Cuando Paccard y Balmat alcanzan la cumbre del Mont Blanc en 1786 se abre la primera época de oro del alpinismo, que habitualmente se suele considerar que dura hasta la conquista del Cervino en 1865. Durante este período aristócratas y científicos exploran sistemáticamente las grandes montañas alpinas, alcanzándo las cumbres por sus vías normales y guiados por los lugareños conocedores de esos parajes. Cazadores, pastores o buscadores de cristales que a lo largo del siglo XIX se irán organizando y profesionalizando, dando lugar a las primeras compañías de guías en Chamonix y Courmayeur. Pocos años después irían apareciendo los primeros Clubes Alpinos en Inglaterra, Italia, Austria o Suiza.

El grueso de la actividad alpinista tenía lugar en los Alpes, pero los Pirineos no fueron ajenos al florecimiento de este fenómeno. Fueron los franceses quienes se lanzaron a la conquista de sus más altas cimas, el tiempo de los españoles tardaría aún en llegar. Así, ya en 1802 el naturalista alsaciano Louis Ramond de Carbonnières, acompañado por un pastor de Bielsa y dos guías franceses, conquista el Monte Perdido, al que por entonces se creía el más elevado de la cordillera.

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Parrot, primer conquistador de la Maladeta.

Sucede que las más altas cumbres pirenaicas no se encuentran en el eje de la cordillera, sino desgajadas hacia el sur. Es el caso del Monte Perdido, pero sobre todo de los macizos de la Maladeta y Posets. Este último les quedaba bastante a desmano a los exploradores franceses, pero no así el de la Maladeta. A finales del siglo XVIII la localidad de Luchon era ya un centro termal de prestigio a donde acudían nobles y cortesanos, amén de haberse conseguido librar en gran medida de las convulsiones revolucionarias- El camino que atravesaba el Puerto de Benasque permitía el paso a España, y desde este collado fronterizo, a 2444 m, los imponentes glaciares de la cara norte del Macizo de la Maladeta no podían menos que atraer la atención. Considerando además que al final de la Pequeña Edad de Hielo lucían un esplendor inimaginable en la actualidad. Es así que ya en 1787 encontramos a nuestro viejo conocido Ramond intentando coronar el Pico de la Maladeta, que desde el Puerto de Benasque aparece como el más elevado del Macizo, al encontrarse los colosos orientales tapados por la cresta de los Portillones. Pero no sería hasta el 29 de septiembre de 1817 cuando el médico y naturalista alemán Friedrich Wilhelm von Parrot logró hacer cumbre, tras salir de Luchon, vivaquear en la gruta de la Renclusa y remontar el glaciar. La rimaya muy abierta le llevó a intentar remontar la arista rocosa directamente, y vista la dificultad, atreverse a cruzar un endeble puente de nieve y alcanzar la cresta NW por una empinada chimenea que al regreso casi lo envía directo a la grieta. Alcanzada la cima se daría cuenta de que hacia el este había picos más altos… pero la Maladeta (etimología conflictiva, se ha propuesto»montaña alta» en aragonés o «maldita» en occitano) ya había dado su nombre a todo el macizo. Von Parrot, quien por cierto fue un gran explorador del Monte Rosa, y epónimo de uno de sus principales cuatromiles (Parrotspitze), fue acompañado en su empresa por el guía más célebre de la época, Pierre Barrau, que siete años después desaparecería en una grieta de ese mismo glaciar; su cuerpo sería devuelto por la montaña en 1931…

Datos técnicos de la ascensión: 15 km i/v, 1500 md+, catalogable como PD. Corredor de la Rimaya que llega a 50ºC de inclinación y que en estación avanzada presenta riesgo de caída de piedras. La rimaya abierta puede hacer impracticable la vía normal y obligar a dar la vuelta por la Cresta del Abadías. Cresta hacia el Abadías con pasos de II+, mayormente I, pero con tramos de exposición considerable. Piolet, crampones y casco imprescindibles. Aconsejable cuerda auxiliar, mosquetones, y cordinos para asegurar a los más inexpertos. Tornillos de hielo si el canal se encuentra helado.

Mapa de la ruta.

Es inevitable pensar en la triste suerte del mítico Barrau y en la rimaya del glaciar de la Maladeta cuando se planea una ascensión a su cima. El retroceso del glaciar permite actualmente atravesarlo con un riesgo mínimo de caída en grieta, por lo que los alpinistas normalmente no se encuerdan. Sin embargo, la rimaya se sigue abriendo todos los veranos, lo que puede llegar a impedir el aceso por la vía normal del corredor de la Rimaya. En invierno y primavera la Maladeta ofrece una excelente salida para los esquiadores de montaña. Si se quiere subir a pie es necesario aprovechar una estrecha ventana de tiempo a inicios de verano, en la cual uno ya no se hunde en la nieve tardoprimaveral pero la rimaya sigue cerrada y el corredor cubierto de nieve. Había planificado la ascensión para el 13 de Junio, y una llamada unos días antes al Refugio de la Renclusa me confirmaba el buen estado de la ruta. Allá íbamos, entonces, en una nueva salida con el Club Alpino Barcelona.

Es sábado 12 de Junio y toca saborear la libertad arrebatada durante tantos meses. Hace además calor, por encima de la media del período. El acceso a la Besurta se encuentra aún abierto al tráfico privado, así que nos ahorramos el aparcar en Llanos del Hospital y depender del bus turístico. Pero no somos los únicos que han tenido la misma idea, y el aparcamiento final se encuentra completo. Afortunadamente encontramos un hueco unos 500 metros antes, y aprovechamos para almorzar con calma mientras esperamos a nuestros compañeros, que se han detenido a mesa y mantel.

¡Qué enorme diferencia respecto a hace sólo dos semanas! Del vacío total a condiciones propias de temporada alta. El Refugio de la Renclusa completo…, pero nosotros dormiremos mucho más arriba, buscando soledad y silencio. La meteo para el domingo se prevé excelente, mientras que el sábado por la tarde-noche nos podría caer algún chubasco. No sucedió tal cosa, tuvimos muchísima suerte.

Aparcados cerca de la Besurta. Divisamos la bicéfala Maladeta, con el corredor de la Rimaya a su derecha, y buena parte de la ruta de ascenso bajo la cresta de los Portillones.

Mi mochila pesa que da gusto, con la tienda, el saco, la comida y la ropa de abrigo. Los primeros pasos nunca son fáciles,pero el grupo ya está completo y es hora de partir. Son las 14.40.

¡En marcha! Foto Philipp Klein Herrero @philippklein.

Tras superar la Besurta y su bar, tomamos el bien definido sendero que atraviesa un bosquete y cruza el río antes de empezar a subir. Hasta el cruce a Aigualluts con pendiente contenida, a partir de este punto la cosa se pone más seria.

En ruta hacia la Renclusa. Foto PKH.

El camino, pisado por miles de botas cada año, es bueno y no tiene pérdida. Es así que en sólo 40 minutos ya hemos alcanzado el refugio. A esta hora no hay demasiado movimiento. Hacemos acopio de agua en la fuente y visitamos la gruta que, al otro lado del torrente, alberga una curiosa ermita. Ni que decir tiene que el torrente que drena los altos glaciares de la Maladeta y Alba está desbordante de agua. Verde rabioso que contrasta con el gris claro del granito.

La ermita de la Renclusa. Fotos propias y PKH.

Reanudamos la marcha a través de un camino que rápidamente se desdibuja entre grandes bloques graníticos. Frecuentemente la traza sirve de cauce para riachuelos de fusión, y no tardan en aparecer los primeros neveros. El avance se vuelve más penoso por la pendiente y lo caótico del terreno. Hay que atravesar un torrente caudaloso… la roca agarra muy bien, pero es el momento de una paradita para tomar aliento y comer algo.

Foto de grupo con la cresta de los Portillones al fondo.

Proseguimos nuestro ascenso cruzándonos ocasionalmente con otros montañeros que bajan del Aneto, y nos facilitan la individuación de la ruta a seguir. El tiempo se aguanta, pese a que al otro lado de la cresta fronteriza empiezan a crecer algunos cumulonimbos. Poco por debajo de los 2600 m alcanzamos un rellano rocoso donde nos ponemos los crampones. A partir de aquí la ladera por la que subimos se encuentra totalmente cubierta por la nieve. La huella traza zetas para salvar más cómodamente la gran inclinación, y la fatiga y el peso en la espalda van haciéndose notar.

Avanzando por el gran nevero. Foto PKH.

Son casi las seis de la tarde y la huella hacia el Aneto dobla hacia la izquierda al tiempo que se abre ante nosotros una explanada en el glaciar que parece hecha a propósito para montar un campamento. He aquí el punto de vivac sobre el que había leído en varias reseñas.

Aquí tenemos nuestro hotel exclusivo para la noche. Foto José Molina.

Hemos tardado poco más de tres horas en total desde los coches. No está nada mal. Ahora toca montar el campamento. Dos del grupo dormirán «al fresco», mientras el resto nos distribuiremos en cuatro tiendas. Hoy me toca estrenar tienda después de haber desechado mi vieja reliquia de más de quince años. Tenemos espacio de sobra y yo elijo instalarme cerca de la cúspide del pequeño promontorio, al abrigo de un aprisco de rocas. Tardo un poco en entender el mecanismo de montaje de la tienda, que descubro que tiene un suelo más fino de lo esperado, lo que acampando sobre nieve me preocupa un poco. Sobre todo cuando mi colchoneta hinchable no se quiere hinchar del todo… En fin, no moriré de frío tampoco. Llega el momento de la cena, y de derretir algo de nieve usando el único hornillo de que disponemos. Mi cena no es sofisticada, algo de embutido, frutos secos y dulce. No hace demasiado frío, la brisa de la tarde condensa nubes bajas que se pegan al glaciar, y estamos esperando que la montaña nos regale un atardecer digno de foto.

Organizando el campamento. Se marca la ruta de ascensión para el día siguiente.
Mi tienda. Foto Tom Mortimer.

Y las nubes nos acompañaron durante la cena… hasta que el sol poniente las rasgó regalándonos unos juegos de luces maravillosos.

Perfilados contra el Sol poniente.

Nuestro objetivo lucía más hermoso que nunca.

La Maladeta.

Y el Sol finalmente cayó bajo el horizonte, dejando el espacio a las sombras.

El Paderna abajo en primer plano y los valles nevados de Remuñe y Lliterola al fondo. Foto PKH.

Es fácil de entender para cualquiera que haya estado ahí arriba cuando cae el Sol entre celajes y una gama infinita de rojos, amarillos y ocres, cuando el frío impregna velozmente el aire enrarecido y penetra a través de la ropa, cuando la calidez del saco de dormir te llama pero permaneces inmóvil sólo contemplando, sin hablar, casi sin pensar… quien haya estado ahí arriba sabe a qué me refiero.

Esa noche dormiré mal, como temía. El aislante se desinfla y no aísla, y el suelo de la tienda, aun siendo impermeable, deja pasar todo el frío de la nieve que tengo debajo de mí. Por lo demás la noche es tranquila, aunque durante un par de horas ráfagas de viento de cierta fuerza sacuden la tienda. Pese a ello, ninguno de los vivaqueadores se acerca a pedir asilo… Antes bien, hay quien saca fotos.

La Vía Láctea en un cielo límpido. Foto PKH.

A las seis de la mañana ya se presiente el alba. Salgo del saco, me calzo las botas y descubro que el día promete espléndido.

Amanecer tras de los lejanos Pirineos del Ariège.

Entre la sesión de fotos, algunos remolones, y recoger las tiendas, el tiempo pasa más rápido de lo que me gustaría. Después del frugal desayuno toca ponerse los arneses (por si acaso, finalmente no necesitaríamos encordarnos) y los crampones. Aún no hemos salido cuando apenas 200 m por debajo de nosotros una numerosa comitiva desfila enfilando la cresta de los Portillones. Todos van al Aneto, pero poco después aparece un esquiador, con perro acompañante, que remonta decidido la pendiente a escasa distancia de nosotros. Después lo veríamos disfrutando de la bajada por el glaciar.

La nieve ya está bastante blanda a esta hora de la mañana. Con mínimas por encima de los 5ºC no cabía esperar otra cosa. Echamos a andar a las 7.45, hay alguna persona que ha salido flojita así que avanzamos con calma, haciendo un par de breves paradas. Ha transcurrido poco más de una hora desde que salimos y nos encontramos en la base del Corredor de la Rimaya. Las condiciones parecen muy buenas, y la huella está perfectamente marcada.

Remontando el Glaciar de la Maladeta. Foto PKH.
El Corredor de la Rimaya. Foto TM.

Decidimos que nadie necesita encordarse, pero tengo la cuerda de 30 m a mano por si acaso. Philipp se adelanta para ir sacando fotos desde arriba, mientras yo me quedo atrás, acompañando a las dos personas con menos experiencia. Allá vamos. Poco a poco, con atención y pie firme y sin encontrar grandes obstáculos. No hay hielo, por supuesto, pero tampoco nos hundimos en la nieve. Aunque hay una traza secundaria que en la parte alta tira hacia la izquierda, nos mantenemos por el lado derecho, menos empinado y que nos deposita sobre la cresta, junto al gran gendarme característico.

Remontando el corredor. Foto PKH.

Sobre la cresta, la vista se abre hacia la caótica vertiente sur, aún en sombra y cubierta de nieve. Al fondo, semicongelado, el gran Ibón de Cregüeña, el lago natural de origen glaciar más grande del Pirineo. Mientras organizaba la excursión consideré la posibilidad de ascender por la vertiente e Cregüeña. No habría sido la mejor idea, claramente.

Desde el collado, sólo nos restan 15 minutos hasta la cumbre, salvando grandes bloques de granito. No hay pérdida, y abundantes hitos marcan el mejor paso.

Avanzando hacia la cima. Foto PKH.

¡Y finalmente llegamos arriba! Son las 9.40 cuando alcanzamos el rellano cimero, han transcurrido dos horas escasas de marcha. El paisaje es grandioso en todas direcciones, con el Aneto y los Malditos muy cerca, por encima de nosotros. Nos sacamos la foto de cumbre reglamentaria, aunque el punto más alto está en un bloque expuesto al que hay que acceder de uno en uno.

Aquí estamos… Foto PKH.
Y en el bloque cimero, con el Glaciar de la Maladeta y la cresta de las maladetas Occidentales en primer plano. Foto PKH.
El Aneto y la cresta de los Malditos a su derecha.

Tras algo más de media hora en la cumbre toca bajar. El plan original preveía volver por el mismo camino, pero decidimos añadir un poco de picante roquero a la excursión enfilando la cresta S en dirección al collado del Abadías, desde donde se accede al Glaciar del Aneto, y a través del Portillón Superior, de vuelta a nuestro emplazamiento de vivac. Todavía queda mucha nieve, con lo que no nos parece prudente quitarnos los crampones. Esto añadirá una pequeña dificultad adicional a un recorrido técnicamente sencillo, pero al que le sobra exposición. Se permanece siempre en la vertiente de Cregüeña, y es importante seguir escrupulosamente los hitos, para evitar meterse en berenjenales innecesarios.

Los primeros metros transcurren por terreno nevado, sorteando grandes bloques, en un ambiente aún bastante seguro.

Encaminándonos hacia la cresta S de la Maladeta. Obsérvese la huella en la nieve, nos mantendremos siempre por la derecha. Foto TM.

Progresivamente la cosa se va animando, y la traza empieza a seguir viras estrechas y expuestas. El primer paso de II+ es un destrepe vertical de unos 3 m después de una de estas viras.

Progresando con el Ibón de Cregüeña 700 m más abajo. Foto PKH.
El primer destrepe comprometido. Foto PKH.

Seguimos adelante, por terreno fácil pero expuesto, alcanzando un nuevo salto menos complicado que el anterior donde estamos a punto de sacar la cuerda para ayudar a alguien que pasa algunos apurillos, pero al final se las arregla para rodear el paso sin grandes problemas.

Buen granito, buenos apoyos, pero hay que ir con cuidado. Foto PKH.

El recorrido se me hace muy divertido, me muevo sin problemas por un terreno en el que acostumbro a encontrarme menos cómodo que sobre hielo y nieve. El equipo funciona perfectamente y los más hábiles en roca echan una mano a los menos expertos para superar los puntos más comprometidos. Es un lujo tener a cuatro fuertes escaladores en el grupo. Un tercer salto no muy alto pero con cierta exposición supone el último obstáculo reseñable. Aquí mi enorme mochila me impide maniobrar cómodo, pero lo supero cara al valle aprovechándome de mis largas piernas. Me alejo para dejar espacio a los que vienen detrás.

Poco después de superar el último destrepe comprometido, observando a los que siguen. Foto PKH.

La visión del Abadías y del collado de la cresta hacia donde nos dirigimos nos va anunciando el final de las dificultades. El último tramo se puede afrontar a nivel, por una vira estrecha y expuesta con buenos agarres, o descendiendo un poco hasta casi alcanzar la canal que baja desde el collado.

Muy cerca del final de la cresta. Foto PKH.

Paso por abajo y a las once y diez alcanzo el collado del Abadías, donde Philipp y Margaret ya han llegado. En diez minutos el grupo está completo y a salvo. Ha sido una hora muy intensa y entretenida que ha añadido valor a la excursión. Ahora sólo resta bajar.

Celebrando nuestro «triunfo». Las dificultades han terminado. Foto TM.

Apenas 50 metros por encima de nosotros se encuentra el Pico Abadías, alcanzable por una fácil cresta. Estuve en su cumbre un 2 de Noviembre de 2001, hace casi veinte años. Pregunto si alguien quiere seguir hasta allá arriba, pero la gente ha tenido bastante. Decidido entonces. Todo para abajo por el glaciar. Hay una buena huella que nos acabará conduciendo a la «autopista» del Aneto. La primera parte del descenso es cómoda y rápida.

Bajando con la cresta de los Malditos de fondo. Foto PKH.

Vamos virando a izquierdas sin acercarnos mucho a la cresta de los Portillones y alcanzamos la huella del Aneto a la altura de una isla de rocas. Aquí la pendiente disminuye, hay tramos llanos y a veces la nieve cede. Unos 40 minutos después de abandonar el collado del Abadías ya enfilamos el Portillón Superior.

Nos aproximamos al Portillón Superior. Foto PKH.

Afrontamos la breve subida por roca y gravilla con los crampones puestos. Este tajo en la cresta nos permite regresar a la vertiente de la Renclusa. Encontramos a un par de conquistadores del Aneto tomándose un respiro, pero hay menos tráfico del que esperaba. Deben de estar todos arriba todavía.

Atravesando el paso. Foto PKH

Al otro lado del Portillón hay nieve y una buena huella. Allá abajo está el Glaciar de la Maladeta, del que nos separa un muro rocoso bajo nuestros pies. Hace quince años que no paso por aquí, tengo el GPS en el bolsillo y un hito me despista. Me desvío hacia la derecha, buscando bajar hacia el glaciar por terreno rocoso. parece haber una traza, pero al poco nos encontramos sobre terreno confuso entre grandes bloques de granito. No hay traza clara, me adelanto a explorar pero todo lo que encuentro son saltos de roca expuestos por los que no hay modo de bajar con seguridad. Detrás de mí, me dan una voz. Hay montañeros caminando unos veinte metros por encima de nosotros. Por allá va el sendero. Trepamos por los bloques y recuperamos el buen camino, además encontramos un chorro de deshielo que nos permite aprovisionarnos de agua. A lo tonto, mi cantimplora estaba ya casi vacía… Desde allí, tardamos quince minutos en alcanzar nuestro emplazamiento de vivac y recuperar las tiendas y sacos que habíamos dejado escondidos. Todo en orden, no había desaparecido nada.

La entropía siempre aumenta, y sorprendentemente mi mochila parecía pesar más que el día anterior, además de que literalmente no me cabían las cosas. Descendiendo por el glaciar, la bolsa con la tienda se soltó y abrió, rodando pendiente abajo y desparramando unas cuantas clavijas por el camino. Afortunadamente, estábamos a dos pasos del rellano rocoso donde nos quitaríamos los crampones. Recupero el material, lo ajusto como puedo e incrusto la bolsa de los crampones dentro de la mochila como Dios me da a entender. Además, el bastón se me ha roto. La bajada hasta el refugio, saltando de roca a roca, siempre se hace larga. Consigo mantener mi integridad física pese al armario que llevo a la espalda y que pone a prueba el sentido del equilibrio…

Bajando hacia la Renclusa. Foto TM.
Una parada para ragrupar el equipo.

Hacia las tres ya estamos en la Renclusa, un breve descanso y afrontamos el último tramo. El Sol empieza a pegar duro. Hace calor. Las clavículas sufren. Pero poco antes de las cuatro, tras 8 horas de actividad, llegamos a la Besurta. Tiempo de tomarse algo en el bar y celebrar una excursión de las que se recuerdan. Una cumbre de prestigio, glaciar, corredor de nieve, cresta de roca, un recorrido completísimo, con tiempo perfecto y un superequipo. ¿Riesgo? Sí, por supuesto, algo hubo. Forma parte del juego de la montaña, del espíritu que nos anima. Con experiencia y buen criterio se minimiza, y se convierte en un aliciente y en una ocasión de aprendizaje. Como decía Tácito, «es poco atractivo lo seguro, en el riesgo hay esperanza». De otro tipo de riesgos, de esos con los que nos llevan martirizando durante ya un año y medio, mejor no hablo. Las mascarillas se quedaron dentro de las mochilas y la distancia de seguridad era la suficiente para dar la mano al compañero en apuros o abrazarlo en la cumbre. Como debe ser, como hacen los seres humanos, no los robots sin alma. Pero sin hacer el loco. Y no, ninguno nos hemos contagiado de nada.

Traza en wikiloc (corregida para evitar el despiste bajando del Portillón):

Perfil de la excursión.

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