A los pies de la pequeña población italiana de Macugnaga se alza la más impresionante pared montañosa de Europa. Para muchos, la única del continente con características netamente himaláyicas. son 2600 m de verticalidad que con cielo claro resultan visibles a distancias de cientos de kilómetros. Llega a distinguirse desde las afueras de Milán cuando se conduce por la autopista hacia el Paso del Simplón, y con las primeras luces de la mañana resplandece incendiada en tonos rosa y anaranjados. Alpinísticamente hablando, es un desafío endiablado y lleno de peligros objetivos, señaladamente la caída de avalanchas de hielo y nieve. A pesar de su dificultad, fue vencida ya en 1872 por una cordada integrada por Imseng, Oberto, Pendlebury, Taylor y Spechtenhausen, que salieron directos a la Punta Dufour, punto culminante del macizo, por una vía sumamente expuesta. En los años sucesivos se fueron abriendo nuevas vías de dificultad creciente, que implicaron a las mayores leyendas del alpinismo de finales del sXIX e inicios del XX: Mattias Zurbriggen, Guido Rey, Luigi Burgener, el mencionado Imseng, o Damiano Marinelli, quien dio su mombre al más famoso canalón de la pared, donde encontró la muerte en 1881, víctima de una avalancha. La ruta actual está aquí.
2007 había sido un gran año montañero para mí. Había caído finalmente el Mont Blanc, por la normal de Goûter, después de dos años en que los elementos se conjuraron para impedirnos el acceso por la grandiosa vertiente italiana. En septiembre había sido el turno del Castor y los Breithorn Occidental y Central, en solitario subiendo desde Cervinia. En Octubre volví mis ojos hacia un objetivo técnicamente más simple, el Joderhorn, en la cresta fronteriza italiana-suiza, que prometía unas vistas privilegiadas del Monte Rosa y de los cuatromiles del Valais suizo. Salvo los últimos 200 m, la ruta discurría por el excelente sendero que comunica Macugnaga con Saas Almagell a través del Paso de Monte Moro (2864 m), y que forma parte del Tour del Monte Rosa. Eso sí, el desnivel, 1700 m en apenas 8 km, no era ninguna broma. Pero había que aprovechar el buen estado de forma del verano…

Pues como iba diciendo. 7 de Octubre de 2007. El buen tiempo invita a salir, y a buscar un monte alto. Vamos a echar un ojo al mapa del Monte Rosa, que hay vida más allá de los cuatromiles, y esta es buena época para explorar esas montañas a las que uno nunca va en verano, que están a la sombra de los grandes. Como ya comentaba, el Joderhorn, que supera la cota de los 3000 , es el elegido. El sendero, muy claro hasta el paso de Monte Moro, presenta el problema de que sigue el trazado de los remontes de esquí de Macugnaga, y eso no me gusta, pero compruebo que la apertura estival de estos artefactos finalizó a últimos de Septiembre. Es decir, que hasta que comience la temporada de esquí se podrá disfrutar del paseo con tranquilidad. Pues allá vamos…
La llanura padana está nublada hasta la entrada al valle del Ossola. Cojo la carretera hacia Macugnaga, y a media subida el cielo se abre y luce el sol. ¡Qué gozada! Llego a Macugnaga, y aunque estamos en temporada baja, entre la de alpinismo y la de esquí, hay bastante animación. Comienzo a caminar buscando el arranque del sendero, que debería estar bien señalizado.

Durante los siglos XII y XIII se dio una importante emigración transalpina de los pueblos germanoparlantes que habitaban en el actual cantón suizo del Valais, o Wallis en alemán. Colonizaron los valles transversales del Valle de Aosta y el Piemonte, y la huella de esta cultura walser se nota claramente tanto en la arquitectura popular como en la toponimia. Y es que claramente, «joder» no es un término italiano.

Paso la estación baja de los remontes, cruzo el río, y me encuentro con una preciosa iglesia románica (la «Chiesa Vecchia») al pie de un tilo centenario.

En el cementerio situado intramuros encontramos las lápidas de los alpinistas caídos en la Pared Este del Monte Rosa. Abajo a la derecha está la de Ettore Zapparoli, novelista y músico aperturista de varias vías gran prestigio en la Pared. Falleció a los 52 años de edad mientras trataba de abrir, en solitario, la vía directa a la Punta Zumstein, la más peligrosa de todas. Repasando datos para esta entrada he descubierto que sus restos mortales no fueron encontrados hasta el 9 de septiembre de 2007, justo cuatro semanas antes de la excursión que estoy describiendo. Después de que el excursionista que dio accidentalmente con dichos restos diera aviso, y se procediera a los análisis genéticos, se pudo finalmente confirmar la identidad ya sospechada del alpinista accidentado.

Y es que no es mal lugar para el descanso eterno, al pie de estas montañas.

Y aquí comienza la subida hacia nuestro objetivo. Al Paso Monte Moro, 4h 15 min.

Son las diez de la mañana pasadas, pero no tengo prisa. El día es sencillamente espléndido. Ni una nube en el cielo, una preciosa luz otoñal, temperatura perfecta. Hay que gozar de estos momentos. Antes de entrar en el bosque, encuentro este precioso serbal, y la Nordend dominando el horizonte. Desde esta perspectiva la punta Dufour, algo retrasada respecto a la cresta fronteriza, parece más baja.

El camino empedrado empieza a subir entre alerces, con fuerte pendiente.

Vamos pasando por varios miradores sobre el pueblo hasta llegar al Alpe Brill, a 1700 m, estación intermedia del teleférico. A partir de aquí la altura se va dejando notar y el bosque se hace más rado. Llegamos a una especie de circo en cuyo fondo varios torrentes caen por las paredes rocosas. El Llegamos hasta estas paredes y torcemos a la izquierda. El bosque está precioso con los colores de otoño.


Pasamos junto a un pilón de los remontes y entramos en zona de prados alpinos, avanzando a media ladera. Frente a nosotros, la cresta que baja del Corno Rosso, y detrás, el Monte Rosa, con la punta Gnifetti, la Zumstein, la Dufour y la Nordend. Luego la cresta baja y a la derecha vuelve a elevarse hasta la cúpula nevosa del Jazzi, otro gigante con sus 3804 m.

Pronto el camino va virando a la derecha y ataca de frente la ladera que nos conduce hasta el Monte Moro y el refugio Oberto Maroli, que se ve allá arriba, al fondo.

El panorama es fastuoso. Con este espectáculo la subida se hace menos dura… Aquí se distinguen bien las cuatro cimas principales del Monte Rosa: a la izquierda, colgada del abismo, la Punta Gnifetti o Signalkuppe (4554 m), donde se distingue la Capanna Margherita, el refugio más alto de Europa; siguiendo a la derecha la cresta nevosa está la Zumsteinspitze (4563 m), estas dos cimas las había alcanzado el año anterior; desde aquí una cresta bastante más compleja conduce a la Dufourspitze (4634 m), punto culminante; una última cresta hacia la derecha hasta la cumbre de la Nordend (4609 m), la más próxima, desde la que degrada una suave arista nevosa a la derecha.

Y vamos llegando al refugio. Así por fuera tiene buena pinta…

Como era de esperar estaba cerrado. Busco el local invernal y me encuentro con el equivalente al Ritz de los refugios libres. No he visto nada parecido en toda mi vida montañera. Cuatro literas razonablemente limpias, estantería con víveres, incluyendo bebidas, luz eléctrica (funcionaba), horno microondas (también funcionaba) estufa a gas con bombona llena y encendedores, teléfono de emergencias y hasta un pequeño aparador rústico. Si al día siguiente no fuera lunes, ya me quedaba a dormir ahí.


Y en las inmediaciones, agua. El Lago Smeraldo.

Y desde aquí, por fin, diviso mi objetivo. Este es el Joderhorn. Parece muy «piedroso».

Podría acercarme desde aquí, pero prefiero continuar subiendo un poco más para alcanzar la cresta fronteriza en el Paso Monte Moro, coronado por una gran estatua dorada de la Madonna. Hasta ahí se llega por unas lajas lisas en las que han instalado travesaños de madera a modo de peldaños y cadenas. Este paso debió tener mucha importancia en tiempos como vía de comunicación entre el Valais suizo y los valles italianos.

La Virgen no es el único símbolo religioso que encuentro en el collado. También hay una placa con una oración en alemán. Google viene en mi ayuda: «Grandes y anchos mundos como la eternidad se extienden ante nosotros, altivas montañas majestuosas. Dios es grande y loado, todos lo exaltan solo para alabarlo, que está ahí desde la eternidad». Las montañas no son un mundo mineral ajeno al hombre. El ser humano ha vivido en ellas, las ha temido y las ha admirado. Y todas las culturas, en todos los tiempos, las han vinculado de un modo u otro con los dioses, con la trascendencia. Hay quien opina que hay que retirar la simbología religiosa de cumbres y collados, en nombre de una «tolerancia» o de un conservacionismo mal entendidos. Estos símbolos no imponen creencias, sino que son testigos de la cultura y de la historia de los hombres y mujeres que han vivido en las montañas, con las montañas. Sea una cruz cristiana, un altar budista o una apacheta incaica, su desaparición significaría la pérdida de un pedazo de humanidad. Lo cual no significa, naturalmente, que haya que llenar la montaña de ferralla conmemorativa indiscriminadamente y sin criterio.

Desde el paso el paisaje se abre hacia los gigantes del Valais suizo y el valle de Saastall. En primer plano, a la izquierda, las pendientes del Monte Moro, y de fondo, de izquierda a derecha, todo cuatromiles: Strahlhorn, Allalin y la cresta de Mischabel, con Taschorn, Dom, Lenzspitze, Nadelhorn… Abajo a la derecha se ve un poco el embalse de Mattmarksee, hasta donde llega la carretera de Saas Grund.

Por aquí encuentro a un grupo de suizos almorzando. Junto con otro caminante solitario que me encontré durante la subida, los únicos montañeros con los que compartí la montaña ese día. Es curioso, seguro que hace quince días esta zona estaba concurridísima, con el acceso facilitado por el teleférico. En fin, sólo me quedan 200 m de desnivel hasta la cima.

El terreno se vuelve caótico y debo avanzar entre grandes bloques morrénicos. A veces encuentro charcas de deshielo.

Hay algunos hitos, pero la pirámide final puede atacarse por varios sitios. Hay que tener cuidado con dónde se pisa, todo son grandes rocas a menudo inestables, y con huecos profundos donde si se cuela una pierna los daños pueden ser considerables. A veces aparecen trazas de sendero.

Y dando traspiés llego a la cumbre poco después de las dos. Han transcurrido cuatro horas casi exactas desde que empecé a caminar.


Hacia el este, justo debajo de nosotros, el Passo Mondelli y la afiladísima cresta que conduce al Pizzo de Antigina. A la derecha Italia, a la izquierda Suiza.

Esto hacia el oeste, ya nos suena de antes. El Stralhorn (4190 m) y justo detrás, semioculta, la cúpula nevada del Allalinhorn (4027 m), ambos estuvieron entre mis primeros cuatromiles; a su derecha el magnífico dúo Taschhorn (4491 m) – Dom (4545 m), este último también conquistado, hacía tres años.

La cima Jazzi, al norte del dominador indiscutible de esta jornada.

El Joderhorn también tiene su cruz, que se encuentra a la salida de la arista sureste, una vía de escalada bastante prestigiosa.

A las tres y cuarto, después de comer y descansar gozando de la montaña como pocas veces, tiro para abajo, con mucha calma. Retorno al refugio y decido subir de propina el Monte Moro, que se encuentra justo al oeste del Paso. Tiene unas pendientes de roca suelta bastante interesantes, más complicadas que las del Joderhorn, y con alguna vira expuesta. Este es su aspecto desde el Paso.

La cumbre, a 2984 m está señalizada por unos cuantos hitos. Llego a las cinco menos veinte.

Desde aquí el panorama es mejor que desde el Joderhorn. Aquí la Weissmies (4017 m), por su lado «negro», pero se adivina su cúpula blanca arriba. Este fue mi primer cuatromil en absoluto, lo subí por la cara opuesta.

Esta es la cresta fronteriza hacia el oeste, que culmina en el Corno Nero (3609 m). Es un buen recorrido con pasos de escalada fácil. A la izquierda la creta fronteriza prosigue hacia la Jazzi, hacia la derecha enlaza enseguida con el Strahlhorn.

Y aquí el Strahlhorn, dominante sobre el glaciar Schwarzberggletscher.

El lago Mattmarksee, a donde desciende la ruta que he traído desde Macugnaga, también tiene mejor perspectiva desde aquí.

Son las cinco y ya va siendo hora de bajar. Lo disfruto a tope, feliz tras una excursión perfecta. Se me hace de noche, pero con la frontal y el camino bien trazado, no hay problemas. Con la última luz del día y la niebla que empieza a cubrir el valle me despido del Monte Rosa. Un día fastuoso, de esos en los que uno se siente afortunado de poder permitirse el lujo de estar en ese lugar, en ese momento.





Deja un comentario