, asciende pausadamente y con pie seguro como el buen montañero que es. Al cabo de una hora nos detenemos para tomar fotos de cerca al Gran Serac y a los Ilinizas. El cielo se ha despejado y el día promete espléndido.


Un poco más abajo llegamos a una zona donde la nieve crea formas caprichosas, y desde donde el Cotopaxi nos regala sus mejores vistas.



Desde aquí el descenso es fácil y cómodo, nos hemos desencordado y ya avistamos el refugio.

Finalmente de vuelta en el refugio. Regresan Gustavo y Manu y nos abrazamos. Es el momento de celebrar este día y fotografiar una vez más el objetivo conseguido.

Y saliendo para regresar al coche, encontramos un zorro de los Andes que merodea por el exterior del refugio. Sabe seguramente que aquí es fácil obtener comida.

Así que aquí estamos, de nuevo en ruta. Esta vez, antes de afrontar el gigante Chimborazo nos concederemos una jornada de descanso en Baños, la puerta de la Amazonia ecuatoriana.
Tentativa al Chimborazo
A 2300 m sobre el nivel del mar, y al pie del volcán Tungurahua, cubierto de selvas, Baños se ubica en un entorno magnífico, con un clima cálido pero no sofocante. La altitud es suficiente para mantener lejanos a los mosquitos de la malaria y la fiebre amarilla. En una entrada posterior volveré a hablar con más detalle de este lugar estupendo, meta turística de locales y extranjeros. Baste decir que nos divertimos mucho, paseamos por la ciudad y conocimos los baños termales que le dan nombre, visitamos la impresionante cascada del Pailón del Diablo y sobrevolamos el cañón del río Pastaza en una precaria cabina suspendida de un cable. Ninguno nos atrevimos a ir más allá y lanzarnos en tirolina, la inconsciencia la dejábamos para la alta montaña… Disfrutamos de un relajante día de turismo en la víspera de nuestra partida hacia el Chimborazo.





Y tras el encuentro con el zorro de los Andes el día anterior, esta jornada en la vecindad del Amazonas nos permitió avistar una fauna diversa.

El día siguiente nos levantamos sin demasiadas prisas, con las mochilas ya preparadas la noche anterior. Regresaríamos a la sierra central para ir directamente a dormir al refugio Whymper. De 2300 a 5000 m en un sólo día, aunque sólo los 200 últimos los deberíamos hacer caminando. El día se despertaba lluvioso, temíamos que volviera la tónica de mal tiempo.

Una vez llegados a la ciudad de Ambato, en la Avenida de los Volcanes, cogemos la carretera asfaltada que atraviesa la Cordillera Occidental, adentrándonos al cabo de poco tiempo en la Reserva del Chimborazo. Nos envuelve la niebla y según vamos subiendo los campos de cultivo y los bosques dejan paso al páramo. A casi 4400 m de altura, y muy cerca del límite de las provincias de Tungurahua y Bolívar, nos desviamos a nuestra izquierda por una buena carretera sin asfaltar que nos lleva al puesto de control del parque, y de ahí, al cabo de unos pocos kilómetros hasta el Refugio Carrel (4800 m), el refugio «bajo» del Chimborazo. En el trayecto avistamos numerosas vicuñas semicamufladas por la niebla.
El coche se queda en el aparcamiento y nosotros afrontamos el breve trayecto a pie hasta el refugio Whymper. No nos llevará más de una hora. El ambiente es severo y caminamos a paso lento por un sendero pedregoso en cuyas inmediaciones vamos encontrando memoriales dedicados a alpinistas muertos en esta montaña. Alcanzamos el refugio, cómodo pero mucho más espartano que el del Cotopaxi.

También en las inmediaciones de este refugio tuvimos un encuentro faunístico. Vicuñas, el animal símbolo del parque.

El ambiente en el interior del refugio no era festivo como en el Rivas. Eramos menos, y menos ruidosos. Disponíamos de bastante espacio en las habitaciones semivacías. Esa noche no dormí bien, la altura se hacía notar, ocasionalmente el corazón se me disparaba y sentía que me faltaba el aire. Mis compañeros experimentaron síntomas similares. Manu se había traído el mono de alta montaña que había utilizado en el Denali, así que seguramente no pasaría ningún frío. Nos entretuvimos con el relato de sus aventuras por Alaska y de las congelaciones que padeció. Sabíamos que lo que nos esperaba dentro de pocas horas estaba un escalón por encima de lo que habíamos hecho hasta ese momento.

El Chimborazo es la primera montaña de 6000 m de los Andes llegando desde el Norte, y como es bien sabido, su cumbre es el punto más elevado del planeta medido desde su centro. La vía normal discurre por su arista occidental, directa hasta la primera cumbre, Veintimilla, separada por un alto plateau de la Cima Máxima o Whymper. Son 1300 m de desnivel desde el refugio, palabras mayores. Nosotros repetimos la estrategia del Cotopaxi. Manu salió con Gustavo hacia las diez de la noche, mientras que Rafa, Aitzol y yo salimos poco antes de medianoche. La primera parte de la subida consiste en ganar la cresta, a unos 5500 m, por un camino que en su tramo final está muy expuesto a la caída de piedras. Había más nieve de lo habitual en este tramo y acabamos medio perdidos y saliendo a la cresta más arriba de lo esperado, lo que nos costó un esfuerzo extra al tener que superar en escalada en corto muro helado. Rápidamente alcanzamos a nuestros dos compañeros. Estábamos al pie de una pendiente recta y empinada que no nos daba un momento de tregua. Muy arriba se intuía la cándida cúpula del volcán perfilada contra la negrura de una noche sin luna. Progresábamos fatigosamente, castigados por un viento gélido e incesante. Manu dice basta, es demasiado esfuerzo y hoy no es el día. Se da la vuelta con Gustavo. Nosotros tres continuamos, pero Aitzol lleva tiempo quejándose del frío en los pies, lleva botas finas y siente que los dedos se le congelan. Rafa le ordena descalzarse y durante largos minutos le masajea los pies hasta que empieza a recuperar algo de sensibilidad. Yo me siento cansado y tengo mucho frío. Proseguimos todavía un poco más, constantemente hacemos microparadas de pocos segundos para recuperar aliento, hasta que claudicamos. La cima está lejanísima, estamos a medio camino, y ni nos divertimos ni estamos en condiciones.
Una luminosidad lechosa difuminada por la niebla nos anuncia el amanecer ya en las inmediaciones del refugio. Llueve. En el interior del Whymper desayunamos y entramos en calor. Hoy no era el día para hacer cima. Yo no lo sabía entonces, pero ese momento llegaría apenas cuatro años más tarde. Y tampoco que la sensación que la montaña iba a dejarme sería tan agridulce como la de esta jornada.

Así que ya todos juntos nuevamente, yon toda la calma del mundo deshacemos nuestros pasos y volvemos a los coches. Nos ponemos ropa seca antes de emprender viaje a la cercana ciudad de Riobamba.

El programa preveía un día de reserva para el Chimborazo. En teoría habríamos podido permanecer en el refugio y repetir intento al día siguiente. Pero ninguno teníamos el ánimo para ello. Nos sentíamos frustrados por no haber hecho cumbre, como es normal, y sobre todo tratándose de una montaña tan lejana, pero se nos pasó pronto. El viaje había merecido la pena, sin lugar a dudas. Una primera experiencia andina que me dejaba con ganas de más. Riobamba y Quito fueron ocasión para la celebración de nuestros logros, incluyendo una breve inmersión en la vida nocturna de la capital. Tras el último desayuno quiteño Rafa nos llevó de vuelta al aeropuerto y allí nos despedimos. No se trataría de un adiós sino de un «hasta pronto».



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