Hay ascensiones en los Pirineos que imponen por su extraordinaria demanda física, y que cualquier pequeño contratiempo puede frustrar. Si esto se combina con un itinerario elegante y natural, comenzando desde el fondo de un valle principal y sin recurrir a carreterillas o pistas de altura que faciliten la aproximación, nos encontramos ante un desafío de esos que gustan. Y el paradisíaco Valle de Pineta, recorrido desde Bielsa por una carretera de suave pendiente que conduce a la Pradera de Pineta y el parador homónimo, a menos de 1300 m constituye el punto de partida de varias de tales excursiones. Probablemente la más grandiosa de todas sea la ascensión al Monte Perdido por su cara Norte, pasando por el Balcón de Pineta. Menos técnica, pero con un desnivel apenas inferior, es la de La Munia, pasando por los Lagos de Lalarri. Y finalmente, hablando de tresmiles, tenemos la del Pico Añisclo, o Soum de Ramond (3257 m), la más oriental de las Tres Sorores, previo paso por la Punta de las Olas (3022), que forma el zócalo sobre el que se asientan los gigantes del Parque de Ordesa.

Plano de la excursión.

Era pues el Soum de Ramond, o Pico de Añisclo, el objetivo de nuestra salida de inicio de temporada. Desde hace pocos años rigen en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido unas más que discutibles restricciones en la práctica del vivac, que en el sector Pineta está prohibido por debajo de los 2600 m. Las inmediaciones del amplio Collado de Añisclo (2453 m) ofrecen algunas óptimas ubicaciones con majestuosos panoramas hacia la artesa glaciar de Pineta y la remota parte alta del cañón de Añisclo; sin embargo, con un grupo de once personas ignorar la normativa no es una opción prudente.

Esto nos lleva a consideraciones de tipo más general que explican el no haber conseguido el objetivo principal, y que constituyen valiosas lecciones para una ocasión posterior. Un grupo más numeroso es siempre más lento, obvio. La elección de la temprana estación tiene la indudable ventaja de disponer de más horas de luz, menos calor y presencia de abundante agua, esencial en una carrera tan larga, pero al mismo tiempo la persistencia de neveros en la parte alta obliga a cargar con piolet y crampones. Finalmente, la especial relevancia de la meteorología cuando hay que caminar tantas horas, ya que las tormentas vespertinas acortan el tiempo útil a disposición. Valórense pues estos factores a la hora de planificar una ascensión que requiere rigor y método.

En pocas palabras, nuestro objetivo era alcanzar la cima del Añisclo en una larga josrnada partiendo de los 1240 m del Refugio de Pineta, en la cabecera del Valle del Cinca. Llegaríamos para la cena de las ocho el viernes, para partir temprano el sábado y regresar nuevamente al Refugio, idealmente con tiempo para cenar antes de un buen merecido descanso.

Buscando la señal de móvil en el exterior del Refugio de Pineta.

Este refugio está bien organizado, con dormitorios subdivididos en departamentos de cuatro literas, baños y duchas limpios, y comidas aceptables. El personal es amable, y no perdieron ocasión de explicarnos los detalles de la ruta en su parte superior. Insistieron en la presencia de nieve y la necesidad de llevar piolet y crampones. Tambien mencionaron el «truco» para acceder más rápidamente a la Punta de las Olas, que más tarde erraríamos.

Tras una noche mas o menos tranquila nos levantamos para tomar el desayuno a las seis menos cuarto, un poco tarde considerando la prevision de tormentas vespertinas que reducía el margen de tiempo disponible para la excursión. Nos ponemos en marcha hacia las seis y media, dejando a la derecha la traza del GR11 que da un rodeo subiendo hasta el puente de Pineta para regresar por la orilla derecha del Cinca, y siguiendo rectos a buscar el cauce del río, que hay que vadear dado que (ya) no hay puente. Baja impetuoso, hay que descalzarse y arremangarse o quitarse los pantalones largos; los bastones son aquí de gran ayuda para no perder el equilibrio. Me acuerdo de mis experiencias por los Highlands escoceses, donde estos vadeos eran de lo mas común; las he pasado mas feas…

Tras el vadeo del Cinca.

El nivel de las aguas puede variar enormemente en cuestión de semanas. Volví a la misma zona a finales de verano, comencé a seguir los hitos para ir a buscar el río, que no aparecía… Al final, convencido de haber equivocado la ruta, decidí retroceder, me metí en un caos de cantos buscando el punto de vadeo, y finalmente acabé tirando de GPS para recuperar la traza de Junio. Ahí me percaté de que la dirección inicial era la correcta, solo que el río no estaba, y ya me encontraba a punto de embocar la subida al collado de Añisclo en el momento en que me di la vuelta. Imagino que en pleno deshielo, durante el mes de Mayo, aquí uno se puede encontrar con serios problemas.

Ahora sí, en camino.

En definitiva, que una vez cumplido el rito del vadeo y volver a calzarnos las botas, a las siete estamos listos para empezar a caminar en serio. Los primeros metros transcurren llanos bajo las hayas, los bosques que cubren estas laderas son primorosos. El boj nos recuerda que estamos en un area de dominio mediterraneo, y carrizales y sauces jalonan las riberas. En las inmediaciones de las numerosas cascadas que se despenan por la muralla proliferan los musgos y helechos, creando estampas que llegan a recordar a los bosques valdivianos del sur de Chile. Los pinos rojos (Pinus sylvestris), los abetos (Abies alba), y el pino negro (Pinus uncinata) en las zonas más altas son las especies arbóreas dominantes en esta zona.

El agua rezuma por todas partes.

Sin pérdida posible, el camino comienza a subir y en este punto hay un poste de señalización. A la derecha se va por el GR11 al puente de Pineta, rectos hacia el collado de Añisclo y el refugio de Góriz. Pues no hay mucha duda aquí. El camino al principio es relativamente cómodo pese a la pendiente. La mañana está cargada de humedad y se suda profusamente.

Primer tramo del GR11 en la subida al collado de Añisclo.

El camino da un breve respiro al penetrar en el Barranco de la Solana, media hora después de haber iniciado la subida. El agua corre abundante y hay que hacer equilibrios de canto a canto para salvar el torrente.

Cascada en el Barranco de la Solana.

Superado el torrente el sendero vuelve a penetrar en el bosque y gira hacia la izquierda, desdibujándose y aumentando la pendiente. Después, sigue subiendo a media ladera por terreno más expuesto. Al cabo de una hora de camino nos damos un respiro y disfrutamos de las vistas que empiezan a abrirse sobre el Valle de Pineta.

La altura que hemos ganado sobre el valle da una idea de la pendiente del sendero.

Proseguimos por un camino que se va volviendo más incómodo, con numerosos afloramientos rocosos que imponen fáciles trepadas. No faltan pequeñas cascadas desplomándose desde las alturas. Entiendo que este sea el tramo más temido por los excursionistas que recorren el GR11, la vía transpirenaica española. En condiciones de humedad, y cargando una mochila pesada, descender por aquí requiere especial precaución.

El camino, sin ser nunca difícil, se vuelve más incómodo.

Atravesamos un paso con cadenas y una zona de zigzags para seguir subiendo por dentro del bosque, y ganando vistas hacia el fondo del valle de Pineta, circundado por airosas cimas.

Vista hacia el fondo del valle. De izquierda a derecha, los picos de Pineta (2859 m), Garién (2720 m) y los dos Montraspos a la izquierda del dominante pico de la Capilla (2826 m). A su derecha la Canau (2768 m).

En las inmediaciones del cruce con el sendero de la Faja Tormosa, cuyo acceso encontramos cerrado, el GR11 gira a la izquierda y acomete directamente la pared, yendo a buscar el collado de Añisclo ya sin contemplaciones.

El camino sale del bosque para atacar directamente la ladera que nos domina.
En las inmediaciones de la fuente.

Tras una serie de zigzags el sendero sale a terreno totalmente despejado y podemos ver lo que nos espera. Serpenteando por praderas de altura, encontramos sobre los 2000 m, a ras de suelo, a la derecha, una fuente, donde rellenamos las cantimploras y camelbacks. Se continúa subiendo por terreno cada vez más pedregoso; el camino vira hacia la izquierda para salvar una cresta, penetra en un corredor de derrubios que se atraviesa siguiendo los hitos, y alcanza el borde opuesto. El cansancio empieza a hacerse notar, tiempo para un nuevo alto en el camino.

El sendero rodea una cresta.
Unmomento de reposo.

El camino impone alguna trepadita sin mayor complicación, pero el calor ya se hace sentir en los interminables zigzagueos que nos van acercando al Collado de Añisclo. El grupo se alarga y dispersa.

El sendero, pedregoso pero bien marcado.
Ya estamos llegando…

Finalmente, a las once menos veinte alcanzamos nuestra ansiada primera meta. Ya vamos tardando un poco más de lo previsto y hay miembros del grupo que lo están pasando mal. Desde aquí ya divisamos nuestros objetivos, que se ven relativamente cercanos. La Punta de las Olas, con su antecima en primer plano, y detrás el Pico Añisclo y la Punta Tormosa o Baudrimont SE.

El Collado de Añisclo (2453 m) con gran hito y poste indicador.

Las vistas son naturalmente amplísimas, con el valle del Cinca al norte y el cañón de Añisclo al sur, en disponsición perpendicular al valle de Pineta. Siguiendo la cresta, el escarpado Pico Inferior de Añisclo nos domina hacia el SE. Encontramos aquí a un excursionista que ha llegado desde Góriz y se dirige al Refugio de Pineta. Sería la única persona que veríamos hasta la cima de las Olas. Una vez reunidos todos, seguimos adelante. Es preciso estar atentos porque aquí el GR11 se bifurca, ofreciendo dos alternativas para llegar al Refugio de Góriz. La primera desciende hacia la Fuenblanca, en el alto cañón de Añisclo, a unos 1800 m, imponiendo por tanto remontar un desnivel positivo adicional; a cambio, no presenta peligros objetivos relevantes. Se trata del camino que aparentemente se dirige hacia la Punta de las Olas, pero en claro descenso. Es importante no equivocarse y evitar continuar por aquí, más bien habrá que seguir por el GR11 alternativo, cresteando para alcanzar la modesta Punta del Valle (2501 m) y bajar suavemente al otro extremo del collado, también denominado Collado de los Maquis. Alternativamente se puede llegar aquí rodeando la Punta del Valle siguiendo trazas de sendero por la pedrera.

Atraversando hacia el collado de los Maquis. A la izquierda se distingue la baliza del GR11 que desciende hacia la Fuenblanca. Frente a nosotros, los objetivos del día. En rojo, la traza que finalmente seguiríamos,en azul la ruta por la faja natural que no encontramos, en verde la alternativa más directa por la pedrera.

A partir de aquí el sendero vuelve a subir, y tenemos que estar atentos a seguir las marcas blancas y rojas, que pronto se desviarán a buscar la Faja de las Olas, con un pronunciado giro a la izquierda. De seguir rectos iríamos a la embocadura de la pedrera que desciende de la Punta de las Olas (la opción más breve, pero también la más fastidiosa, para alcanzar su cumbre), y aún más allá llegaríamos a las terrazas de Bellevue. Por aquí pasa una bella vía alternativa para subir al Añisclo, que impone algún paso de III en roca.

Collado de los Maquis

Encontramos el cruce sin problemas y nos vamos metiendo «en harina». El camino pasa bajo una muralla por la que se despeña una vigorosa cascada, imponiendo precauciones por la roca mojada al pasar bajo ella. Un breve descenso y en pocos minutos entramos en la faja propiamente dicha, encontrando las primeras cadenas, colocadas para facilitar la progresión sobre unas lajas inclinadas con cierta exposición a la izquierda.

Sigue un tramo sencillo y enseguida llegamos al punto clave, un salto rocoso que nos deposita en lo alto de un corredor de roca suelta que se flanquea lateralmente. Ambos pasos, donde una caída podría tener serias consecuencias, están auxiliados por cadenas, siendo el primero, que impone un poco de juego de piernas, el más complicado.

Salto con cadenas y arranque del corredor.
Descolgándome por la cadena de la pared que flanquea el corredor.

Y aquí es donde nos deberíamos haber desviado por la «faja natural», en vez de descender siguiendo las marcas del GR-11. Pero es que por más que miramos no fuimos capaces de identificar el paso que permitía seguir rectos, evitando las cadenas. El pragmatismo se impuso, daríamos un rodeo pero manteniéndonos en un sendero seguro. Pocos metros después de la salida del corredor pasamos bajo la surgencia que constituye el segundo punto de agua «seguro» de nustro recorrido.

Parada para avituallar agua justo después de la salida del corredor, que se intuye a la derecha.

El sendero prosigue bien marcado y sin apenas pendiente rodeando la Punta de las Olas, hasta que, pasadas las doce, cuando ya se da vista al cañón de Ordesa, a unos 2660 m de altura, un hito indica el arranque de la traza que a la izquierda remonta la fatigosa pedrera de la vía normal de la Punta de las Olas. Por ahí nos metemos, el tiempo empieza a nublarse; las previsiones parece que se cumplen, y ya vamos tarde.

Inicio del sendero hacia la Punta de las Olas.

La subida es empinada, no da tregua y yo empiezo a sentir que mi estómago no va bien. Ralentizo hasta encontrar un ritmo cómodo. La pedrera, que se extiende hasta la antecima de las Olas, se eme hace interminable.

Remontando la ladera sur de la Punta de las Olas, con el Cañón de Añisclo al fondo.

La antecima por fin se hace visible, según el cielo se cubre cada vez más.

Cerca de coronar la antecima de las Olas.

Desde la antecima siguen unos metros prácticamente llanos hasta alcanzar una especie de canal donde hay que apoyar las manos, pero es una trepada sin secretos que una vez superada nos deja a menos de cinco minutos de la cumbre.

Corredor de las Olas, vista en descenso.
Ahora sí, la cumbre de las Olas está al alcance de la mano.

Finalmente, tras no poco sufrimiento, alcanzo los 3022 m de la cumbre a la una y cuarto. El tiempo claramente se está deteriorando, y pocos son los miembros del grupo que se sienten lo bastante en forma como para intentar llegar al Pico Añisclo. Hemos tardado seis horas, hemos ido más lentos de lo previsto pero sobre todo estamos pagando el haber salido demasiado tarde, en buena medida «forzados» por el horario de desayuno del refugio.

Foto de cumbre, con el Pico Añisclo ahí mismo.

El paisaje ha cambiado, hemos pasado de las vistas profundas hacia los cañones y valles a un desierto mineral donde la nieve hace aparición de forma más consistente. La pared suroeste del Pico Añisclo aparece en primer plano, y detrás se insinúa el Monte Perdido. A la derecha una montaña más modesta nos llama la atención; se trata del Baudrimont SW o Punta Tormosa. Esta yo la tenía como tresmil adicional de vuelta del Pico de Añisclo, pero ahora se convertía en una alternativa al objetivo principal de la excursión.

Vista desde la cumbre de las Olas, con el Añisclo a la izquierda y la Punta Tormosa en el extremo derecho.

Con una previsión meteo óptima nos habríamos planteado seguir hasta el Añisclo, visto que tendríamos luz hasta las diez de la noche. Pero había que cambiar de planes, así que entre darnos la vuelta y proseguir hasta la punta Tormosa nos decidimos por añadir un segundo tresmil a la buchaca. Así que emprendemos camino por la vertiente contraria, descendiendo dulcemente por el lomo de la cresta pedregosa (NW), en dirección a la amplia vaguada de derrubios (2965 m) que constituye la terraza superior paralela a la de Bellevue, entre la Olas, el Añisclo y la Punta Tormosa.

Bajando la Punta de las Olas.

En el collado, a nuestra izquierda según descendemos, se encuentra la sima de las Olas, la cavidad más alta de Europa. No tenemos tiempo de ir a buscarla. Vamos siguiendo trazas entre la roca y la nieve que se desvían a la derecha, con hitos dispersos, buscando nuestro objetivo. El terreno no es empinado pero la roca está muy descompuesta. Empiezo a subir por la cresta noroeste del pico, pero pronto nos damos cuenta de que nos conduce a pasos complejos y muy expuestos hacia la izquierda, así que volvemos a bajar e iniciamo un flanqueo hasta que encontramos el camino bueno remontando un empinado nevero. Aquí al menos sacaremos partido de los crampones que hemos cargado durante horas.

La ruta correcta de subida a Punta Tormosa.

Algunos del grupo, entre el cansancio y la visión de la pendiente nevada prefieren esperar abajo. No obstante, la nieve está bastante bien y se avanza con seguridad.

El nevero de acceso a Punta Tormosa, en bajada.

Salimos del nevero a una traza por piedra suelta que gira a la izquierda y tras una fácil grimpada nos deposita en un colladito a pocos metros de la cima. Desde aquí la vista del Pico de Añisclo es privilegiada. Hay un tentador y ancho corredor a la izquierda del pico que, sin embargo, obliga a escalar los últimos metros. La vía más simple es «por detrás», accediendo a la arista noroeste por alguno de los pequeños corredores nevados a la derecha de la cumbre.

En la cima de Punta Tormosa, vista de lujo sobre el Añisclo.

La cumbre del Monte Perdido aún está libre de nubes, aunque poco le falta. Hay una bestialidad que algunos montañeros fuera de los común son capaces de llevar a cabo en una sola jornada, la travesía de las Tres Sorores. Alcanzado el Pico Añisclo, encadenarlo con el Monte Perdido, bajar por la Escupidera y subir al Cilindro, para ir al Collado del Cilindro, emprender la delicada bajada al Balcón de Pineta y desde ahí vuelta a Pineta. Una actividad tan completa como abrumadora.

El Monte Perdido y a la derecha, el Baudrimont NW.

Desde aquí también divisamos la cumbre hermana, Baudrimont NW, y el Lago Helado de Marboré, cuya superficie aún hace bastante honor a su nombre. Pero son ya las dos y cuarto y no nos podemos demorar mucho aquí arriba. Así que volvemos por donde hemos subido, y vamos a buscar nuevamente la Punta de las Olas, cuya cumbre coronaremos por segunda vez en un día.

Regresando hacia la Punta de las Olas.

Son casi las tres cuando pasamos nuevamente por la cumbre. Mis molestias de estómago ya son historia y me siento mucho mejor. No nos detenemos y bajamos abuen ritmoo, pero hay dos personas que lo están pasando un poco mal. Hacemos un descanso al volver al cruce con el GR11 para poder esperarlos. Me quedaré con ellos a cola de pelotón mientras los más rápidos se apresuran a volver al Collado de Añisclo.

Desde el cruce con el GR11 se aprecia el vertiginoso flanqueo de la Faja de las Olas y detrás el amplio Collado de Añisclo.
No hay tiempo que perder.

El tramo hasta el paso de cadenas se hace incómodamente largo. En subida impresiona menos, eso sí, y muchos remontamos por el fondo del descompuesto canal hasta el salto de roca.

De regreso por el paso de las cadenas.

Superado este paso, no nos queda sino bajar con precaución por la zona de las lajas y superar la «ducha» que a esta hora cae con más fuerza que por la mañana. Alguno se empapa hasta los huesos. En bajada y con el tiempo deteriorándose empieza a tener menos gracia.

El «paso de la ducha».

El collado de Añisclo se ve próximo, y allí nos volvemos a reagrupar. A las cinco de la tarde emprendemos el descenso. No tengo cobertura para avisar al refugio que llegaremos justitos para la cena. Algunos metros más abajo consigo finalmente comunicarme con ellos. Me dicen que con calma, que no corramos.

El Collado de Añisclo, ya cercano.

Los más veloces echan a correr cuesta abajo mientras yo voy cerrando junto a los más lentos. En bajada el sendero es incómodo, pero podemos «disfrutar» de casi tres horas de auténtico sabor montañero. La montaña es uno de esos raros entornos donde se pueden combinar la fatiga, el temor y el goce estético en el mismo lugar, en el mismo momento. Porque según bajamos escuchamos truenos no lejanos, y frente a nosotros la granizada cubre de blanco la Munia y la Robiñera. Pero es tan agradable ese olor a tormenta de las tardes de verano, y las primeras gotas de lluvia en el rostro… Nos detenemos brevemente a la altura de la fuente, el bosque ya está próximo, y ahí estaremos menos expuestos.

La tormenta se abate sobre la cresta fronteriza y la Robiñera se vela de blanco.
Bajando hacia el bosque, que se adivina ya allá abajo.

El tiempo parece dar una tregua durante una hora, hasta que entramos en el bosque tupido de la parte baja… y aquí se abren los cielos y comienza el diluvio. El hayedo se vuelve mágico, nos protege, y sólo cuando lo abandonamos en las inmediaciones del río nos empapamos en cuestión de segundos. El Cinca baja aún más impetuoso que esta mañana, y el vadeo exige concentración y equilibrio. Son casi las ocho, tras trece horas de actividad, cuando llegamos de vuelta al refugio. La ducha puede esperar, la cena no. Mañana será otro día, y la lluvia constante nos regalará los encantos de Aínsa en un marco inusual. Hay que hacer de turista de vez en cuando, que los Pirineos no son sólo montañas.

Datos de la actividad

Longitud: 22 km

Desnivel: 2200 m

Dificultad: F+. Pasos expuestos en la Faja de las Olas.

Equipamiento: Botas de montaña y bastones. Piolet y crampones según época. Casco útil.

Traza GPS aquí.

Altimetría de la excursión.

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