He aquí el relato de una salida con una significado muy particular para mí. Por un lado, esta excursión representó la vuelta a una cierta libertad después de que en España se levantara el estado de alarma y después del horrendo arresto domiciliario que padecimos con motivo de la epidemia del Covid-19. Por otra parte, para mí suponía el regreso a los tresmiles pirenaicos quince años después. Desde que dejé España en 2005 no había regresado al AltoPirineo, en cierto modo mi casa, donde se encuentran mis orígenes alpinistas. Aunque ya habían transcurrido más de quince meses desde mi vuelta, había conseguido arruinarme toda la temporada montañera de 2019 debido a una fractura de brazo que me tuvo más o menos inhabilitado durante meses. Tres días después de recibir el alta oficial que certificaba mi recuperación, la pandemia reventaba en Italia y en menos de un mes estábamos encerrados.
Me encontraba superilusionado y al mismo tiempo con la incertidumbre de cómo reaccionaría mi cuerpo después de meses de parón físico, y más de un año de actividad montañera relevante. La vía normal del Cilindro de Marboré es dura, con una aproximación tan hermosa como larga, y un desnivel positivo acumulado de dosmil metros. Un aliciente adicional es que la salida la haría con mis compañeros del Club Alpino Barcelona, a quienes apenas había tenido tiempo de conocer con anterioridad. Y así, el 4 de Julio por la mañana temprano partimos en los coches desde Barcelona en dirección a Torla.
Primer día. Pradera de Ordesa-Refugio de Góriz
La vía normal del Cilindro parte del aparcamiento de la Pradera de Ordesa, uno de los enclaves turísticos más populares del Pirineo. En verano suele haber un servicio de buses lanzadera que suben a los visitantes desde Torla, donde hay un megaaparcamiento, hasta la Pradera, siete kilómetros más arriba, a 1300 m de altura. Sin embargo, debido a la crisis sanitaria el servicio había sido suspendido, y el acceso al aparcamiento de la Pradera era libre. El tiempo espléndido y el anhelo de aire libre que teníamos todos después del encierro nos hacía presagiar lo que nos esperaba al llegar a Torla, y de hecho contábamos con ello. Llegamos pasado el mediodía y el acceso a la Pradera estaba cortado, ya que el aparcamiento de arriba se encontraba completo. En la oficina de información del parque nos comentan que en torno a las dos probablemente abrirían el acceso, ya que muchos turistas bajarían para comer. Nosotros no nos estresamos, esperamos a que lleguen nuestros compañeros y aprovechamos para almorzar.

Según lo previsto, a las dos y media abren la carretera y podemos acceder en coche al aparcamiento de la Pradera. Hay que hacer los últimos ajustes en la mochila y no olvidarse nada. El peso a acarrear es considerable. No dormiremos en el refugio, con aforo limitado debido a la pandemia, así que se necesita un buen saco, la funda de vivac y un plumas para dormir al raso. A lo que cabe añadir los víveres para la cena y el desayuno (yo paso de llevar hornillo, comeré de frío), el agua (porteo cuatro litros, me habría bastado con la mitad) así como el casco, el arnés y un poco de ferralla para el rápel de la chimenea del Cilindro. Un peso bastante superior al habitual para la clásica ascensión al Monte Perdido haciendo noche en el refugio, con la que comparte ruta hasta los últimos 400 m de desnivel. Una vez con el armario amarrado a la espalda, hacia las tres de la tarde echamos a andar por el concurrido y cómodo camino que se dirige a la Cola de Caballo. La ruta más popular del Parque Nacional de Ordesa sin lugar a dudas.

El camino discurre por la orilla derecha del Arazas. Nada más salir, el camino se adentra por el tupido hayedo del fondo del valle. A inicios de verano y después de una primavera abundante en precipitaciones, los árboles lucen saludables e intensamente verdes.


A unos veinte minutos de la salida dejamos a la izquierda el sendero que se dirige hacia el barranco de Cotatuero y sus famosas clavijas. Esta es la vía más veloz para acceder a los altos picos y a la frontera francesa por la Brecha de Rolando. Nosotros proseguimos por esta ancha vía que rodea el Tobacor por el fondo del valle hasta atacar la muralla por las clavijas de Soaso. Poco después el camino empieza a subir de forma decidida y hay que cuidar el ritmo. Pasamos junto a una fuente y poco a poco vamos volviendo hacia el río, que baja impetuoso. Su cauce va formando una serie de cascadas y pozas de gran belleza, las Gradas de Soaso.


El bosque se enralece y las hayas dejan paso a los pinos según remontamos el valle, ganando altura. Las aguas bajan estrepitosas y ráfagas de aire refrescante hacen más llevadera la caminata. Pasamos otro par de fuentes y me arrepiento de estar porteado mucha más agua de lo necesario. Reconozco que me pasa con bastante frecuencia, y es que algunas malas experiencias de joven dejan huella… Se suceden zigzags y algunas bajadas que interrumpen una subida irregular. Son nueve kilómetros de aproximación, y cuando el valle se abre decidido entre amplios prados de altura sabemos que la Cola de Caballo está cercana.

Ya divisamos dos de las Tres Sorores, los picos más altos del macizo: el Monte Perdido (3355 m) y el Soum de Ramond o Pico Añisclo (3254 m). La tercera hermana, invisible desde nuestra posición, es precisamente el Cilindro. Cuando finalmente alcanzamos la Cola de Caballo sabemos que lo mejor está por empezar. La cascada es bella, sin duda, en un entorno singular.

Nunca había estado aquí antes, y eso que se como ya comenté se trata de la ruta montañera más popular del parque, que da acceso al Refugio de Góriz, que a su vez, y junto con el de la Renclusa en el Aneto, el más concurrido de España. Cuando subí al monte Perdido, Marboré o Taillón accedí siempre desde la vertiente francesa, que hasta hace pocos años gozaba de un acceso más rápido que la aragonesa para los montañeros vascos.
Desde este punto hay que alcanzar la cornisa superior del circo de Soaso, para lo cual se puede optar por el camino de los Machos, que retrocede ligeramente para atacar la pared en una serie de lazadas, o por la vía directa de las clavijas. Ambas vías se encuentran a escasa distancia tras la salida de las clavijas, que fue la aternativa por la que optamos nosotros. Tras cruzar la palanca sobre el río un empinado sendero con algo de piedra suelta sube decidido a la derecha de la cascada.

Las Clavijas de Soaso consisten en una serie de travesías horizontales y verticales equipadas con pernos y cadenas. La roca está pulida de de los miles de botas que han pasado por aquí, por demás al paso más técnico no le daría un grado por encima de II. Se pasa fácil y rápido, en mi opinión es mucho más cómodo usar los pernos para apoyo y tracción que las cadenas. No es necesario asegurarse, pero la exposición es considerable y uno puede hacerse mucho daño si se cae aquí, ha habido accidentes fatales. Por ello, paso lento y seguro, sobre todo cuando una mochila pesada resta fuerza y agilidad.


Una vez superado el tramo equipado, continuamos unos metros por el sendero para esperar con calma a los compañeros. Desde aquí se disfruta de una soberbia vista del circo de Soaso y el valle del Arazas.

Desde aquí el camino nos conduce sin pérdida posible al Refugio de Góriz, a 2200 m de altura, después de 4 horas y 20 minutos de caminata desde el aparcamiento. Yo me había alojado aquí en 2001, llegando desde la Brecha de Rolando a través del Marboré y en la víspera de la escalada del Perdido. Sin embargo, ha sido recientemente remodelado y ahora se asemeja casi a un hotel de montaña, con duchas en el interior y según parece, habitaciones muy confortables. Digo según parece porque no llegué a pasar del bar, como mencioné habían reducido el aforo y muchos montañeros habíamos decidido dormir al raso en sus inmediaciones. A la derecha del refugio la ladera herbosa forma unas terracitas donde se han acondicionado algunos vivacs. Edu y yo encontramos uno muy cómodo.


Estos son los días más largos del año y después de la cena la velada se prolonga disfrutando de una puesta de sol majestuosa. Era uno de esos días perfectos en la montaña. Para enmarcar. Ni frío ni calor, cielo raso, ni rastro de tormentas vespertinas. Y aunque éramos bastantes alrededor del refugio, como era de esperar, no había sensación de masificación.

La noche, tranquila y durmiendo poco. Era difícil dejar de admirar el firmamento límpido de la alta montaña y la luna llena surgiendo detrás de la Punta Custodia.

Segundo día. Refugio de Góriz-Cilindro de Marboré-Pradera de Ordesa

Nos levantamos al alba, desayunamos y dejamos toda la impedimenta de vivac en las taquillas del refugio. Se agradecía quitarse de encima buena parte del peso acarreado la víspera. A las seis partimos, tomando la inconfundible ruta que escala decidida hacia el Perdido. El primer tramo del camino atraviesa laderas herbosas antes de adentrarse en el entorno puramente mineral de las alturas del Parque.

La nieve empieza a aparecer sobre de los 2400 m. Ahora caminamos a la sombra del Perdido, a menudo pegados a su ladera occidental. Hay breves pasos de escalada equipados con cuerdas.


Hemos dejado a nuestra derecha el poco marcado sendero que sube al Perdido por la ruta de las Escaleras. Después, según nos vamos aproximando al Collado del Cilindro y el Lago Helado, comenzamos a pisar nieve en serio. No está dura y los crampones pueden quedarse en la mochila de momento.


Vamos a un ritmo excelente, y en prácticamente hora y media alcanzamos el Lago Helado, a 2900 m. Aquí nos separamos de la concurrida ruta al Monte Perdido, que parte hacia a derecha.

Las condiciones de la montaña son excelentes, y la rampa que nos conduce hasta la horcada entre el Cilindro y su Piton SW se encuentra cubierta por una sólida capa de nieve. A final de verano la penosa pedrera queda al descubierto.

En la zona de rocas antes de la rampa nos tomamos un buen descanso para esperar al resto del grupo. Nos ponemos los crampones. A esta hora la nieve está en buen estado pero la pendiente es empinada, el piolet aporta seguridad adicional. Haciendo zigzags se alcanza el cómodo rellano superior. Aquí tenemos frente a nosotros el paso clave de la excursión. Una chimenea de II+/III-, con un arranque muy vertical, que permite acceder a la mole somital del Cilindro.


Alberto, el escalador más experto de nuestro grupo, subirá primero para asegurarnos desde la reunión que está instalada a la salida de la chimenea, y que en la bajada usaremos para rapelar. Una vez dentro, encuentro la vía menos difícil de lo que aparecía, con buenos agarres y apoyos.


Somos un grupo numeroso y como es lógico nos demoramos un poco con las maniobras. Una vez fuera de la chimenea aún queda un poco de camino. Una pequeña arista que requiere un poco de atención en ciertos pasos nos lleva a un punto que podría parecer la cima, pero no lo es. Desde aquí hay que proseguir, salvar una escarpadura con piedra suelta (I) que en descenso tiene su truquillo (hubo quien la bajó asegurado), y finalmente, tras una suave y ancha cresta, la cumbre, espaciosa y con unas panorámicas brutales. El Monte Perdido, muy cercano, domina la vista hacia el sureste con su perfil más hermoso, y el más bajo y discreto Marboré cercanísimo continuando sobre la cresta fronteriza. Más lejos distinguimos el Neouvièlle, el Vignemale o los Picos del Infierno.




Una vez hemos llegado todos, la foto de cumbre…

Poco a poco empezamos a bajar, hay que descender la chimenea en rápel y llevará algo de tiempo hasta que pasemos los dieciséis. Poco antes de la chimenea nos cruzamos con dos chicas que venían subiendo, las primeras personas ajenas a nuestro grupo que encontramos en esta soberbia montaña, infinitamente menos concurrida que el Monte Perdido. Yo regreso a la horcadita de los primeros y aprovecho para subir hasta el Pitón SW del Cilindro, situado a menos de cinco minutos. No se entiende muy bien, pero este promontorio está incluido en la lista de tresmiles secundarios del Pirineo. Nos da una bonita panorámica, eso sí, de la chimenea y de los últimos compañeros que van bajando.

Una vez todos hemos rapelado la chimenea, toca lanzarse abajo por la pendiente de nieve, que después de haber estado expuesta al Sol durante horas, se encuentra reblandecida. Bajo de los primeros y una vez llegado al Lago Helado, veo que algunos tienen sus problemillas en este descenso.

A partir de aquí ya el camino no presenta dificultades y continuamos hacia el refugio en pequeños grupos. Durante la parada para quitar crampones alguien nos alcanza y comenta que una de nuestras compañeras se ha caído en la rampa de nieve y se ha clavado un crampón en la pierna, pero que la había atendido un médico de nuestro grupo y la situación no era grave. Efectivamente la vemos llegar al refugio caminando sin muchos problemas. La herida había sido profunda, pero el sólido vendaje había detenido eficazmente la hemorragia. Más tarde la precaución le haría evitar el paso de las clavijas para bajar dando un rodeo por el sendero.
La última parte de la excursión fue la más fatigosa. Después de tomar algo en el refugio había que recuperar el material de vivac y rehacer la mochila, que ahora pesaba más que nunca. Las clavijas, bajando despacito y con precaución, no supusieron un obstáculo más allá del denso tráfico que encontramos y que obligaba a redoblar precauciones para no soltar piedra. Superado el último obstáculo técnico, breve parada en la Cola de Caballo, y directos a cubrir las dos últimas horas de camino a paso ligero. Había gente bañándose en el río. Hacía más calor que la víspera, y agradecí más que nunca cuando por fin entré en el hayedo. Cuando finalmente llegamos al aparcamiento, al filo de las siete, y pudimos deshacernos del peso a nuestras espaldas, podíamos dar por concluidos dos días de goce puro en la montaña. La guinda del pastel fue una cena entre amigos en una terraza de un restaurante cercano a Aínsa. Entraba en mi casa a las dos menos cuarto de la madrugada. Esa noche dormí poco, pero a pierna suelta…



Deja un comentario