Benasque, seguramente la «capital» de los Pirineos españoles. En sus inmediaciones se encuentran los dos principales macizos de la cadena, el de la Maladeta y el del Posets, que albergan las dos principales alturas de la cordillera, el Aneto (3404 m) y el Posets (3375 m). Más aún, de los diez picos más elevados, sólo dos, el Monte Perdido y el Clilindro de Marboré, no se encuentran aquí. Con estos alicientes, miles de excursionistas, alpinistas, escaladores y esquiadores visitan cada año esta zona, protegida por la figura de Parque Natural.
Sin embargo, los macizos del Posets y la Maladeta tienen la peculiaridad de estar desgajados de la cadena axial de los Pirineos, que marca la frontera entre España y Francia. Esta está constituida por una serie de picos algo menos elevados y frecuentemente compuestos de roca de poca calidad, gneises y esquistos friables. Accesibles al norte del Posets a través de los valles de Estós y Lliterola, destacan el Perdiguero (3222 m) y sus satélites, ascensiones relativamente sencillas, los picos de Clarabide y colosos que exigen escalada más o menos difícil por terreno traicionero, como Gourgs Blancs, Crabioules, Maupas y Boum. Mucha menos gente se dirige a estos picos, y mientras que el valle de Estós que da acceso a mútiples tresmiles, incluido el Posets, es bastante transitado, el de Lliterola lo es bastante menos. Pero al norte de este último se encuentra otro valle, el de Remuñe, aún menos popular, si no fuera por los bellísimos ibones que a breve distancia de la carretera y que atraen un cierto turismo familiar. Más allá de ellos se aventura mucha menos gente. Hay tresmiles aquí, pero son modestos. Según la lista oficial, son simplemente «secundarios», estribaciones de la cresta de Maupas. Tusse de Remuñe, Rabadá y Navarro.
Y sin embargo, despreciar estas montañas es un grave error. En pocos lugares del Pirineo se puede disfrutar de una ascensión tan hermosa a la vez que «exclusiva».

2021 está siendo un año en el que las medidas tomadas contra la pandemia de coronavirus nos han impedido disfrutar de la montaña. La arbitrariedad profundamente idiota, si no directamente sádica, de los «confinamientos perimetrales» nos ha condenado a la inactividad y a la frustración. En mi caso, el año se presentaba con la promesa de múltiples posibilidades, y en mi nuevo papel de coordinador de Alta Montaña del Club Alpino Barcelona, con la ocasión de organizar y compartir salidas a mis lugares preferidos. Tan pronto como se recuperó la movilidad nacional, era el momento de poner en marcha los planea aplazados. Uno de ellos tenía como objetivo los picos de Clarabide; consideraciones logísticas así como de prudencia debido a la longitud del itinerario y el estado de forma más bajo de lo normal debido al forzado parón de seis meses me empujaron a buscar una alternativa más asequible. Y he aquí que se me aparece la Tusse de Remuñe, en la cabecera del valle homónimo. «Sólo» 1300 m de desnivel y 8 km desde el coche hasta la cima, sin dificultades técnicas relevantes. Nunca había estado allí, y me llamaba la curiosidad. En Internet no había tantísima información, pero parecía un sitio digno de visitarse. Allaá vamos entonces.
El 30 de Mayo salimos los seis componentes del grupo desde Barcelona hacia Benasque. El incierto pronóstico del tiempo nos decidió a cambiar el inicialmente previsto vivac en los Ibones de Remuñe por una cómoda noche en el albergue del camping Aneto. Un día de cumbre más largo, pero con mochila ligera y tras una noche descansada y al reparo de los elementos. Al llegar a Benasque, breve parada antes de proseguir al camping. Me llamó la atención lo vacío y silencioso que se encontraba el pueblo en este período prevacacional. Hacía exactamente dieciséis años, días antes de partir en mi aventura italiana, había estado aquí en este período, y recuerdo perfectamente elmismo silencio y sensación de soledad. Tras tomar posesión de nuestra habitación en el albergue regresamos al pueblo y disfrutamos de una cena abundante y barata en un excelente ambiente. A las once de la noche hubo que ir pensando en interrumpir la tertulia y comportarnos como montañeros medianamente serios.
Como me suele pasar con frecuencia, la primera noche en un «medio extraño», apenas puedo conciliar el sueño. A las cinco y media arriba, desayuno con café del termo, que aún aguanta calentito después de dieciocho horas, y a los coches para recorrer los apenas diez kilómetros que nos separan del punto de partida. Superamos el desvío a Llanos del Hospital y La Besurta y proseguimos por la A139, una carretera ciega que muere en medio de la nada. Hace muchos años se planteó una conexión transpirenaica con Francia mediante esta vía. Hoy existe una asociación que presiona para la construcción de un túnel que comunique Benasque con Luchon, y parece que ya existen estudios bastante avanzados por parte de las Administraciones para llevar a cabo el proyecto. Sin duda importante para revitalizar una de las zonas más despobladas de España, pero al mismo tiempo con el riesgo de aumentar notablemente la presión humana en el parque natural.
El tiempo está medio nublado. La previsión es de lluvias a partir del mediodía y mi idea es la de llegar a la cumbre de la Tusse no más allá de esa hora. Nos encontramos en la vertical del gran aparcamiento de los Llanos del Hospital. Me impresiona verlo vacío un domingo por la mañana. Dentro de un mes estará abarrotado y los buses lanzadera de la Besurta a tope de turistas y montañeros. Hoy estamos totalmente solos.

Hemos aparcado junto al arranque del sendero, un poco después de haber atravesado el barranco de Remuñe. Está bien señalizado con un cartel verde, que nos indica hora y media hasta los Ibones de Remuñe. Comenzamos con pendiente fuerte, internándonos en un bosque de pino negro.

Este es el período de máximo deshielo en las montañas. Múltiples arroyuelos cruzan nuestro camino, y a esta hora de la mañana las salamandras se están desperezando.

Se alcanza una zona más llana, la Pleta dels Capellans, antes de seguir subiendo y aproximándonos al gran torrente de Remuñe. Las vistas también se abren a nuestras espaldas, hacia el Macizo de la Maladeta, con la Cresta de Alba dominante.

Llegamos a un alto y finalmente le damos vista. El fragor de las aguas aquí impone. Iniciamos un descenso entre grandes bloques para ir a ganar la orilla. Delante de nosotros destaca el característico espolón que divide la cuenca principal, que seguiremos por la derecha orográfica, del vallecillo lateral que alberga los ibones de Remuñe. Una palanca precaria, que ignoraremos, permite atravesar el curso de agua.

Hemos necesitado una hora justa para superar los 250 m de desnivel hata el desvío hacia los Ibones. Estamos dentro de la media prevista pero sin demasiada holgura. El cielo se está despejando y ya nos permite avistar la cabecera del valle, con la cresta somital dominada por la peculiar silueta enforcada de la… Forca de Remuñe. Nuestro camino la rodeará por detrás para ir a buscar la cresta a su derecha que, con un par de pequeños escalones, nos llevará a la cima de la Tusse, aún oculta desde aquí.

Aproximándonos a Benasque las montañas me habían parecido bastante desprovistas de nieve, incluso cerca de la cota tresmil. Sin embargo, ya se podía vislumbrar que la parte alta del valle se encontraba muy cargada. Retomamos la subida, por terreno pedregoso y con pendiente sostenida.

Debemos vadear algunos impetuosos torrentes que se precipitan desde la muralla fronteriza a nuestra derecha. En uno de ellos algún miembro del equipo pasa ciertos apuros. Felizmente superados estos obstáculos, alcanzamos una zona muy amplia y más plana, de altos prados de montaña, donde las marmotas curiosas nos observan desde una distancia prudencial. Y por fin salimos de la sombra. Sentimos el sol en la piel, ¡y hace calor!. Nos encontramos en la Pleta de Remuñe, un lugar encantador con el río que discurre tranquilo, a la sombra de la mole del Boum, el tresmil más oriental de la cadena axial si no contamos el macizo de la Pica de Estats, muchos kilómetros más allá. Recorriéndola encontramos sobre una roca una flecha indicando el sendero que se desvía a la derecha hacia esta severa montaña. Nosotros debemos mantener nuestra izquierda, para juntarnos al cabo de pocos minutos con el camino que llega desde los Ibones de Remuñe. Hacemos una nueva parada para comer, quitarnos ropa y sacar algunas fotos. Dos horas de camino y poco más de 2200 m de altura.


Hay hitos que marcan el camino, pero la nieve empieza a aparecer, cubriendo en un punto la corriente del río. Amagamos un primer cruce, pero tenemos que volver enseguida a la derecha (izquierda hidrográfica). Aquí empieza la gran fiesta de la montaña pirenaica tardoprimaveral. El juego del buscaminas en versión placa de nieve reblandecida que cede y terminas en el agua que corre bajo tus pies. La ladera a nuestra derecha es tentadora, pero no es por ahí, aunque no se aprecien obstáculos significativos. La traza GPS así como restos de huellas en la nieve nos indican que debemos penetrar en la estrecha garganta por donde discurre el río. Entrando por la orilla izquierda, sin cruzarlo. Seguramente al final del verano, con menos agua, dé un poco igual. Con el río en aluvión, decididamente no.

Al principio vamos pegados a la pared sobre seco, pero el río desborda y pronto nos encontramos saltando por guijarros y cantos evitando mojarnos los pies y guardando distancia con la vigorosa corriente central. Sigue otro tramo más resguardado y llega el momento delicado, cuando hay que elegir entre atravesar el río saltando por rocas precarias o proseguir por una placa de nieve que precipita sobre las aguas. Seguimos por dicha placa, manteniéndonos por el medio, a distancia prudencial de la grieta a nuestra derecha y del agua a la izquierda. Un poco más arriba un puente de nieve nos invita a aventuramos por ahí, de uno en uno, esperando que tenga buena consistencia y no se hunda bajo nuestros pies. Superamos la prueba con éxito y pocos metros más allá nos detenemos a ponernos los crampones. Una primera travesía horizontal a media ladera, inclinada, requiere atención. Nos conduce al paraje de los Arenales de Remuñe, una cuenca lacustre (el Ibonet de Remuñe se encuentra helado) al pie del imponente Maupas y su cresta, con los picos Navarro, Rabadá y Tusse de Remuñe. Desde el colladito entre los dos últimos hay una vía que desciende hasta aquí, pero no hay huella y se ve confusa, así que seguiremos por el camino previsto, virando a la izquierda y atacando la empinadísima ladera que desciende de la cresta de Remuñe. En los Arenales cumplimos nuestra tercera hora de camino y estamos a sólo 2360 m, aunque a partir de aquí ganaremos desnivel a marchas forzadas.


Un inciso toponímico acerca de los picos Rabadá y Navarro. Estos modestos tresmiles fueron bautizados en homenaje a los escaladores aragoneses Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, que el 16 de agosto de 1963 fallecieron de frío y agotamiento en la pared norte del Eiger. Era el sueño de estos dos excepcionales montañeros, aperturistas de múltiples vías en los Mallos de Riglos, pero también en Ordesa o en el Naranjo de Bulnes. El hielo y el frío de un medio hostil que no era la cálida roca pirenaica, así como un equipamiento inapropiado, crampones de diez puntas que les obligaban a tallar escalones con el piolet (Heckmair y Vorg, los primeros vencedores de la pared, ya usaban los de doce puntas allá por 1938), pudieron con ellos. Pero su gallardía y valor merecieron el elogio y la admiración de muchos, entre ellos Heinrich Harrer, otro de los conquistadores del Ogro: «Tenían demasiado noble valor en la sangre como pare renunciar. Y el respeto que sentimos por estos hombres es como un aire llegado de otro siglo».
«Al filo de lo imposible» filmó un gran documental sobre Rabadá y Navarro. Es emocionante.
Volviendo a nuestra ruta, sin llegar al Ibonet de Remuñe atacamos la pendiente en dirección W, tomando como primera referencia un rellano flanqueado por dos modestos promontorios rocosos. Desde aquí se gira decididamente a la izquierda, cara a la Cresta de Remuñe, en dirección S. Nos dirigimos hacia un pequeño espolón rocoso a partir del cual volveremos a girar hacia la derecha. El tiempo empieza a torcerse. Por desgracia parece que las previsiones se está cumpliendo.


Las nubes tapan la Tusse, pero no la cresta de Maupas y la de Remuñe.


Superado el tramo más duro, giramos a la derecha, WSW, tomando como referencia el flanco izquierdo de la Forca de Remuñe. La nieve es ya bastante profunda y en varios tramos nos hundimos a cada paso, aunque la presencia de algunas huellas nos es de ayuda. Progresamos lentos y el cansancio y los pies mojados empiezan a hacer mella en algunos.

Pocos minutos después de las doce, cinco horas después de nuestra partida, alcanzamos finalmente la cabecera del valle en las inmediaciones de la Forca de Remuñe. El tiempo cada vez más inseguro nos hace tomar la decisión de renunciar a la cima. No nos gustaría que nos pillara una tormenta eléctrica en la cresta somital. Da rabia, pero en la montaña hay que ser prudentes y evitar empecinarse. Aunque sólo fuera por no fastidiar una jornada en la que al final nos lo estábamos pasando muy bien, que es a lo que habíamos venido…

Así que fuimos tirando para abajo con relativa calma. Algunos hasta tuvieron tiempo de hacer prácticas de autodetención con el piolet y bajar «esquiando» sentados.


La pequeña frustración por la cumbre fallida se disipa pronto. La pendiente que nos había hecho sufrir en subida nos regala una bajada disfrutona. A lo tonto, llegamos a la garganta y al momento delicado del cruce del río por el puente de nieve, que solventamos sin incidencias. Descramponamos y salimos de la garganta consiguiendo que nadie acabe en el agua de cuerpo entero.

El tiempo se está aguantando y aunque en la cresta de la Tusse tiene toda la pinta de estar lloviendo, una vez de vuelta a la Pleta de Remuñe nos llega a asomar un poco de sol. Alcanzamos el cruce del camino que va a los lagos y decidimos dividirnos. Audrey y Diego van para allá mientras yo bajo con el resto del grupo por el camino de subida. No sin antes encargarles el reportaje fotográfico de los lagos. Que sí, que son una gozada.


Nosotros por nuestra parte descendimos con calma y estábamos de vuelta en los coches apenas pasadas las cuatro. Nueve horas largas de actividad, dieciocho kilómetros y 1100 m de desnivel superados. Audrey y Diego llegaron un cuarto de hora más tarde. Había salido el Sol, hacía calor y pasamos un largo rato disfrutando del paisaje y reponiendo fuerzas. antes de emprender viaje de vuelta.
Lo mas impresionante de todo era que estábamos completamente solos. Ahora y durante toda la excursión. No habíamos encontrado absolutamente a nadie. Creo que una cosa semejante, durante una larga jornada de alta montaña, no me había sucedido jamás. Imagino que en Julio habrá bastantes turistas en los lagos, pero este valle de Remuñe me ha dejado un recuerdo impagable. Casi, casi, un valle secreto, una auténtica joya escondida.






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