Hubo un tiempo en el que uno iba a donde quería, más o menos, con quien quería y cuando quería, también con matices. Hubo un tiempo en el que se podían hacer planes a una semana vista y contar con que sólo una desgracia o un imprevisto podrían frustrarlos. Hubo un tiempo en el que la gente se revolvía cuando le tocaban mucho menos de lo que nos han tocado durante este tiempo de pandemia. Pero el viejo mecanismo de sumisión por el miedo parece seguir funcionando, y por tanto aquí estamos en este 2021 casi ayuno de salidas a la montaña, donde sólo cuando el capricho del gobernante nos alarga la correa nos podemos permitir salir a disfrutar de nuestra afición preferida.
Sea como sea, la montaña nos sigue permitiendo saborear la libertad robada, y es preciso ir. El mes de Marzo ha sido bastante fresco, pero seco, y la Semana Santa comienza con temperaturas agradables. Esto complica un poco la confección de la mochila. Por encima de los 2500 m, y un 1 de Abril, la montaña sigue mereciendo todo el respeto. Así que meto la chaqueta y el forro polar, junto con los crampones de emergencia. Aún así en las webcam de montaña se ve poca nieve, y dejo en casa el piolet y los crampones de alpinismo. En esta ocasión el objetivo es el Balandrau, una montaña satélite de los gigantes de Nuria y Vallter con excelentes panorámicas. Habitualmente ascendida desde Tregura de Dalt, en el valle del Ter, desde donde una pista practicable permite llegar en vehículo hasta los 1900 m de altura, yo he elegido la alternativa más dura, por la vertiente de Queralbs, en el valle de Nuria, y partiendo además desde la misma Ribes de Freser en el fondo del valle. 1700 m de desnivel en ascenso en 14 kilómetros. Utilizando el tren en vez del vehículo privado, y que me permite culminar una ascensión «completa» en viejo estilo. Ya había hecho lo mismo en Octubre, cuando el objetivo fue el Taga.
Antes de empezar con la reseña de la excursión, debo reconocer que el Balandrau me inspiraba un respeto particular. Hace pocas semanas se cumplieron 20 años de una de las más grandes tragedias en la historia del Pirineo. Recuerdo bien las noticias de aquel 30 de Diciembre de 2020 y los días sucesivos, cuando un «torb» de intensidad extraordinaria convirtió un soleado día de invierno en un infierno de nieve y viento huracanado. Nueve personas, entre montañeros, escaladores y esquiadores, perdieron la vida, muertos de frío en una montaña «fácil». Impresiona aún más cuando resulta que se trataba de gente experta que iba perfectamente equipada, y que según los meteorólogos, debería haber llevado una indumentaria casi himaláyica para sobrevivir a un evento tan extremadamente inusual. Inevitable acordarse de estas personas y de la tragedia a la que se enfrentaron.

En definitiva, el tren llega puntual a las 8.45 a la estación de Ribes, en las afueras del pueblo. Salgo y a los pocos metros cruzo el puente sobre el Freser para entrar en el casco urbano, girando a la izquierda y subiendo junto al río para llegar al centro. Paro en una panadería para comprar víveres y busco la carretera del cementerio, que se toma a la izquierda justo tras atravesar las vías del tren cremallera de Nuria.

La cinta de asfalto prosigue superando el cementerio y un hotel-spa para llegar en menos de un kilometro a la granja de Ventaiola. Aquí la pista principal sube decidida por la ladera derecha en zigzags buscando la localidad de Ribesaltes. Volvería por aquí unas horas más tarde, y a la postre encontré la variante de regreso preferible a la de ida, aun siendo ligeramente más larga. Iba siguiendo en mi GPS una traza de wikiloc, que me condujo por una rodada que proseguía recta por el prado. Este es el «Camino de las Centrales», en referencia a las viejas instalaciones hidroeléctricas que salpican esta zona del valle de Freser. Se encuentra bien señalizado, no hay pérdida.

El amplio camino atraviesa el prado, se va ciñendo a la ladera y al cabo de pocos minutos el GPS me indica que me estoy desviando. Retrocedo unos pocos metros y reparo en una traza secundaria que arranca en subida a la derecha. El camino se adentra en el bosque, se vuelve más estrecho, embarrado, y a veces se medio difumina. Mi impresión es que se encuentra en desuso, sobre todo después del período de restricciones pandémicas.

En un claro del bosque con cruce de caminos, continuamos rectos, tomando no el camino que va directo hacia las ruinas de Can Cerdá, que divisamos al fondo, sino uno a su izquierda, en ligero descenso. En algún punto los desprendimientos han cortado la traza. Bordeamos las ruinas, ignoramos trazas que nos invitan a descender y por el lindero de un claro buscamos el punto donde la desdibujada senda atraviesa las zarzas. El bosque de coníferas nos anuncia la proximidad de la pista principal, a la que se llega poco después de un giro de 180º del camino que traemos. Ancha y cómoda, discurre a media ladera del cordal de la Serra de la Canya, 1000 m más arriba, y va girando a la derecha buscando el fondo de la cuenca del torrente Macanell. Hay que estar atentos para abandonar la pista y tomar un empinado senderillo que desciende a la izquierda para buscar el río. Está señalizado. Pocos metros más abajo, se atraviesa el río por dos palancas sucesivas. Esto marca el inicio de un ascenso que a partir de aquí no dará respiro.

Superado el curso de agua, el sendero escala decidido hacia el pequeño núcleo de Serrat. Se supera otro torrente. Aquí por fin, entre muros de piedra, me empieza a dar el Sol. La parte inicial de paseo, al transcurrir por una vertiente Oeste, había transcurrido en sombra.

Llego a Serrat al filo de las once, relleno la botella de agua y continúo atravesando entre casas de campo en dirección Oeste hasta salir del pueblo, manteniendo siempre una componente ascendente. Abandono la pista en un giro acusado hacia la derecha, tomando un camino pedregoso y empinado que, en dirección este-noreste pasa por encima del pueblo. La dura pendiente marca la tónica de lo que será el resto del ascenso hasta la cima, más de 1000 m de desnivel sin tregua. Hace calor y tengo que pararme a beber. El camino transcurre mayormente en sombra, y va interceptando varias pistas, pero sigue siempre la línea de máxima pendiente. Hay algunos hitos y señalización con pintura. La sensación de poco tránsito se consolida, el paso se encuentra a menudo obstaculizado por troncos caídos y ramas bajas. A casi 1800 m y tras un tramo en que hay que seguir la pista (ojo al llegar a un cruce poco antes, hay que tomar la pista perpendicular hacia la derecha, en ligero descenso), encontramos un hito y una señalización sobre un tronco que nos indica que hay que tomar el senderillo que se introduce en el bosque a nuestra izquierda.


El sendero se vuelve una gymkana, es estrecho, pendiente, y hay árboles caídos por todas partes.

Llegando a las 2000 m llego a una zona más despejada desde donde se divisa claramente la cima. Sé que hay un camino que rodea hacia la derecha y va a salir a la cresta sur del Balandrau. Bajaré por ahí, pero ahora prefiero atacar por el camino directo, que pasa junto al espolón del Atalaiador. Voy a buen ritmo, pero empiezo a notar la fatiga y lo que me queda impresiona desde aquí. Eso sí, compruebo que queda muy poca nieve, como esperaba, y que hice bien en no cargar con piolet y crampones. Por el contrario, toda la ropa de abrigo permanece incólume en la mochila, y ahí se quedaría todo el día, añadiendo con su peso mayor «mérito atlético» a mi excursión.

El sendero tiende a perderse, y voy con cuidado de no desviarme demasiado a la derecha. Hay un momento en que pierdo los hitos, o quizá simplemente ya no los hay… Los pinos de montaña se achaparran cada vez más, dificultando la progresión. En un cierto punto me encuentro en mitad de una espesura de árboles enanos, con las ramas que se traban entre las piernas y que amenazan con sacarme un ojo. Resoplando, consigo escapar del infierno verde y dar con un buen sendero que sube por terreno más despejado.

Según me acerco al contrafuerte rocoso del Atalaiador, me cruzo con un grupo de montañeros que vienen bajando. Más arriba el sendero prácticamente desaparece pero se progresa con bastante comodidad por la pendiente herbosa. Resoplo, debo detenerme cada pocos minutos. El siguiente punto de referencia son las Rocas Blancas, a 2400 m y en la misma falda del Balandrau. Las dejo a mi izquierda, siguiendo ocasionales hitos y trazas. Mi avance se vuelve penoso. Finalmente la pendiente cede y alcanzo un área horizontal cubierta por un nevero de cierta amplitud. Atravesarlo es trivial, pero mientras lo hago la reverberación de la luz y el calor ambiental hacen que empiece a sentir mi cabeza «ligera». Estoy tranquilo porque no hay rastro de problemas estomacales y no puede ser mal de altura… Probablemente es el efecto del calor durante la primera excursión primaveral, cuando el cuerpo aún sigue «programado» para los fríos del invierno. La cima ahora sí estaba la alcance de la mano.

Ya sólo resta atravesar una zona de muy suave pendiente para enlazar con el sendero de la cresta sur del Balandrau y coronar el gran objetivo del día. Es la una y veinte, y he tardado cuatro horas justas desde el centro de Ribes. Hay un vértice geodésico y una estela con forma de atril en el punto más alto.

El panorama es soberbio, como esperaba, y el día perfecto para gozar de las vistas. A mis pies, hacia el noreste, el coll de Trespics, a partir del cual se eleva en dirección norte el cordal de Catllar hasta el Gra de Fajol, encima de Vallter 2000, delimitando el valle del recién nacido río Freser. Al fondo, dominando el panorama y sobre la línea fronteriza, el Bastiments (2881 m) domina el panorama. A su izquierda, la cadena axial de los Pirineos prosigue con Pic de l’Infern, Noucreus, Noufonts… todos por encima de los 2700 m.


Almuerzo con mucha calma disfrutando del paisaje y valoro la posibilidad de ir hacia el refugio Coma de Vaca y bajar por el sendero de las gargantas del Freser y sus cascadas. Había calculado que esta desviación me supondría 3-4 kilómetros adicionales, y aunque la idea me seducía decidí regresar por donde había venido, con alguna pequeña variación. No conocía el terreno que me esperaba y no quería perder el tren de las seis y diez. Usando la cámara como teleobjetivo, curioseé el trazado del camino en la garganta.

A las dos y diez emprendo la vuelta. Vuelvo dobre mis pasos hasta el colladito que antecede la cumbre y aquí, en vez de girar a la derecha para bajar directo por donde había llegado, prosigo recto por la herbosa cresta sur, la Serra de la Canya con el Puig Cerveris al otro extremo y más allá, al fondo, el Taga, viejo conocido.

Según bajamos y llegamos a una zona más herbosa, encontramos una alambrada que deberemos seguir hasta un bajo collado donde un paso nos permitirá franquearla. A la derecha se ve bien la pista que llega desde Tregura de Dalt y que facilita un acceso rápido al Balandrau.

Una vez franqueado el paso de alambrada, se emprende una travesía a media ladera, en suave descenso, hasta reencontrar el camino de subida por debajo del Atalaiador.

El camino está bien marcado. La vista hacia el valle de Ribes es vertiginosa.

Cruzo un par de torrentes y cuando ya estoy cerca de reencontrar el camino de ida entro en el bosque de pinos enanos y los árboles caídos y las ramas bajas me obligan a dar varios rodeos y a tener que gatear en un punto. Alcanzo con alivio el claro donde vuelvo a terreno conocido y desciendo sin novedades a Serrat. Relleno nuevamente la cantimplora en la fuente y disfruto del agua fresquísima, ese día acabaría bebendo tres litros y medio de agua.

Me entretengo junto al torrente Macanell sacando fotos y tras una breve subida he aquí la amplia pista de esta mañana. Me doy cuenta de que no me sobra el tiempo y meto paso ligero. Ignoro el desvío al sendero que utilicé para subir y decido proseguir por la pista, más larga pero mucho más cómoda. Minutos más tarde se encuentra con una pista de cemento que baja con suave pendiente. Reconozco los parajes de esta mañana, por debajo de mí, finalmente aparece la granja Ventaiola al fondo y alcanzo el cruce a Ribesaltes. Ahí debo dejar la pista tomar el desvío a la derecha que me devolverá a Ventaiola, ya a las puertas de Ribes.

Al poco de dejar atrás la granja vuelvo al mundo real y sus constricciones. Hurgo en la mochila en busca de la mascarilla. Ribes está más animado a esta hora. Llego a la estación con veinte minutos de margen, justo nueve horas después de mi llegada, y descubro con entusiasmo que la cafetería está abierta. Llevaba toda la jornada suspirando por uno… El tren nos está esperando (la línea R3 entre Ribes y Puigcerdá está en obras todavía) y cuando llega el autobús supletorio varios snowboarders con sus tablas entran ruidosamente en el vagón. Parece que La Molina está abierta pese a la escasez de nieve. En estos tiempos de Covid cada día cuenta.

Datos técnicos:
Longitud: 28 km i/v
Desnivel: 1750 md+
Dificultad: Fácil, sin dificultades técnicas, pero duro por la longitud y el desnivel.
Equipo: De trekking. Botas o zapatillas de trail con buen agarre. Bastones útiles. Llevar ropa de abrigo. En condiciones invernales con piolet y crampones, y prestando mucha atención a la meteo.
Traza GPS: https://www.wikiloc.com/hiking-trails/balandrau-desde-ribes-181351383



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