A finales del 2023 un grupo del Club Alpino Barcelona nos fuimos a Chile para intentar la ascensión del volcán más alto del mundo, el Ojos del Salado, que con sus 6893 m es también la montaña más elevada del país y la segunda de los Andes (y de toda América, del hemisferio sur y del hemisferio occidental, ahí es nada). Habíamos conformado un potente grupo de seis personas, muy buen número, con experiencia montañera, pero ninguno de nosotros había estado nunca a semejante altitud, y salvo en mi caso, supondría el primer seismil para todos. Así que el desafío, pese a tratarse de una montaña «fácil» desde el punto de vista técnico, era mayúsculo. Por la altitud, por el frío, por el aislamiento, y por prescindir de guías, porteadores, muleros o cualquier tipo de apoyo logístico externo. Todo el diseño y ejecución de la expedición dependería íntegramente de nosotros. Más satisfactorio y más económico, pero también más esforzado e incierto.
De los particulares del gran objetivo del viaje ya hablaré en su momento. Y es que antes de plantearse siquiera acercarse al gigante es necesario llevar a cabo una concienzuda aclimatación. Esto es fundamental para alcanzar la cumbre de cualquier cima por encima de los 6000 m; ciertamente no la garantiza, ya que en este entorno muchos otros factores pueden trastocar nuestros planes. Pero lo cierto es que sin ella no sólo es casi imposible llegar arriba, y si lo conseguimos será al precio de un inmenso sufrimiento, sino que literalmente nos jugamos la vida. Los edemas pulmonar y cerebral matan, y no sólo en el Himalaya. Llevábamos con nosotros medicación (aspirina, acetazolamida y dexametasona) para hacer frente a emergencias, y una hipotética evacuación a cotas bajas sería relativamente sencilla. Pero prevenir y hacer las cosas bien es siempre la mejor estrategia.

Las expediciones comerciales al Ojos del Salado suelen durar 14 días de media. Se sube a los 4500 m del Campo Base en la Laguna Verde y se aclimata haciendo cimas cada vez más altas en los alrededores. Logísticamente es simple, contando con llevar consigo todo el agua y víveres imprescindibles, y hay variedad de montañas al alcance de la mano. Sin embargo, encuentro que este tipo de estrategia, quedarse durante días y días en el mismo sitio mientras se aclimata, es aburrido. Y mientras que dormir tan alto facilita que la fisiología corporal se adapte velozmente, conlleva un precio, sobre todo considerando la incomodidad asociada a dormir en campamento. El cuerpo se desgasta al tiempo que se aclimata… En el Himalaya seguramente no hay alternativa, pero los Andes, y especialmente en Chile, ofrecen amplio espacio para la creatividad. Mi ideal era un viaje que valiera la pena por sí mismo, aun cuando fallara el objetivo montañero principal. Y el Altiplano se presta estupendamente para este fin.
Conozco bien esta zona. Situada en el norte de Chile, sobre la frontera con Bolivia, aquí se abre todo un mundo de posibilidades para combinar el proceso de aclimatación con el turismo y la exploración. Además está bien servida de carreteras de altitud y es posible alojarse en hostales y pensiones, facilitando así la logística y el buen descanso, sin perjuicio de una buena aclimatación. El lugar que elegiría para hacer de campamento base sería la pequeña localidad de Putre, en el extremo norte del país, excelentemente comunicado junto a la carretera internacional Arica-La Paz. A poco más de una hora en auto del punto de partida de los seismiles de la zona, se encuentran aquí todos los servicios, hoteles, restaurantes y supermercados, necesarios para una estadía confortable. Mientras que sus 3500 m de altitud permiten dormir a una cota lo suficientemente elevada como para permitir una buena aclimatación.

Esta estrategia de aclimatación presenta dos inconvenientes principales. El primero, obvio, es la distancia. Más de 1500 km separan Putre de la Laguna Verde. Disponiendo sólo de 18 días (incluyendo los vuelos transoceánicos), sacrificar dos para el traslado es algo a tener en cuenta. El segundo es que limita mucho el período en el que se puede llevar a cabo la expedición, ya que los regímenes climáticos de ambas regiones son muy diferentes. Mientras que el Ojos del Salado se sitúa en el área subtropical, el Altiplano lo está en la tropical. ¿Y qué significa esto? Pues que en el Ojos la estación idónea es el verano austral, de diciembre a marzo, que es cuando hace menos frío y menos viento, algo parecido a lo que sucede en nuestras montañas europeas (con la diferencia de que aquí apenas hay precipitación). Sin embargo en el Altiplano lo es de mayo a octubre, la estación seca, igual que sucede en la Cordillera Real o en los Andes peruanos; en todo caso aquí hay que evitar el verano, que es justamente cuando entran las nubes procedentes del Amazonas y descarga la poca lluvia y nieve que recibe esta región a lo largo del año. A este período le llaman “invierno boliviano” o “altiplánico”. Hay que insistir en que el invierno austral en el Altiplano, aún siendo frío, es poco ventoso y perfectamente gestionable para un montañero bien equipado. Nada que ver con las atroces temperaturas y los vientos huracanados que se dan en la Puna en torno al Ojos, donde la sensación térmica puede caer fácilmente bajo los -50ºC. Teniendo esto en cuenta, decidimos viajar a finles de noviembre y principios de diciembre, combinando el final de temporada en el Altiplano con el inicio en la zona de Ojos. Una combinación arriesgada que nos acabó saliendo bien.
25-26 de Noviembre. Vuelo transoceánico y llegada a Calama.
No es sencillo empaquetar todo lo necesario para una expedición andina en un petate de 90 litros con peso máximo de 23 Kg y una mochila de equipaje de mano. Mis botas La Sportiva Nepal Cube de la talla 49 ocupaban casi la mitad del petate. Piolet y crampones habían entrado, no así el saco de dormir, que tendría que alquilar en Copiapó. La salida de Barcelona es a las 10.50, así que el madrugón es relativo y llego a tiempo para encontrar a mis compañeros en la cola del mostrador de facturación de Iberia, que como de costumbre es larga y lenta. Afortunadamente ninguna maleta se pasa de peso y la azafata nos aconseja pasar el control de seguridad por un acceso poco conocido, que resultó ser el que usan los del puente aéreo. Auténtica experiencia VIP, sin esperas y con guardias de seguridad amables y sonrientes. El vuelo de enlace a Madrid transcurre con normalidad y transbordamos a la Terminal 4S de Barajas sin agobios, desde donde parte nuestro Airbus 350 rumbo a Santiago poco después de la una y media. Ya estoy acostumbrado a este larguísimo vuelo de trece horas, pero esta es la primera vez que lo hago de día, hasta ahora siempre había salido pasada la medianoche. Apenas hay turbulencias, ni siquiera al sobrevolar el Atlántico ecuatorial o cuando atravesamos la cordillera de los Andes. Eso sí, Iberia nos mata de hambre en esta ocasión. Dormitar, dormito algo, y cuando aterrizamos en Santiago a las diez y media de la noche toca nuevamente hacer cola para el control migratorio y aduanas. Pero al menos no hay prisas, hasta las cinco y media de la mañana no sale el vuelo doméstico de LATAM a la ciudad de Calama, donde comienza nuestra aventura. El aeropuerto ha cambiado desde mi última vez hace cuatro años, ahora hay una terminal internacional nueva y la antigua ha quedado para vuelos nacionales. Allá vamos soñolientos, con nuestros maletones, y tras descubrir que no hay consignas para dejar el equipaje nos vamos a buscar un sitio para cenar. Bastantes sitios están abiertos, y finalmente a la una de la madrugada nos podemos sentar alrededor de una mesa, relajarnos y cenar de verdad. La primera comida de la expedición. Tras lo cual buscamos de facturar el vuelo hacia Calama tan pronto como abren los mostradores.

Una vez realizado el trámite, no queda otra que pasar el control de seguridad y acercarse a la zona de embarque. una vez allí, podemos pensar en descansar un poco.

El vuelo sale a su hora y las primeras luces iluminan las altas montañas de la Puna. El aterrizaje en el aeropuerto El Loa es plácido, nada que ver con las fuertes turbulencias que nos tocó sufrir la última vez que estuve por aquí.

Una vez desembarcados y recogidos los equipajes nos dirigimos al mostrador del alquiler de autos para recoger nuestros vehículos, dos pickups 4×4, Peugeot Landtrek. Habíamos calculado que nos podríamos acomodar tres pasajeros en cada coche, con la mayor parte del espacio trasero disponible para transportar nuestros equipajes. Esperábamos que no hubiera necesidad de dejar nada en la caja exterior y efectivamente así fue.
El acceso a Calama, muy próxima, me resulta familiar. En pocos minutos llegamos a la carretera de circunvalación, que recorremos en dirección norte hasta encontrar el giro a izquierdas para acceder a nuestro hotel, bien alto y visible. Pertenece a una conocida cadena francesa. Los precios son europeos, los estándares de limpieza y servicios también. Para dormir tranquilos la primera noche está muy bien. Dispone de parking privado, y esto es fundamental. Calama es cara. Siempre lo ha sido, tratándose de la capital minera del norte chileno (la célebre mina de Chuquicamata se encuentra a menos de diez kilómetros del centro urbano), y es que aquí los trabajadores cobran sueldos elevados. Pero, por desgracia, también se ha vuelto más insegura en los últimos años, hasta el punto de que al alquilar las camionetas nos advirtieron de no dejarlas sin vigilancia en los aparcamientos de los centros comerciales, ya que son presa frecuente de los ladrones que buscan pasarlas de contrabando a Bolivia. Este tipo de tráficos siempre ha existido a lo largo de la extensa frontera chleno-boliviana, pero la delincuencia de todo tipo se ha disparado en la región como consecuencia de la masiva inmigración irregular, compuesta sobre tode de venezolanos, bolivianos y haitianos. Este problema lo deberíamos tener muy presente durante nuestra estadía en el Norte chileno.

La hora temprana de llegada no nos permite disponer de todas las habitaciones de forma inmediata, pero podemos poner a buen recaudo coches y maletas. Después de reposar, seguimos haciendo los deberes. Es necesario cambiar divisa y hacer acopio de víveres. Cerca del hotel hay una oficina de cambio; mientras que en Calama no hay problemas para pagar con tarjetas internacionales en la mayor parte de comercios, el efectivo nos resultará imprescindible allá arriba en las montañas. Para hacer la compra nos dirigimos a uno de los abundantes malls, abiertos a pesar de ser domingo; mucha agua, y comida energética variada. Realmente en esta fase del viaje no es tan crítico llevar mucha comida (el agua es otro discurso, en caso de avería mecánica en el altiplano es cuestión de supervivencia), ya que dormiremos en hostales, en núcleos habitados donde siempre hay un mínimo de servicios.

Una vez cumplidas nuestras obligaciones podemos relajarnos paseando por el centro de la ciudad. La combinación caótica de rascacielos con edificios bajos y medio destartalados, de calles peatonales comerciales con anchas avenidas polvorientas da un aire especial a esta ciudad, casi de campamento del Lejano Oeste. Pese a suss 2300 m de altitud, el calor pega fuerte, y sólo cede al ponerse el sol. Cenamos en uno de los numerosos establecimientos de comida rápida local, pequeños comedores muy económicos y donde se come sencillo, bien y barato.
27 de Noviembre. De Calama a Pica y ascensión al Cerro Yuma.

La primera etapa de nuestro viaje nos llevaría desde Calama al oasis de Pica, un lugar encantador que domina el aridísimo valle central por donde discurre la carretera panamericana, afamado por sus cítricos y sus aguas termales. La forma más rápida de llegar es precisamente acceder a la mencionada Panamericana o Ruta 5 a través de la Ruta 24. Naturalmente nosotros elegiríamos la alternativa más complicada y emocionante. Tomaríamos la Ruta 21, que conduce a Bolivia a través del paso fronterizo de Ollagüe. Salimos sobre las nueve de la mañana con nuestros vehículos bien cargados y listos para la aventura. De entrada, tomamos dirección equivocada, hacia Chuquicamata, así que hay que tomar la vía de retorno a Calama y esta vez sí, acertamos con la desviación correcta, siguiendo las indicaciones hacia la localidad de Chiu-Chiu. Los primeros kilómetros son por asfalto y tráfico bastante pesado, en buena parte relacionado con las minas próximas. Según nos alejamos de la ciudad va habiendo menos coches, atravesamos varias zonas de obras con maquinaria trabajando, y el paisaje rompe algo su monotonía y va ganando en interés. Superada la pequeña localidad de San Pedro, hace aparición la majestuosa silueta del volcán homónimo, muy próximo, y con una altitud de nada menos que 6145 m. Impresiona la poca nieve que tiene. Toca hacer una breve parada, ya hemos superado ampliamente los 3000 m de altura, y se nota.

Proseguimos nuestro camino y según seguimos ganando altura la aridez disminuye algo y hace su aparición la vegetación herbácea xerófila típica del altiplano. A casi 4000 m de cota, y tras unos 150 km de conducción, damos vista al gran salar de Ascotán. El primero de muchos que encontraremos en este viaje.

Descendemos y vamos bordeando la gran extensión de sal durante varios kilómetros. Por aquí pasa el vetusto tren minero, hay un poblado e instalaciones para la explotación de la sal. Aquí avistamos también las primeras vicuñas. Un segundo salar, esta vez a la izquierda de la carretera, el de Carcote, anuncia la proximidad de la localidad de Ollagüe.

Y es así que llegamos a Ollagüe, a 3660 m. Abandonamos la vía internacional que conduce al control fronterizo pocos cientos de metros más allá y giramos a la izquierda para desviarnos al interior del pueblo. Un lugar inverosímil, surrealista. Lo más destacado es la gran estación ferroviaria, por donde transita la línea Antofagasta-Bolivia, aún en activo. Tengo la impresión de que aquí la decadencia se ha detenido, o al menos eso se intenta. Junto a construcciones ruinosas hay edificios de nueva planta, incluyendo ua rudimentaria oficina de turismo y un pabellón multiusos que sirve de centro de la vida social y cultural del pueblo, con indicaciones sobre la fauna y flora de la región. También hay ayuntamiento (la municipalidad) y una escuela.



Es ya pasado el mediodía y tras una breve parada turística nos enfrentamos al inicio propiamente dicho de la travesía del Altiplano. El primer objetivo sería alcanzar la gran mina de Collahuasi, y desde allí, por terreno que ya conocía bien, ir hacia el Salar de Huasco y bajar a Pica. Tomaríamos la «carretera» B97. Tras errar la salida del pueblo yendo a parar al campamento militar, dimos con la pista un poco más hacia el este. Y digo bien, pista. Como acabo de mencionar, esta parte del recorrido, hasta Collahuasi, era nueva para mí. Me esperaba una carretera sin asfaltar relativamente bien mantenida, y bueno, sí, hasta cierto punto. Al cabo de pocos kilómetros llegamos a un cruce importante. Se incorpora por nuestra izquierda la carretera B15A, que seguiremos a partir de ahora en dirección norte. Hay postes kilométricos e indicaciones en algunos de los cruces, pero a tramos la pista se vuelve arenosa o bien estrecha y pedregosa, de forma que en algunas ocasiones hay que engranar la tracción a las cuatro ruedas. Vamos subiendo casi sin darnos cuenta, con algunas rampas que obligan a una conducción algo más atenta, pero el coche responde bien, de momento… El paisaje va ganando en amplitud, circulamos sobre los 4000 m, es una gozada. Hacia el suroeste aparece imponente una de las montañas más características de la zona, el Aucanquilcha (6178 m), un estratovolcán aún activo, inconfundible por su forma trapezoidal y su accidentada cresta cimera (con hasta cuatro cumbres) de la que se desprenden coladas claras de azufre. Precisamente, hasta 1993 estuvo activa aquí la mina más alta del mundo, a casi 5600 m, y la localidad de Aucanquilcha, a 5334 m, es el campamento minero a mayor altitud. Como curiosidad, la antigua pista de servicio de la mina permite llegar hasta las inmediaciones de la cima en bicicleta de montaña.

La carretera va serpenteando entre lomas, iniciamos un rodeo a media ladera de un cerro particularmente prominente, por encima de una depresión a nuestra izquierda, y he aquí que, tras una hora aproximada de camino desde Ollagüe, aparece ante nuestros ojos la Estación de Yuma. O mejor dicho, sus ruinas. Ubicadas sobre el antiguo ramal de la línea Antofagasta-Bolivia entre Ollagüe y Collahuasi, son testigos de los tiempos en que aquí se extraía el azufre que se cargaba en los trenes que partían hacia la costa. Hubo aquí actividad hasta finales del siglo pasado. Y de hecho, encontramos trabajando a una pareja de arqueólogos de una universidad del norte de Chile. Comparten con nosotros conversación y una buena ración de hojas de coca, que como es bien sabido es un buen remedio contra la fatiga derivada del mal de altura. Hay que mascarlas lentamente, como si fueran chicle, sin tragarlas.

4400 metros, en Europa esto sería como la cumbre del Cervino. Y aunque la idea de hoy era aclimatar haciendo turismo, la cabra tira al monte. ¡Ay!, esa loma de aspecto fácil justo al norte… Se la ve ahí mismo. Tomamos la decisión en un instante y salimos escopeteados como búfalos. La pendiente es suave y el terreno, de gravilla fina, salpicado de matas de paja brava. No hay un sendero definido, se puede pasar por cualquier parte, navegando a vista hacia la cima. De todas formas, se acaba haciendo duro; la única dificultad de esta montaña es la altitud, y la facilidad con que se alcanza el punto de partida. La falta de aclimatación se hace notar, y dos personas del equipo lo pasan bastante mal. Una se da la vuelta, mientras que la otra, aquejada de mareos, tiene que tumbarse y poner piernas en alto durante un par de minutos. Afortunadamente se recupera y puede proseguir. La cumbre consiste en un airoso mogote de roca que no opone gran dificultad, siendo más sencillo atacarla por la derecha. Y finalmente llegamos, estamos a 4607 m de altura, en la primera montaña de nuestra expedición. Hemos tardado 43 minutos desde el coche para hacer 203 m de desnivel en 1,85 km, lo que no está nada mal. El panorama es hermoso, inhóspito. Las montañas más cercanas son relativamente modestas, hacia el norte intuyo ya el complejo minero de Collahuasi, hacia el oeste las quebradas que descienden hacia el valle central y la civilización. Inevitablemente, el Aucanquilcha sigue atrayendo las miradas, y de su vista podremos gozar ininterrumpidamente durante el descenso.


Abajo nos espera nuestra compañera. Los arqueólogos ya se fueron. Almorzamos, resguardándonos del viento en las ruinas de las edificaciones, construidas con bloques de piedra sin argamasa. Los muros aguantan a duras penas, los techos hace tiempo que se derrumbaron.

De vuelta en los coches, al cabo de pocos kilómetros cruzamos la frontera entre las regiones de Antofagasta y Tarapacá. Nos vamos aproximando a Collahuasi y la ancha pista se vuelve muy arenosa, a ratos la tracción falla y el coche derrapa. Le meto el 4×4, en un cruce sin señalizar tiro por donde parece más fácil y piso con decisión. Hay que ir con atención con las vicuñas, simpáticos animalitos que por aquí abundan y que pueden provocar un accidente.

Alcanzamos un nuevo cruce donde no podemos continuar de frente, ya que se trata de un camino privado de la mina, con acceso cerrado. Sólo se puede ir a derecha o a izquierda, intuyo que será por la derecha, pero mejor nos paramos y estudiamos bien el mapa en el Garmin. Y no pasa un minuto cuando aparece por nuestra izquierda un Hilux blindado que se detiene a una decena de metros. El conductor nos observa, y tarda unos segundos en bajarse. Cuando lo hace, veo que lleva casco y un chaleco antibalas. Le saludo, nuestra actitud, aspecto y acento le convence de que somos turistas e inmediatamente gana confianza. Resulta ser un encanto de persona.
La historia de esta frontera ha sido siempre conflictiva. Contrabando hacia Bolivia de coches robados, o simplemente de bienes electrónicos comprados libres de impuestos en el «Zofri» de Iquique, a bordo de camiones fantasma que atraviesan la frontera por el altiplano. Diez años atrás, en las inmediaciones de la localidad fronteriza de Colchane, nos desviamos de la traza que nos llevaría hacia el Salar de Surire en dirección a Bolivia… y terminamos teniendo un encuentro con un nutrido grupo de estos delincuentes armados. Pero nuestro amigo, que es guardia de seguridad de la mina de Collahuasi, nos confirma que la situación ha empeorado considerablemente en los últimos tiempos. El tráfico de personas relacionado con los flujos de inmigrantes ilegales ha aumentado el nivel de violencia. Recientemente hubo un asalto a un trabajador de la mina, a quien robaron el auto (los Hilux están muy cotizados), así como tiroteos. Los turistas no parecen ser el objetivo principal, pero es tranquilizador cuando da parte de nuestra presencia a través de la radio. Y sobre todo cuando nos hace notar que la rueda delantera izquierda del coche que conduzco está pinchada…

No pasa nada, y es aquí donde tener un buen equipo, bien coordinado y con experiencia marca la diferencia. El guardia de seguridad permanece con nosotros mientras cambiamos la rueda, y qué puedo decir, su aparición había sido providencial; incluso nos ayuda prestándonos un calce para apuntalar el gato. No era la primera vez que vivía una situación de peligro objetivo en el altiplano, y también en aquellas ocasiones la «casualidad» me sacó de apuros. Podemos comportarnos con prudencia y razón, pero el riesgo cero es una ilusión, y asumir esto nos permite ser un poquito más libres. Sobre todo en esta sociedad obsesionada con la seguridad, con Estados paternalistas que nos quieren asustados y débiles para comprar nuestra libertad a cambio de una falsa seguridad, de la esclavitud moral al fin y al cabo.

La dificultad para liberar la rueda de repuesto nos complica la vida, pero finalmente nos las apañamos. Tenemos tiempo de conversar con el guardia sobre la vida en la mina y su impacto ambiental. Cuenta que los atropellos de vicuñas, una especie protegida que hace no tanto estuvo seriamente amenazada, llegaron a hacerse tan frecuentes que se tomó la decisión de que cualquier empleado de la mina que matara una de ellas sería inmediatamente despedido, amén de pagar una multa de varios miles de dólares. Esta mina es casi una ciudad en el altiplano, y sus instalaciones alteran el paisaje de forma dramática. Peor aún, consume y contamina la escasísima y valiosa agua que alimenta los salares y constituye la reserva vital de los habitantes de la región. Esta es la cara oscura de la revolución verde que presuntamente salvará el planeta, y de paso enriquecerá generosamente a los sospechosos habituales. El cobre y el litio de las baterías que sustituirán el petróleo se obtienen desgarrando las entrañas del planeta del que tanto dicen preocuparse ahora quienes más han contribuido, y siguen contribuyendo, a degradar.
Nuestro amigo es honrado, y reconoce esta realidad. Pero tiene que dar de comer a su familia, y la minera paga decentemente. Y como a él, a tantos. Probablemente yo haría lo mismo en su lugar. Nada es gratis, y a lo mejor es cierto que este camino es el correcto. Pero ocultar el precio a pagar no debería ser la opción de los políticos. Una vez más, tratándonos como a niños en vez de como adultos responsables.

Hemos perdido tiempo, pero hay margen. El guardia se despide de nosotros, dándonos las indicaciones de la ruta a seguir, fácil, e indicando que el retén de Carabineros situado en las inmediaciones ya está avisado de nuestro paso. Agradeciéndole su ayuda, partimos nuevamente, y sin problemas, alcanzamos con alivio la carretera asfaltada que sube desde Pozo Almonte, junto a la entrada principal de la mina. Esta parte ya la conozco, y toca disfrutar de un paisaje que va ganando en belleza. Lo que he visto de nuevo hasta ahora es menos impresionante de lo que nos espera. Cuando se lo comento a mis compañeros les noto sorprendidos, como si lo que hemos atravesado hasta ahora fuera feo… Y empiezan a entender cuando pasamos junto al salar de Coposa. El día ya declina cuando alcanzamos el desvío al salar de Huasco. Es posible que lleguemos a Pica de noche, pero este lugar, con sus colonias de flamencos y su contraste de azul y blanco, bien merece una visita. Un breve paseo nos permite aproximarnos a algunas llamas poco tímidas. Los flamencos, hay que contemplarlos desde la distancia.


Es la tercera vez que visito este paraje, y nunca decepciona. Aunque hay que apresurarse, son las seis y media y no queremos llegar demasiado tarde al apartamento que hemos contratado. La pista rodea la orilla sur del salar antes de desembocar en una carretera asfaltada (la A-97 o Vía Andina, que se dirige hacia Colchane y que está siendo objeto de obras de mejora) que tomamos hacia la izquierda para volver a la A-651 que traíamos de Collahuasi.

Alcanzamos entonces el cruce con la mencionada carretera… que abandonamos de inmediato para seguir un nuevo camino sin asfaltar que emprende finalmente el descenso hacia Pica. Los primeros kilómetros exigen un poco de atención, hay tramos con piedra suelta. Más tarde reaparece el asfalto, y la pendiente aumenta. A ratos la arena invade la vía y amanaza la adherencia de los neumáticos. La pérdida de altitud significa que regresamos a la aridez más absoluta.

Entramos en el pueblo ya casi de noche, damos algunas vueltas y nos percatamos de que nuestro alojamiento se encuentra bastante lejos del centro. Unas casas dispersas en un descampado, ladridos de perros, ¿dónde nos hemos metido? Atravesamos el portón y conseguimos localizar a nuestra anfitriona. Nos encontramos con un dúplex con un gran dormitorio y galería en el piso alto y la sala de estar, baño, cocina y dormitorio en el bajo. Un lugar limpio y agradable. Nos instalamos rápidamente y volvemos al centro para cenar, en un comedor popular frente a la Plaza de Armas. Lamento no poder dedicar más tiempo a disfrutar de este oasis tan agradable, pero no será posible. mañana nos espera otra kilometrada, y antes de salir hay que hacer una visita al vulcanizador para que nos arregle la rueda pinchada. Pero este relato queda para la próxima entrada.

Traza GPS de la ruta: https://www.wikiloc.com/offroading-trails/calama-pica-27-nov-2023-175419652
Traza GPS de la ascensión al Cerro Yuma: https://www.wikiloc.com/hiking-trails/cerro-yuma-27-11-23-172309936
Alojamientos: En Calama hay amplia oferta, aunque los hoteles no son económicos. El Geotel Calama es una muy buena opción. Nosotros nos alojamos en el Ibis Budget. En esta ciudad conviene reservar con antelación, ya que muchas plazas suelen estar ocupadas por mineros. En Pica elegimos las Cabañas Oasis de Pica. Esta localidad tiene bastantes hoteles (caros) pero, siendo un destino popular de turismo local, a menudo se encuentran completos. Sus atracciones principales son sus termas, el «dinopark», y la posibilidad de adquirir fruta local de calidad. En la cercana localidad de la Tirana hay un santuario objeto de gran devoción, y fiesta grande el 16 de Julio, conmemorando la Virgen del Carmen. Cerca se encuentran los magníficos geoglifos de «Los Pintados».
Vehículos: Alquilamos en la agencia Chilean del aeropuerto de Calama. Otra opción es tomar un taxi a Calama y alquilar en la ciudad, por lo general más barato, pero con horarios de apertura mucho más restringidos (suelen cerrar sabado tarde y domingos). Importante aclarar si el vehículo 4×4 tiene reductora, ya que algunos modelos, como fue nuestro caso, no la incluyen. En general, el Toyota Hilux es la camioneta 4×4 idónea para moverse por las pistas y caminos del altiplano, pero también la más cara.
Créditos de las fotografías: David Caballero, Marie-Pia Curial, Albert Pons, Laia Pons, Xavier Torrente y el autor.



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