Entre el Valle de Aosta y el Piemonte se extiende el Parque Nacional del Gran Paradiso, instituido en 1922, el primero en Italia junto con el de los Abruzos. El origen se remonta a 1856, gracias a Víctor Manuel II, rey de Cerdeña, príncipe del Piemonte, duque de Saboya y Génova, y que en 1861 se convertiría e el primer rey de la Italia unificada. Muy aficionado a la caza del íbice (Capra ibex ssp. ibex), conocido como stambecco en italiano, y ante la alarmante disminución de su población, estableció un coto de caza real, que su nieto Víctor Manuel III convirtió en Parque Nacional. El parque está repleto de senderos que antaño fueron caminos de caza, y las referencias a la Casa Real italiana son numerosas; de hecho el Refugio más importante de la vía normal al Gran Paradiso, punto culminante de Parque y su único cuatromil, lleva el nombre de este rey. Por cierto, el topónimo «Gran Paradiso» no hace referencia al jardín del Edén, sino que procede del «Granta Parei» de la lengua valdostana, que significa «gran pared». Hoy todavía hay un pico en el Parque, en la cabecera del valle de Rhêmes, que conserva este nombre.

Sin duda este parque es una de las joyitas de la naturaleza italiana y de todo el arco alpino, de cuyo eje principal se encuentra desgajado, ocupando más de 700 kilómetros cuadrados al suroeste del Valle de Aosta, en la derecha hidrográfica de la Dora Baltea, afluente del Po. Del valle principal carreteras secundarias sin salida se adentran en valles de gran belleza, en cuyas cabeceras aún persisten aparatos glaciares de envergadura. Son, de oeste a este, la Valgrisenche (fuera del Parque), la Val de Rhêmes, la Valsavarenche y la Valnontey. Entre estas dos últimas discurre el alto cordal donde se ubican las mayores elevaciones de este sector alpino: Gran Paradiso (4061 m), Grivola (3969 m) Becca de Montandayne (3838 m), Herbetet (3778 m), Tresenta (3609 m) o Ciarforon (3642 m). La parte meridional del Parque se extiende por la región del Piemonte.

Es precisamente desde el Piemonte que una de las carreteras asfaltadas más altas de Italia penetra en el corazón del Parque. Remonta el Valle del Orco, de este a oeste, pasando por Noasca y Ceresole Reale antes de escalar decidida hacia los vistosos lagos de Serrù y girar hacia el norte para alcanzar el Colle del Nivolet (2612 m), un austero tajo en la montaña en el límite con el Valle de Aosta. Desde aquí divisamos el bucólico Pian del Nivolet, un encantandor valle suspendido que aloja dos bonitos lagos y el Refugio Savoia (2532 m), punto de partida de múltiples excursiones, que se alcanza un kilómetro más abajo. La vía asfaltada continúa bordeando el lago durante un kilómetro más, y muere allí mismo. Existió un proyecto de ingenieria para unir el Piemonte y el Valle de Aosta mediante esta carretera, pero la vertiente valdostana permaneció inconclusa. Desde este punto 8 kilómetros de pista y camino nos separan de Pont de Valsavarenche, a 1900 m. Este constituye un punto de inicio alternativo cuando en los fines de semana de verano queda prohibida la circulación de vehículos privados por la carretera del Nivolet a partir los lagos Serrù (hay servicio de autobuses lanzadera hasta el refugio).

Uno de las actividades más interesantes que se puede realizar desde aquí es la ascensión al pico Taou Blanc (3438 m). Por varios motivos. Se trata de una montaña con una altitud nada desdeñable en el contexto del macizo del Gran Paradiso, tratándose de una de las más elevadas de los cordales que cierran la Val de Rhêmes. Su posición le permite ser un mirador perfecto a 360º. La ascensión, que salva unos 1000 m de desnivel, no es muy fatigosa pero tampoco se trata de un paseo regalado. Técnicamente es sencilla, pero a partir del Colle Leynir exige algo de escalada elemental y no se encuentra exenta de exposición, Finalmente permite visitar espléndidas cuencas lacustres, como la de los lagos Rosset y Leità, y avistar otras, como la de los gemelos lagos Trebecchi. Como se ve, una de esas actividades que lo tiene todo para dar gran satisfacción al montañero.

Así que para allá vamos. En fin, se trata de una ascensión vintage, realizada el 1 de Julio de 2006. Habrá que decir, con Carlos Gardel, aquello de «veinte años no es nada», sólo que en este caso las nieves del tiempo que cubrieron la sien son las que desaparecieron de los glaciares. Todavía quedan, sí, pero cada vez menos y más pequeños.
El viaje desde Milán es largo y llegamos al aparcamiento hacia las once de la mañana. Tomamos el empinado y bien señalizado sendero que parte justo detrás del refugio y nos conduce, en 15 minutos y por terreno herboso, al Alpe Riva (2590 m) y de aquí, con moderada pendiente, a los «Piani del Rosset», donde se encuentra el lago homónimo (2703 m). Nuestro sendero deja el lago a la izquierda segín subimos, hay que estar atentos para seguir siempre las indicaciones al Colle Leynir, ignorando el camino que parte a la izquierda hacia el Colle Rosset, y que pasa por la orilla opuesta del lago. Este magnífico espejo de agua es un lago natural, abundante de peces, y con una característica isleta llamada cappello di prete (sombrero «teja» de sacerdote). Detrás, semioculto, el más pequeño Lago Leità. Son las doce, y el lugar invita a detenerse y tomar fotos. Los prados de alta montaña, de un verde intenso, dominados por la característica silueta trapezoidal de la Punta Basei (3387 m), con un glaciar entonces aún vigoroso, enmarcan los lagos.

Se prosigue por el antiguo camino real de caza, dejando a la izquierda el lago, en dirección norte. Al poco el panorama se hace aún más imponente.

Sigue un tramo de fuerte pendiente y después una zona más llana donde los prados de alta montaña ceden su lugar a vastas graveras, en un paisaje casi lunar. El sendero, siempre claro y señalizado con hitos y marcas de pintura amarilla, vuelve a ganar pendiente para depositarnos en un lomo rocoso (2952 m) tras el cual se encuentra el valle de Leynir. Con un breve descenso nos adentramos en él, encontramos una bifurcación en la que podemos escoger cualquiera de las dos opciones (la izquierda es más breve) y a continuación un tramo más empinado por terreno arenoso (cuidado al bajar, resulta particularmente resbaladizo) nos conduce al Colle de Leynir (3084 m), a la derecha de la airosa punta del mismo nombre. El panorama es estupendo, divisamos a nuestro pies los glaciares de la Val de Rhemes, así como los macizos del Gran Paradiso y el Mont-Blanc. Como curiosidad, hasta aquí es posible llegar en bicicleta de montaña. El sendero prosigue descendiendo por la vertiente opuesta, a través del valle de Vaudalaz, para alcanzar Thumel, al final de la carretera de la Val de Rhëmes. Este constituye otro posible punto de partida para la subida al Taou Blanc, si bien con un desnivel acumulado superior a los 1500 m, mucho más exigente que desde el Nivolet.

Para alcanzar la cumbre del Taou Blanc giraremos a la derecha desde el collado, superando con fácil escalada un pequeño muro que nos deposita en un altiplano esquistoso por debajo de la cresta que conduce a la cima. Hay que superar una cuesta por rocas claras, después la traza nos lleva hacia la ancha cresta, en la cual bastará seguir los hitos hasta la cima. Son pasadas las cuatro de la tarde y el panorama es grandioso en todas direcciones. A pocos cientos de metros hacia el Norte, y a nuestra misma altura, sobre la cresta que delimita el glaciar homónimo, se encuentra el pico de l’Aouillé, Mucho más allá, entre brumas, la posición externa al eje de la cadena, en el interior del «codo» del arco alpino, nos permite adivinar los grandes colosos del Valais, el Grand Combin, la Dent Blanche, el Weisshorn o el Cervino. Hacia el Noroeste, el Mont Blanc y sus satélites. Hacia el Oeste, los cercanos picos fornterizos, con la Aiguille de la Grande Sassière (3747 m) medio cubierta por las nubes y la Vanoise detrás. Hacia el Sur, los airosos cordales perpendiculares a la cadena axial y que delimitan los Valles de Lanzo, con los picos de Ciamarella (3676 m) o Levanna (3619 m). Y hacia el Oeste, muy cerca, el Gran Paradiso y sus satélites, picos que como en el caso de la Tresenta o el Ciarforon, resultan a menudo más técnicos y peligrosos que el punto más elevado del macizo.






Emprendemos el descenso intentando no demorarnos mucho, ya que empieza a ser tarde. A estas horas ya nos encontramos solos en la montaña. Distinguimos perfectamente el camino que hemos seguido y que deberemos deshacer íntegramente.

Llegamos al Colle Leynir sin incidencias, descendemos el valle y remontamos hasta la cresta desde donde el camino baja derecho hacia el Lago Rosset. Son casi las siete de la tarde y la montaña se tiñe de dulce.

El ambiente invita a relajarse y disfrutar. A nuestra izquierda aparecen el Lago Nero y los curiosos Lagos Trebecchi, conectados por un canal. Hay una traza que desciende hacia ellos y que nos sacaría al camino que desciende del Nivolet a Valsavarenche, a unos 3,5 km del refugio.

Pero aún nos queda una sorpresa, de esas que la montaña reserva a quienes la recorren «a deshoras», cuando atardece y los excursionstas ya están de vuelta en el refugio o conduciendo hacia casa. El animal símbolo del Parque, el íbice alpino, se dejó ver, y de qué forma. Disfrutamos del espectáculo un buen rato, hasta que escaparon y los perdimos de vista. Todo un regalo para redondear la jornada.


El resto del camino hasta el refugio no tuvo mayor historia. Esta vez no tocaba quedarse a pernoctar. El largo viaje de vuelta a casa se hizo más llevadero después de un más que agradable día de montaña.
Datos de la actividad
Longitud: 12 km
Desnivel: 920 m
Dificultad: F+
Equipamiento: Botas de montaña y bastones. A principio de estación se podrían encontrar neveros y ser útiles los spikes.
Traza GPS (Wikiloc) aquí.





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