Resucito el blog para dejar el relato de mis impresiones sobre el Tor des Geants 2011. He participado y he conseguido terminar. Después del fiasco del año pasado era fácil dejarse llevar por la racionalidad más despiadada. 332 km y 24000 md a recorrer en 150 horas son cifras que producen vértigo; más aún cuando en las crónicas de participantes de la edición anterior se afirma de modo casi unánime que los números reales, en particular en lo referido al desnivel, son significativamente superiores. No llevé GPS, pero confirmo esa impresión. Ya sólo en la «fácil» tercera etapa el desnivel positivo oficial se refiere exclusivamente a la diferencia de altitud entre Cogne y la Finestra de Champorcher, cuando en el descenso hasta Donnas había intercaladas numerosas subidas que incrementarían ese desnivel en no menos de 400 ó 500 m. Vamos, que usando la cabeza habría sido fácil decidir ahorrarse cinco días de vacaciones, 350 euros y una previsible desilusión bien gorda.
Fuera como fuera, el desafío se salía de todo lo que yo había podido experimentar con anterioridad. Y eso mismo era lo que me daba alguna esperanza de terminar. No sabía si podría hacerlo, pero al mismo tiempo tampoco tenía ninguna prueba de que no pudiera. Mi mayor temor era la respuesta de mi estómago, mi punto débil en todos los trails en que había participado previamente. En cuanto a la falta de sueño, qué decir. Yo soy un dormilón, y mi rendimiento se resiente si duermo menos de siete horas diarias; según esto no tendría ninguna posibilidad, pero nuevamente, quién sabe.
Así que lo hice, me inscribí, y que fuera lo que Dios quisiera. En verano hice montaña más o menos como acostumbro, pero ningún entrenamiento específico, porque ¿cómo entrenar para una prueba así? Dos semanas antes, mi retirada en la TDS no auguraba nada bueno, pero como ya me había repetido mil veces, el TDG es otra cosa. Así que el sábado 10 de septiembre tenía una cita en Courmayeur.



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