30 de Noviembre. Turismo de combustible.

El día después del Cerro Milagro tocaba descanso. Putre es una localidad llena de encanto donde se puede encontrar variedad de alojamientos, cenar en un comedor popular por cinco euros, comprar artesanía aymará y hasta contratar un guía de montaña. Pero no hay gasolinera. Es muy llamativo que sobre una carretera internacional como la 11-CH no haya surtidores durante más de 200 km, entre la localidad costera de Arica y la frontera boliviana.

En una expedición de esta naturaleza la gestión del combustible es tan fundamental como la del agua y la comida. Es posible comprar combustible «de segunda mano» en Putre. A un precio más caro y sin garantía de calidad, esto es aconsejable sólo en caso de emergencia. Y como nosotros íbamos muy holgados, una opción interesante para pasar el día era bajar a Arica a repostar, y de paso hacer algo de turismo.

Nada más salir encontramos una zona de obras, con paso alternado de vehículos. Hay que reconocer que el estado de esta carretera internacional ha mejorado bastante en los últimos años, sobre todo en su tramo superior. Al poco llegamos al cruce de Zapahuira, donde abandonamos la 11-CH para girar a la izquierda por la A-35 dirección Belén y Codpa. Esta carretera está asfaltada, pero nos sumerge en un sinfín de curvas, subidas y bajadas, manteniéndonos durante decenas de kilómetros por encima de los 3000 m.

El recorrido es largo y sinuoso, dominado por la vegetación propia de este árido altiplano, pero no está exento de sorpresas. Cerca de Chapiquiña hay una central hidroeléctrica y un verdor sorprendente. Incluso se cultiva maíz en algunas parcelas. Belén, pese a su nombre, tiene un aspecto poco acogedor, lo que no quita para que haya alojamientos para turistas, además de un campo de fútbol. Un poco más allá, en mitad de la nada, en un afloramiento de rocas blancas, nos detenemos en un lugar sorprendente. Un santuario rupestre, de nombre Tojo Tojones. Ignoro de dónde viene el llamativo nombre.

Un altarcito aloja una imagen de la Virgen. Por encima de él, trepamos por las rocas para ampliar panorama. Impresiona vr dónde estamos. La carretera serpentea por un paisaje de montañas hasta donde se pierde la vista. La de kilómetros que nos quedan aún para llegar al mar…

Unos 15 km más allá pasamos por Saxamar, con su bonita iglesia, y al poco llegamos a Tignamar, un agradable pueblo donde buscaremos el modo de almorzar algo. Parece vacío, pero en la iglesia se percibe actividad. Allá vamos…

En el interior se está celebrando algún tipo de acto social. Preguntamos a una señora, que tras un par de llamadas nos dirige a un comedor situado a unos cien metros. Es el lugar donde preparan los almuerzos para los trabajadores de las obras en la carretera 11-CH. La encargada está muy atareada. Nos dice que volvamos para la una. Lo cual supone esperar más de una hora, pero no tenemos alternativa. Así que tras el paseo (breve) por la localidad, nos sentamos en un parque, a la sombra. Está bien cuidado, limpio, acogedor.

Ya de vuelta nos toca esperar un buen rato, pero una vez entregadas todas las raciones para los obreros, por fin la buena señora tiene tiempo para nosotros. Mientras almorzamos nuestra anfitriona nos explica algunos particulares sobre el pueblo. Hay algo de turismo, pero son los trabajadores de la carretera los que le dan más juego. También nos cuenta cómo la grandes multinacionales de la minería se han ido apoderando de los que otrora eran recursos de la comunidad. Triste realidad que está cogiendo pie en nuestro mundo, y no sólo en Chile.

Con la sensación de haber estado demasiado tiempo parados en Tignamar, retomamos nuestros coches, atravesamos la amplia quebrada por donde pasa el río del pueblo, que alimenta algunas huertas, y afrontamos una última subida que nos lleva sobre los 3500 m, antes de afrontar definitivamente el descenso hacia el mar. Perder altura significa que la aridez se acentúa hasta el extremo. A la Pampa de Oxaya sucede la Pampa de Chaca. Cuando dejamos a la izquierda el desvío a Codpa, cntinuando por la A-31 hacia Arica penetramos en una quebrada de belleza sobrecogedora, marciana. Cuando por fin aparecen las «presencias tutelares», reconozco que ya estamos por incorporarnos a la Panamericana, pocos kilometros al sur de Arica.

El tráfico es siempre complicado en las inmediaciones de esta ciudad, austera pero no exenta de encanto, que hasta finales de siglo XIX perteneció a Perú, pasando a Chile después de la Guerra del Pacífico. Curiosamente, el destino de la ciudad se decidió mediante referéndum, al igual que en el caso de Tacna, cuyos habitantes, en cambio, votaron por permanecer en Perú.
Hoy día Arica es un importante puerto comercial. Un acuerdo entre Chile y Bolivia permite a este último país utilizar Arica como puerto franco para otorgar a sus mercancías un acceso directo al mar. El vecino aeropuerto de Chacalluta, prácticamente sobre la frontera peruana, está bien servido de vuelos desde y hacia la capital.

Repostamos en una gasolinera a la entrada de la ciudad y buscamos un lugar para tomar algo y de paso ver el Océano Pacífico. Aparcar en la zona «vieja» de la ciudad es una locura. Así que terminamos en un mall, donde tomamos unos helados en la terraza con vistas sobre la autovía y el mar justo detrás. La foto define bien lo que es esta ciudad. La influencia norteamericana se siente fuertemente, y la miseria que todavía afecta a amplios estratos de la población queda patente en los edificios bajos y destartalados y la gente que se «busca la vida» en la playa, de una belleza austera. Los rascacielos que la flanquean aportan un contraste violento. Parecen muy fuera de lugar.

Ya se nos hace tarde. Hora de volver a los coches e ir a buscar la carretera 11-CH, que remontando la bellisima Quebrada de Lluta nos devuelve a Putre a las ocho de la tarde. Vamos directamente a cenar, sin pasar por nuestro bungalow. Mañana toca volver al trabajo.
1 de Diciembre. Tormentas en la montaña.
Nuestra segunda cima de aclimatación supondría superar los 5000 m, y para la mayoría del grupo, la más alta de su historial montañero. El desnivel acabaría siendo parecido al del Cerro Milagro, pero en un entorno de mayor severidad. Además, el Choquelimpie es una montaña bien individualizada, que domina los alrededores, y ¡que sale en los mapas! En este caso no hay dudas con el nombre.
Desayunamos temprano y partimos en nuestros coches en dirección Bolivia. Dejamos a la derecha el desvío hacia la Termas de Jurasi y algunos kilómetros más adelante, el área de Las Cuevas. Este es un paraje del Parque Lauca, ubicado junto a la carretera, de gran valor naturalístico. Un amplio bofedal, surcado por pasarelas peatonales que permiten visitarlo cómodamente. Aquí se aloja una nutrida colona de vizcachas, simpáticos roedores del tamaño de una liebre. Hay también un pequeño baño termal.


Dando ya vista al majestuoso Volcán Parinacota, pasamos junto al Retén de Carabineros de Chucuyo, donde a la vuelta avisaremos de nuestra inminente salida al Guallatiri, el desvío al pueblecito de Parinacota, y bordeamos la somera Laguna Cotacotani, salpicada de islitas. Finalmente, a 4500 m de altura alcanzamos el precioso Lago Chungará. Muy pronto, tras recorrer poco más de 50 km desde Putre, encontramos a nuestra derecha la guardería del Parque Nacional Lauca. Hay un amplio aparcamiento, el edificio principal con las oficinas (y por lo que parece, un pequeño refugio), y unos baños.

Preparamos nuestras cosas y damos parte al guarda de nuestros nombres y el itinerario planificado. El hombre es sumamente amable, en línea con lo que hemos encontrando y encontraremos más tarde al relacionarnos con la «autoridad». La impresión es que es alguien que quiere a su tierra y a quien le agrada que vengan de fuera a conocerla. El vidrio de la ventana de la guardería está cubierto por pegatinas de clubes de montaña y asociaciones de todo el mundo. A nosotros, en cambio, nos falla el merchandising, y no hemos traído las nuestras. La próxima vez será…


Echamos a andar sobre las diez y cuarto de la mañana, conscientes de que esta será la última vez que nos podamos permitir partir a semejantes horas. Nos sentimos optimistas. De inmediato nos metemos en e bofedal donde pastan las alpacas, viendo de atravesarlo sin mojarnos los pies y así empezar a remontar la ladera que tenemos frente a nosotros.
La reseña de la página Andeshandbook indica que hay que seguir una línea de postes eléctricos para ir a alcanzar una explanada sobre una ancha arista que se desprende de la escarpadura que tenemos delante y a nuestra izquierda. El terreno es sencillo, de arenas y gravas finas que permiten una buena tracción, salpicado de matas de paja brava. No hay un camino marcado como tal, así que subimos a vista, y pronto me parece evidente que no hay ninguna necesidad de continuar rectos para llegar hasta la arista. Se trata de un rodeo innecesario, así que nos olvidamos de los postes y vamos girando poco a poco hacia la izquierda, tomando como referencia el collado en la cresta hacia la que nos dirigimos.

La pendiente es moderada, pero la altitud se percibe en el organismo. Nos tomamos un respiro para disfrutar de las vistas hacia el Norte, magníficas. He estado aquí antes arias veces. El cono níveo del Parinacota, ahora envuelto por las nubes, es siempre cautivador. Atrae irresistiblemente la mirada. Somos afortunados de estar aquí, y me siento contento de poder compartir estos momentos con mis compañeros.

El cielo está hermoso. Bandas de cirroestratos acompañan a los cúmulos que van creciendo por aquí y por allá. Pero la belleza podría tener un precio, en forma de cambio de tiempo. Y muy pronto lo comprobaríamos.

Continuamos siempre buscando trazas de sendero y algún hito disperso, pero no hay problemas de orientación. Siempre avanzando en dirección al collado a la izquierda del acantilado salvamos un primer escalón donde afloran algunas rocas. Algo más allá, según vamos llegando al pie de la escarpadura, el terreno se complica, penetrando en una amplia pedrera que dificulta la progresión. Observo que Marie empieza a sufrir, quedándose rezagada. No parece nada grave, pero me da miedo que flojee y lo pase mal. Es probablemente la persona más emocionada con este viaje, se ha preparado a conciencia y desborda ilusión.

Finalmente, a las doce menos diez alcanzamos la cresta. Estamos a 5050 m y hemos recorrido casi tres kilómetros. No está nada mal el ritmo que llevamos. Desde aquí contemplamos en toda su amplitud lo que nos queda hasta la cima, que aparece bastante próxima.

Nos tomamos unos minutos de descanso para gozar de las vistas, que ahora poseen ya una gran amplitud. El tiempo claramente está empeorando, y se adivina el marrón entrando desde Bolivia.

Frente a nosotros tenemos la pedregosa cresta que recorreremos. Debemos dirigirnos hacia un modesto promontorio, descender a un segundo collado, y desde ahí seguir la arista que, con pendiente fuerte y sostenida, nos conducirá a la cima.

Allá vamos entonces, siguiendo la cresta que asciende suavemente, por terreno a veces resbaladizo. Una breve bajada nos deja al pie del pequeño resalte que debemos superar. Este tramo es bastante disfrutón, gozando de panorama hacia el frente y ambos lados.

Algunos ocasionales hitos pueden ser de ayuda, pero aquí se trata simplemente de ir buscando el paso más cómodo entre las piedras y bloques que jalonan la cresta. Intuitivamente me voy hacia el punto más alto, pero en sus inmediaciones es posible rodear por la derecha y ahorrarse algo de desnivel. Hay que evitar el flanqueo demasiado a la derecha y demasiado bajo, ya que ahí abundan las piedras inestables y podríamos resbalar. No hay exposición significativa y el peligro objetivo es reducido, pero lo que ahorráramos en desnivel lo perderíamos en fatiga innecesaria.

Un breve descenso nos conduce al segundo collado al pie de la arista terminal, donde esperamos a los rezagados y nos reagrupamos. Estamos a unos 5130 m de altura, a sólo 200 m de desnivel de nuestro objetivo, pero la posibilidad de que una tormenta tropical se nos eche encima se acrecienta cada minuto que pasa. Ya han empezado a caer algunas gotas de lluvia.

Hacia arriba, ¡no hay tiempo que perder! A partir de este punto la pendiente vuelve a ser fuerte, pero el sendero está bastante marcado, con algunos hitos. En algunos puntos pequeños saltos rocosos requieren algo de atención, pero sin oponer dificultades técnicas dignas de este nombre. Me siento bien, en forma, lo que unido a la ansiead por la tormenta me hace acelerar. Marie se queda atrás y… empezamos a escuchar truenos inquietantemente próximos. Hay relámpagos sobre Tambo Quemado y las inmediaciones del Guallatiri. Ya sabíamos que el invierno altiplánico estaba llegando, y hemos además hemos salido bastante tarde. Alcanzamos una cómoda repisa a unos 5250 m donde nos quitamos las mochilas y esperamos que Marie llegue. Hay que tomar una decisión.

A veces en la montaña la mejor decisión es no tomar ninguna… por el momento. Esperar y ver. Ya sabíamos que nos sobraría tiempo para regresar mucho antes del atardecer. Así que, salomónicamente, ni tiramos para la cumbre ni nos retiramos. Nos quedaremos cómodamente sentados, aprovecharemos para almorzar, y mientras tanto habrá ocasión de ver cómo evoluciona el temporal.
Es también aquí que se nos solapa una segunda crisis. Y es que cuando llega Marie prácticamente nos manda a la mierda a nosotros y al volcán. En esta breve cuesta he tirado desconsideramente fuerte, y ella lo ha pasado realmente mal. nos impacta esta reacción en alguien de un carácter tan afable. Afortunadamente esta sería la única vez que el grupo se enfrentaría a una situación de esta índole. Y en una expedición así, esto es fundamental.

El descanso nos hace bien a todos, en especial a Marie que se repone y recupera los ánimos. Primer problema resuelto. El segundo, no tanto… Ha pasado media hora larga y el tiempo sigue sin cambios. Seguimos escuchando los truenos igual de cerca y con la misma frecuencia. Pero por lo menos no parece que la tormenta se nos esté echando encima.
– Bueno, ¿qué hacemos?. Tú decides…
Albert me recuerda la parte más espinosa del papel de «coordinador» de la expedición.
– Vamos para arriba, pero rapidito.
Ya está. Espero que esto sea un riesgo «controlado», que es lo que pienso, o quiero pensar.
Decidimos dejar aquí las mochilas y subir así más veloces. Nos movemos entre grandes bloques, con tendencia hacia la izquierda. La niebla nos envuelve. Hasta que ya no podemos subir más… Un gran hito nos confirma que hemos alcanzado la cima. Son las dos menos cinco y hemos tardado apenas diez minutos.

Xavi y yo gritamos la buena noticia a nuestros compañeros. 5350 metros, se dice pronto, ¡qué pasada!. Más alto que el Ararat, al que alguno de los nuestros renunció para venir aquí, y mucho más que el Mont Blanc. En cuanto llega el resto nos abrazamos todos y hacemos la foto de rigor. Y inmediatamente después, echar a correr de vuelta. Hoy no es día para recrearse aquí arriba.

El caos rocoso en bajada puede llegar a confundir. Afortunadamente había tenido la previsión de marcar en mi Garmin el waypoint del punto donde dejamos las mochilas, con lo que las localizamos rápidamente y podemos seguir nuestra huida hacia la seguridad.

En menos de media horita alcanzamos el segundo collado y seguimos por la cresta «horizontal» en dirección al primero. Y cuando lo alcanzamos finalmente parece que la tormenta se disipa y podemos respirar. Momento de descanso y de picar algo.

No nos demoramos demasiado, no vaya a ser que vuelvan los truenos. Comenzamos a descender más o menos por donde subimos, pero enseguida decidimos atajar en línea recta, por la línea de máxima pendiente. El terreno arenoso nos permite incluso correr, una verdadera gozada. Sólo nos detenemos para gozar de la visión del Parinacota y el Lago Chungará con los colores de la lluvia. Hay algo épico en todo esto.


Ya cerca del final, una simpática vicuña nos observa con curiosidad. Como para poner la guinda al pastel después de todas las aventuras del día.


Son cerca de las cuatro menos diez cuando llegamos a la guardería. Hemos empleado menos de seis horas, un tiempo muy bueno considerando las circunstancias. Pasamos a la oficina del guarda y le contamos nuestras aventuras. Pero ahora no estamos solos, porque una familia de indígenas aymará ha instalado un puesto de venta de artesanías justo al lado. Con telar incluido. Los textiles, coloridos y vistosos, son de gran calidad y a un precio muy competitivo. Hay que comprar recuerdos para la familia, y de paso contribuir a la economía local.
La población aymará, como ya expliqué anteriormente, es originaria de estas tierras, que pertenecieron al Perú hasta su anexión a Chile a finales del s. XIX. Estas comunidades ya habían desarrollado una pujante industria textil antes de la llegada de los españoles, utilizando la lana de llamas, alpacas y vicuñas y el telar de cinturón como herramienta. Los recién llegados quedaron admirados por la finura y el detalle de estos tejidos, e introdujeron el telar de pie, que contribuyó a hacer más rápido y eficiente el trabajo, además de la lana de oveja (más frecuente en ambientes menos severos). Hoy el uso de material sintético permite a estas comunidades ofrecer sus coloridos diseños en tejidos bellos y económicos, pero las prendas de lana de alpaca tejidas a mano siguen siendo imbatibles en cuanto a delicadeza y calidad.

Antes de celebrar el éxito con una buena cena en Putre, toca empezar a preparar la salida al Guallatiri. Tratándose de una ascensión seria, que implica una aproximación complicadilla en 4×4, a horas intempestivas y cerca de la frontera boliviana, debíamos dar parte a Carabineros. Así que nos detenemos en el retén de Carabineros de Chucuyo. Entro en la caserma y me recibe un oficial muy simpático y amable. Me pide los datos de todos los integrantes del grupo, nombre, fecha de nacimiento, nacionalidad y número de pasaporte, dónde vamos y cuándo pensamos estar de vuelta. Tampoco tiene nunguna prisa y me da conversación: cómo es la vida del policía destinado aquí, los problemas con los camioneros bolivianos, que «mascan coca todo el tiempo, así, dentro del cachete», lo traicioneros que pueden llegar a ser los «cerros»… Incluso nos da instrucciones sobre qué hacer en caso de ser «baleados», como dicen aquí; se trata de un protocolo cuando menos original… Vamos, que no es la cosa más tranquilizadora que uno pueda escuchar cuando se dispone a vagar a deshoras por caminos frecuentados por traficantes de personas, pero lo que dice y el tono en que lo dice me hace pensar que en fin, que seguramente no sea el caso. Esperemos.

Nos despedimos, quedando en pasar a saludar cuando regresemos del Guallatiri, y no sin ser advertidos de que informemos también a los militares del cuartel de Putre, que patrullan los caminos fronterizos por la noche y podrían darnos el alto.
Y una vez más, la gentileza de los agentes de la autoridad que encontramos en estos parajes es reconfortante. Incluso el más anarca de entre nosotros debe reconocerlo. Posiblemente tenga que ver que en un entorno hostil y solitario como este los seres humanos tendemos a ser solidarios y ayudarnos. Así da gusto.


Datos técnicos:
Longitud: 9,6 km i/v
Desnivel: 780 md+
Dificultad: F+. Sin dificultad técnica relevante. Algunos pasos donde hay que apoyar manos en la arista final.
Equipo: De trekking. Bastones útiles. Botas de montaña y ropa de abrigo y cortavientos. Llevar un SPOT, teléfono satelital o equivalente, e informar de nuestra actividad en la guardería del Parque.
Traza GPS: https://www.wikiloc.com/hiking-trails/cerro-choquelimpie-181008479



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