Me inspira esta breve entrada un aviso de Mountain Wilderness en Facebook acerca de la proliferación en Italia, a nivel local o regional, de normativas que violan el derecho, consagrado en la Constitución, de libre movimiento por el territorio nacional, restringiendo la práctica del montañismo en ciertas condiciones consideradas «inseguras» por el legislador. En este caso, en concreto, se está prohibiendo el acceso a terreno nevado cuando el nivel de riesgo de aludes alcance un grado 3 sobre 5. El enlace al editorial es este (en italiano).

Este tipo de restricciones no suponen una novedad. El frenesí legislativo de nuestros primos transalpinos ha llegado ha establecer la obligación de llevar consigo el kit de rescate de avalancha (ARVA, pala y sonda) en toda excursión por ambientes nevados, incluso en un simple paseo con raquetas de nieve por pistas bien batidas. Se trata de un equipamiento caro, extremadamente útil durante la práctica de alta montaña invernal y esquí de montaña, pero a cuya obligatoriedad en todo caso y condición se ha opuesto el mismísimo Club Alpino Italiano. A decir verdad, no tengo claro si en España hay alguna comunidad autónoma que haya llegado a tomar medidas similares, pero me extrañaría muy poco, y por desgracia es esa la tendencia.

¿Por qué digo «por desgracia» si hablamos de algo que contribuye a la seguridad? Bien, yo llevo el equipamiento mencionado si las condiciones los requieren, y alguna vez he salido en invierno con un riesgo de avalancha 3. En otras ocasiones he desistido (esto era antes, en estos tiempos oscuros es la «autoridad» la que nos prohíbe desplazarnos libremente por el territorio). Mi decisión se basa (o se basaba) en mi juicio, mi experiencia y mi intuición. Como se suele decir en otros contextos, «mi cuerpo es mío» y lo uso como me place. Yo decidiré si la satisfacción que promete la excursión, la belleza de los paisajes y el goce del músculo compensan el riesgo. Si me pasa algo seré yo quien sufra las consecuencias. El Estado no tiene nada que decir en esta mi decisión. Nada quiere decir nada. Cualquier ley que pretenda interferir en las decisiones sobre mi vida privada, más allá de lo obvio (daño físico, moral o a la propiedad de otras personas) es ilegítima y moralmente no vinculante. Tengo derecho a salir a la montaña con un riesgo de avalancha 5, si me place. ¿Sería un estúpido, un temerario, estaría cometiendo un error? Pues muy probablemente. Pero me asiste el derecho a ser estúpido, temerario y a equivocarme, siempre que la única víctima de mis errores sea yo mismo. Y es este un derecho connatural a mi condición humana. No me lo tiene que conceder nadie. Está bien que aparezca reconocido en la Constitución, pro esto no significa que se trate de una gracia otorgada por el Estado.

Se me dirá que si salgo a la montaña asumiendo riesgos innecesarios mi eventual rescate supondría un gasto relevante para las arcas públicas, y que pondría en riesgo la vida de los rescatadores. Ambas cosas son ciertas. Sobre lo primero, todos los años me federo en montaña de forma que el gasto de un eventual rescate recaería sobre el seguro privado que he suscrito, y no sobre la comunidad. Me parece lo justo y actúo en consecuencia, a pesar de que cerca de la mitad del fruto de mi trabajo me sea arrebatado en concepto de impuestos de todos los colores. Sobre lo segundo, máximo respeto. Admiro a los cuerpos de rescate de montaña. Tengo amigos que han trabajado en ellos y que me han contado historias alucinantes sobre las negligencias que la gente puede llegar a cometer. Sí, he visto gente en zapatillas de deporte deambulando por un glaciar. Una de las escenas más surrealistas que recuerdo es el de una señora embozada en un niqab, negro como la noche, sobre el glaciar del Jungfraujoch, a 3600 m en los Alpes Suizos. Había llegado hasta allá gracias al célebre (y carísimo) tren turístico que los suizos construyeron a principios del siglo pasado. Pero siendo el respeto una obligación moral, no debería convertirse en ley. Las negligencias siempre han existido, y es cierto que el mayor flujo de personas con escasa experiencia hacia zonas de Alta Montaña, el efecto Decathlon, las ha incrementado significativamente en los últimos años. Pese a lo cual no tengo claro que la obligación de hacer pagar el propio rescate como arma disuasoria sea una medida justa y efectiva. Siempre he pensado que lo más eficaz sería dificultar el acceso multitudinario a las zonas de alta montaña. Esto quiere decir no construir, eliminar, o restringir acceso a pistas forestales, carreteras de alta montaña, teleféricos y otro tipo de artilugios mecánicos. Permitir que la selección natural basada en el simple esfuerzo fisico se encargue de filtrar a aquellos que no están preparados para afrontar los peligros de los parajes más salvajes. Que sólo la formación, el estudio y la experiencia permiten acercarse con razonable seguridad al mundo tan bello como hostil de la Alta Montaña.

Cabe contextualizar este tipo de medidas en la progresiva alienación de nuestras libertades y responsabilidades por el Estado niñera. El Estado de Bienestar que justamente perseguía garantizar un nivel mínimo de prosperidad material a aquellos rezagados o apartados por el sistema económico capitalista, ha acabado degenerando en un Leviatán voraz con la arrogancia de pretender guiar nuestras decisiones, de saber de nosotros más que nosotros mismos, de imponernos una bondad y una moral prefabricadas con un entusiasmo no menor que las viejas religiones de toda la vida. Los anglos llaman a este paternalismo invasivo nudging, y abarca desde las decisiones de ocio hasta la gestión de la vida doméstica e incluso el menú diario. El poder ya se ha encargado de que muchas personas crean que esta injerencia es justa y que el Estado tiene el deber de cuidarlos, de protegerlos de los peligros de la vida, incluso de proporcionarles un sueldo porque sí. Esta nivelación por lo bajo, el conformismo y la exaltación de la mediocridad son características de las sociedades decadentes. Lo vemos de forma dolorosa durante la crisis de coronavirus, en la descorazonadora mansedumbre (que no «solidaridad») con que hemos consentido el pisoteo de nuestras libertades y de todas aquellas cosas que nos hacen felices y sobre todo humanos.

Finalizo con la traducción del magnífico párrafo final del editorial de Mountain Wilderness.

La exigencia del individuo y de la sociedad de poder disponer de un ámbito en el que sea la Naturaleza la que dicte la ley ha facilitado que a lo largo de los siglos haya surgido (también filosóficamente) un área de respeto en la cual el individuo pueda decidir por sí mismo, elegir y gozar también de la libertad de equivocarse. La sociedad actual, obsesionada con la seguridad, aborrece la libre iniciativa, condena y ataca la mencionada área de respeto, intentando imponer al ciudadano elecciones prefabricadas y definidas como «seguras». Al mismo tiempo promueve el recurso a la vía judicial por cualquier incidente, precisamente para justificar su cada vez más frecuente injerencia a través de nuevas normativas y modelos de comportamiento. En este punto es realmente una opinión pública cada vez más adocenada la que acaba por exigir la intervención del legislador. El encuentro con la naturaleza salvaje de las montañas, precisamente porque permite y favorece experiencias descondicionadoras y devuelve al individuo toda la responsabilidad sobre sus propias acciones, sus propias decisiones, sus propias emociones, puede representar un gran antídoto contra los efectos malsanos de un sistema que, debido a su creciente complejidad, tiende a alienar a los seres humanos, a restringir sus ámbitos de responsabilidad, a hacer previsibles y manipulables sus comportamientos y necesidades, a negar toda dignidad a la anarquía vital del mundo interior del ser humano.

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