Quinta etapa. Mientras me ataba las botas sentado en el suelo en la puerta del polideportivo de Gressoney pensaba en que me había librado de la eliminación por los pelos y que bendita la hora en que se me ocurrió salir de Donnas una hora antes de la barrera horaria. Por primera vez desde que comenzó la prueba no había tenido tiempo de dormir ni un solo minuto, y mi idea era la de hacerlo en el refugio Alpenzú, a escasas dos horas. La quinta etapa era sobre el papel bastante más sencilla que la anterior, con dos collados de entidad, pero “limpia”, sin esos demoledores dientes de sierra que acumulan desnivel a paladas. Además, yo contaba con la ventaja de conocer las dos subidas (no así los descensos).
La ducha me había sentado muy bien, pero pocas alegrías. Javier y yo salimos como entramos, en cola de carrera, acompañados por la nueva patrulla de escobas, que incluía un pastor alemán como mascota. Travesía nocturna de Gressoney. Javier vuelve a padecer un violento ataque de sueño y tiene que detenerse a echar una cabezada en un banco. Los escobas le esperan, lógicamente; yo continúo. El río ruge a mi izquierda mientras voy saliendo del pueblo. Lo cruzo por un puente y al poco alcanzo el desvío a Alpenzú, donde dos corredores están disfrutando de asistencia “privada”. Sé que faltan apenas 400 metros de desnivel, casi nada, pero me siento vacío y muerto de sueño. Poco después, envuelto en oscuridad y silencio, me encuentro avanzando como un zombie, con una lentitud que se me antoja desesperante, de vez en cuando doy un bandazo, los ojos se me cierran… Advierto unas luces detrás de mí, y a los pocos minutos los dos compañeros encontrados a pie de puerto me adelantan, lo que me deprime un poco. Me asalta el temor de ser alcanzado por la escoba, por lo que tendría de demostración de mi irresistible declive. Pero no me alcanzan. Tras dos horas interminables unas luces me anuncian que estoy llegando al refugio; atravieso el alpe y entro en el patio que da acceso al refugio. En el comedor hay algunas personas, tomo asiento, bebo una coca-cola y consigo de milagro una cama; todavía hay mucha gente durmiendo, y es que no hemos sido los únicos en llegar apretados de tiempo a Gressoney. No puedo aprovechar bien las dos horas que me permiten pernoctar ya que comienzo a sentir dolores y calambres en la pierna izquierda. De todos modos algo duermo, ya que me al cumlirse las dos horas me despiertan. En el comedor encuentro a Javier, quien parece nuevamente recuperado. Partimos con los escobas. Esta es la hora más fría de la jornada, cuando el cielo negro se va tornando azul plúmbeo. Y plúmbeo me siento yo serpenteando entre los prados, a veces me da la sensación de que no voy a poder seguir el ritmo de Javier. Alcanzamos una característica visera rocosa, que recuerdo bien, cuando el horizonte este se ilumina; está a punto de amanecer. Busco individuar el colle Lauzoney que cruzamos esa misma noche (“ayer…”) en las montañas que se perfilan contra la luz. Fuera frontal. Necesito un poco de calor, que salga ya el sol, quiero que termine una noche que se me ha hecho durísima. Los glaciares del Monte Rosa me traen recuerdos de otros amaneceres aún más fríos. Lentamente el zigzagueante (y bastante llevadero) sendero que nos conduce al colle Pinter me va pareciendo menos duro, y el ritmo de Javier más sostenible. En las inmediaciones de otro alpe, a unos 2300 m, decido despertarme, quiero convencerme de que aún puedo seguir. Adelanto a Javier y subo el ritmo. Este es terreno conocido y sé que no habrá sorpresas; me he quedado solo, pero no importa. Los pies siguen doloridos y la bajada me va a costar, doy por sentado que Javier me pillará en ese tramo. Sin estridencias pero bastante dignamente corono el Pinter. Ante mí el abrupto descenso hacia el valle de Ayas. Aquí hay menos pradera y más pedreras, incluyendo escollos rocosos antes de alcanzar el valle suspendido que conduce a Crest. Mientras bajo me pregunto si gracias a las ampollas y rozaduras mi ritmo es más lento que el de subida. Un tramo de pseudoescalada con cables da un poco de picante a la cosa. Después el camino sigue marcado en la pedrera, y antes de cruzar el torrente Javier llega a mi altura. Entramos en un valle verde, el camino se vuelve reconfortante y adelantamos a otro corredor antes de entrar en las primeras casas de Crest. Las señales nos conducen a un bar-restaurante donde nos acogen muy amablemente y nos sirven un minestrone que me entra de cine. Comemos tan bien, con mesa y mantel, que sacamos las carteras dando por hecho que aquello es de pago. Ma non! Aquel pequeño lujo está incluido en el precio. Como anécdota, ese día yo llevaba una camiseta del Gran Trail Valdigne y una de las personas que estaba en el bar se dirigió a mí. Resultó ser Fabrizio Roux, podium en esta prueba en 2009, 2010 y 2011.
Estábamos muy cómodos, pero había que continuar. El camino continuaba entre casas de campo, chalecitos, granjas… Llegando al centro de Crest encontramos un curioso avituallamiento-control en el interior de una casa de agroturismo. Tuvimos que subir al piso alto, fichar, y salir por una puerta distinta a la de entrada. No comimos nada, íbamos bien servidos. A partir de aquí comenzó un tramo insidioso, caminando por una sucesión interminable de pistas que nos regalaban rampones inesperados y brutales, seguidos de descensos que presagiaban la siguiente cuesta. Al principio íbamos a la sombra, pero poco a poco quedábamos más expuestos al sol, que ya calentaba más de lo que yo desearía.
Y de pronto, un flash. Habían comenzado los fenómenos paranormales. Yo he estado aquí antes. Una curva de la pista, un cruce… y acude a mi mente un vívido recuerdo que soy incapaz de atribuir a ninguna experiencia previa. He visitado el Valle de Ayas varias veces, pero hoy, cuando escribo esto, no recuerdo haber estado nunca en esa zona antes del Tor. Pero sin embargo, cuando Javier me hace notar unas hamacas en el jardín de un hotel pocos metros delante de nosotros, un escalofrío me recorre el espinazo. Pero no uno metafórico, no, uno real. Recordaba perfectamente no sólo el paraje, sino también las hamacas! Empiezo a comerme la cabeza y casi olvido la fealdad de la pista y el trazado a media ladera que no termina nunca cuando el dejà vù se vuelve premonitorio. Cuando el “yo he estado aquí antes” se convierte en un “yo he vivido esto antes”. Anticipo un cruce de la pista, a la altura de otro hotel, que nos lleva hacia arriba bestialmente. Anticipo el comienzo de la bajada hacia St. Jacques justo al llegar a un refugio cuya imagen sentía grabada en mi memoria. Mientras desciendo (por fin!!!) sé que el camino va a virar hacia la izquierda, en la dirección de la que veníamos, y sé que pasaremos junto a una casa, y… Dios mío! Pasamos… O mejor dicho, paso yo solo porque he descolgado ligeramente a Javier. Quiero convencerme de que todo es consecuencia de la falta de sueño y de un cerebro empapado de adrenalina y endorfinas durante ya cuatro días. Que son sensaciones alucinatorias, como si hubiera ingerido algún tipo de droga. Pero la imaginación vuela y me derrota cuando de pronto acude a mi mente una convicción.
“Terminaré el Tor des Geants. Recuerdo haber terminado el Tor des Geants”
Claro y nítido. Demoledor. Me pregunto si no estaré recordando una vida anterior o “paralela”, si mi consciencia no ha establecido un puente con otra realidad. O más inquietante, si es que he muerto y estoy reviviendo los eventos de mi vida.
Ahora, mientras escribo, cabe otra alternativa. Que se tratara de una premonición. Y de una premonición que cincuenta horas después se hizo realidad. Quizás sea cierto que se puede adivinar el futuro, que nuestro cerebro, sometido a determinados estímulos bioquimicos, puede vibrar en frecuencias que abren la cognición a aquello que todavía está por suceder.
Volviendo al mundo real, la llegada a St. Jacques con más de una hora de margen sobre el cierre de control fue confortante, como lo fue el encontrar allí a algunos corredores más, incluyendo a “mi” japonés. Situado en el interior de una casa, nos ofreció sombra y fresquito (el control, no el japonés), que ya estábamos cerca del mediodía… Como anécdota, este fue el único avituallamiento, que me conste, en el que se les había terminado la sopa. Lo cual, teniendo en cuenta que viajé siempre en la cola de la carrera, habla muy bien de la competencia de la organización. Uno de 43!! Nada que ver con otros, que presumen de ser la “Cumbre mundial de la carrera por montaña”, cobran una inscripción mucho más cara y siguen la estrategia de aligerar la carrera matando de hambre a los corredores más lentos.
Conozco la subida al colle Nannaz, y advierto a Javier sobre la dureza del primer tramo. Afortunadamente, tras unos primeros metros expuestos al sol, penetramos en el bosque. Alcanzado el torrente que drena el valle, la pendiente se vuelve muy dura y a ratos hace que el camino se desdibuje. Subimos entre pinos, y al clarear del bosque adivinamos el rellano del Alpe Nannaz. Aquí dejamos a la derecha la pista que sube al refugio Gran Tournalin para tomar el camino que discurre junto al río. En principio la pendiente es muy llevadera. Hace calor y aprovechando una de mis periódicas paradas para beber remojo la bandana en el agua. Ante nosotros, la Becca di Nana. A la derecha, la ladera que conduce hacia los Tournalin y el homónimo refugio. El camino cruza el río y cambia de orientación, se acabó el paseo. Enfilamos hacia el refugio. Yo me siento bien y el cuerpo me pide alegría. Necesito demostrarme que tengo fuerzas y me permito una frivolitè, una perfecta estupidez, una tontería desde el punto de vista metabólico y de táctica de carrera… pero un “chute” de optimismo, una última dosis de endorfinas.
Arriba a muerte! Pego un acelerón, dejo atrás a Javier y mis piernas vuelan. Voy a tope, aguanto bien. Devoro las curvas del camino, mi cuerpo abandona el catabolismo graso y abrasa sus últimas reservas de glucógeno. La testosterona que reaviva el espíritu competitivo y me siento pletórico al ver el hueco que he abierto con mi compañero. Aunque después de 100 horas de machaque aquello no puede ser como en los entrenamientos y mientras remonto un promontorio rocoso, ya cerca del refugio, debo detenerme a tomar aliento. Después tengo que bajar un poco el ritmo, pero ya estoy llegando. De lejos me avistan y empiezan a sonar los cascabeles valdostanos con los que tantas veces nos han animado a nuestro paso. Y así es como hago mi entrada triunfal en el Refugio Gran Tournalin. Acogida óptima, para no variar. Me tomo otro minestrone divino, acompañado de salame y mocetta, y gozo mientras espero a Javier. He superado los peores momentos desde que comenzó esta historia, y ahora me encuentro razonablemente bien. Javier entra, sonriente, y disfruta de la comida tanto como yo. También han llegado los japos y otro corredor más. Salimos antes que ellos para afrontar la pedregosa parte final del Nannaz. La subida a marchas forzadas al refugio no parece haberme hecho mella y vuelvo a quedarme solo en cabeza del pelotón de los torpes. Había hecho esta subida en abril, entonces había nieve y hielo, y algún paso expuesto estaba objetivamente peligroso. Ahora lo encontraba banal, sin problemas hasta alcanzar el gran hito que marca el collado entre la Becca di Nana y la Becca Trecare, dos satélites de la gran montaña de esta zona, el Grand Tournalin, famoso por ser un mirador excepcional sobre el Cervino, el Breithorn y el Rosa. Paradita para tomar aliento y esperar a Javier. Aunque aún nos queda la brevísima subida al colle Fontaines, se puede decir que aquí termina el desnivel positivo de esta etapa… si no hay sorpresas.
Y no las habrá. Tras una breve bajada y de dejar a la izquierda un valle amplio y verde con un laguito y un torrente caudaloso, remontamos un poco por terreno herboso, coronamos el Fontaines. Nuevo collado, nuevo valle ante nosotros. Cuántas veces hemos repetido ya este ejercicio de descubrimiento en una sucesión de horizontes siempre nuevos, siempre diferentes, pero que nos reservan la misma incógnita. Llegaré al siguiente? Cómo será, cómo me sentiré? La Valtournenche nos ofreció la bajada más limpia de todo el Tor. Camino comodísimo, que incluso me permitió correr al principio, siempre hacia abajo, por terreno favorable, con pocas piedras. Qué pena que las malditas ampollas de mis pies no me dejaron disfrutar de este tramo que era todo un regalo. Se me hizo largo, pero porque tuve que ir lento; la última parte, desde la alegre aldea de Cheneil a Cretaz, sombreada y confortable, fue particularmente dura para mí. Y en todo momento Javier se negó a dejarme atrás, lo cual le agradezco mucho, pero me hizo sentir un poco culpable.
Y como todo llega, el camino dejó de bajar y se convirtió en asfalto según alcanzamos las primeras casas de Cretaz a última hora de la tarde. Un poco de callejeo antes de llegar a la base vita, donde el comedor estaba en una amplia carpa adyacente al edificio con los dormitorios, las duchas y la asistencia médica. Gracias a Dios esta vez teníamos bastante margen sobre el cierre, pero había que organizarse bien, porque no había tiempo para todo. O sea, cenar, dormir, ducharse y pasar por el médico. Decidí que lo menos urgente era dormir, lo que demostraba que había interiorizado el “concepto” del Tor. Ni horarios ni reglas, siempre hacia delante y ya se descansará donde se pueda, si es que se puede. Después de la ducha se imponía el arreglo de los pies, no era el único y tuve que esperar un buen rato. Me hicieron un buen trabajo, con cuidado y esmero. Pero en esta ocasión no me arreglaron sólo los pies. Durante la última bajada había empezado a notar una ligera molestia en la rodilla izquierda, que tenía algo hinchada. Me colocaron una bolsa fría que mantuve durante una hora, mientras cenaba, y la verdad es que funcionó bastante bien.
La cena me entró de maravilla, como de costumbre. Arroz, sopa, salame (del de la organización y del que había metido en mi bolsa de apoyo, que devoraba con ferocidad) y alguna cosilla dulce. Era increíble. Antes de empezar la prueba nunca hubiera pensado que el estómago, una vez pasado el primer susto, iba a funcionar a la perfección y no iba a darme el más mínimo atisbo de molestia.
Y antes e comenzar la etapa de todas las incógnitas una sorpresa muy agradable, en forma de mujer (voooow…!). Veo una que se me acerca con una sonrisa de oreja a oreja, saludándome, que se me sienta al lado y me pasa el brazo por el hombro. Me suena vagamente, pero ella a mí me ha reconocido. “Eres español y vives en Milán, no?” Resulta que formaba parte de la escoba en el Gran Trail Valdigne de 2010, y me atrapó mientras yo reptaba por el sendero del colle Liconi en plena crisis de vómito. Y que estaba en línea de meta para felicirtarme cuando llegué. Recordaba mi nombre. Ahora era de nuevo escoba en el tramo hasta Ollomont. En fin, una bonita diferencia respecto a lo sucedido en Gressoney 20 horas antes. Comer con calma con tu compañero de fatigas y mimadito por una voluntaria, que además era mi “contacto” en la patrulla de cierre. Se me ocurrió pensar, despreocupadamente, que con ella de escoba mis probabilidades de llegar a Ollomont serían mayores.
En aquel momento no podía imaginar cómo de cierto era aquello…



Replica a Javier Cancelar la respuesta