Lo de los “servicios mínimos” de sueño en el refugio inmediatamente posterior a la base vita en la que no había podido dormir por falta de tiempo iba a ser la constante en la segunda parte del Tor, la de la Alta Via 1. En esta ocasión el desnivel a salvar hasta el Barmasse era de 600 mlargos, más que el que separaba Gressoney de Alpenzú, si bien mi estado físico parecía mejor.
Allá vamos, con la noche recién estrenada y un puñado de minutos de margen sobre el cierre de control. La escoba partirá un poco por detrás de nosotros. Puede que me falle la memoria y me olvide de alguien, pero estábamos por lo menos un señor de avanzada edad que a decir de Javier era un noble veterano del UTMB, mi amigo japo, su compañero al que daba por desaparecido, Javier y yo. Cruzamos las calles del pueblo, un poco de asfalto, los japos nos adelantan y en un cruce erramos el camino. Menos mal que un lugareño que providencialmente nos vigilaba (y van…, uno no se cansa de agradecer a la gente su ánimo y su ayuda) nos ahorró la consiguiente pérdida de tiempo y energías. Apenas hubimos cogido el sendero bueno, que ya empezaba a subir decidido, se nos aparecen los japoneses con cara de susto, preguntándonos alarmados en inglés si todo iba bien, si ése era el camino. Esa noche se les veía muy nerviosos e inseguros. Así que tomamos el camino, a ratos estrecho, siempre perfectamente señalizado, en pelotón de cuatro, y al poco los japoneses nos “piden permiso” para permanecer junto a nosotros durante la subida. No interactuamos mucho más, avanzamos concentrados. Las señales indican dos horas al lago de la Cicogna; no recuerdo bien porque, una vez más, no he estudiado el libro de ruta, pero el refugio Barmasse debe de estar por ahí cerca. Todo está muy oscuro, pasamos junto a cabañas aparentemente abandonadas, hasta que allá arriba avisto una perfecta hilera de luces. Sin duda deben de ser farolas, y esta alineación corresponde a la de una presa, luego deduzco que el lago es artificial, un embalse… Allora, el refugio ya está cerquita, y falta que me hace porque aunque había comenzado la subida bastante espabilado noto que el sueño me está venciendo y que cada vez me cuesta más mantener la línea recta mientras camino. Menos mal que Javier marca un buen ritmo y está pendiente de mí. Ya estamos muy cerca y surge al pie del muro de la presa un edificio con abundante iluminación que yo, en la neblina del duermevela, quiero imaginarme que es el refugio. Pero el más absoluto silencio acompaña a aquella estampa fantasmal en medio de la noche; ni rastro de voluntarios ni de nadie. Se trata sin duda de las instalaciones de servicio de la presa. El camino, efectivamente, está a la izquierda y serpentea para salvar el desnivel que nos separa del lago, en cuyas inmediaciones ,esta vez sí, está el refugio. Ahí afuera nos esperan. Control y yo que sólo busco cama. El refugio tiene buena pinta, nos ofrecen de comer, pero cuando nos conducen a una estupenda habitación de 6 literas, aún vacía, me falta tiempo para quitarme la mochila y lanzarme a lo kamikaze sobre el lecho. Hablando de kamikazes, en el último tramo del camino, cuando todo se veía claro y no había pérdida posible, los japoneses, después de chupar rueda durante toda la subida, habían saltado de nuestro pequeño pelotón, dejándonos solos a Javier y a mí. Ya los pescaríamos, ya…
Me gusta mucho planificar mis excursiones, estudiar sobre el mapa por dónde voy a ir. Y para el Tor lo había hecho, pero sólo hasta la tercera etapa. No me acababa de creer que pudiera ir más allá, y sólo llegar a Donnas se me antojaba todo un triunfo. La quinta etapa sí la controlaba bastante, pero por haber estado antes por allí. Recordaba que esta sexta consistía una ascensión fuerte seguida de una travesía a gran altura por tierras inhóspitas coronando varios collados sin gran desnivel, después una bajada a saco hasta el valle y de postre otro bicho de 1000 md arriba y abajo. Pero la hoja con los detalles del perfil permanecía en la bolsa amarilla, allá abajo en los verdes valles. A estas alturas se trataba de seguir adelante y no pensar demasiado en otra cosa que no fueran las barreras horarias. Me desperté atontado, tras haber dormitado y padecido nuevamente dolores en la pierna izquierda, era como si de tanto caminar extrañara la posición horizontal. Me sentía un poco zombie, mientras caminaba escaleras abajo hacia el comedor a mi cerebro le cotaba discernir entre realidad y sueños. Me contó Javier que caí como un tronco y que él tuvo que encargarse de meter mi mochila, que había abandonado en medio del cuarto, bajo la cama. Recuerdo que en el comedor estaba la patrulla escoba y un corredor que había decidido retirarse. Los japoneses habían continuado sin pararse a dormir, según nos contaron. Desayuné algo y así, alrededor de la una de la mañana, nos sumergimos nuevamente en la oscuridad. El terreno era favorable, llaneábamos por buen camino. De hecho, hicimos un largo tramo por pista. Campo abierto, la luna iluminaba prados ganaderos y de vez en cuando se escuchaban en la lejanía ladridos de perros. Abandonamos la pista cuando esta viró decidida a la izquierda, hacia el sur, buscando quizá el valle y esa civilización que tan lejos quedaba ahora. El camino alternaba ahora tramos de subida fuerte con otros de falso llano, y el bosque con los prados. Recordaba que la Finestra de Ersaz tenía una altitud modesta, no podía quedar mucho, adivinaba el paso en algún lugar de la suave cresta frente a nosotros, bien perfilada gracias a la luz de la luna. Y no quedaba mucho, pero algunas rampas duras aún me hicieron sufrir. Finalmente llegamos, allí estaba el mojón del collado, pero no daba mucha impresión de altitud. Y es que tras bajar unos pocos metros el camino volvía a llanear, marcado en la ladera de la montaña. Frente a nosotros un horizonte nuevo, amplio, de montañas sin fin. Montañas cuya grandiosidad no residía tanto en sus formas o en su altitud, sino en su soledad. En la abrumadora sensación de desvalimiento que transmite una noche sin rastro de iluminación artificial, en una oscuridad casi perfecta en el corazón de una Europa Occidental hiperindustrializada. He vivido noches aún más frías, sobre un glaciar camino de un cuatromil, en una montaña mucho más inhumana que ésta, pero en las que al mirar hacia abajo las luces del valle me reconfortaban, como si existiera un cordón umbilical que me uniera a la civilización. Aquí no, y es así que cuando el camino bajó un poco más y los focos de un todo-terreno que descendía por una pista forestal nos deslumbraron, me sentí contento.
Alcanzamos dicha pista y el vehículo se detuvo. Lo conducía un chaval de aspecto taciturno. Nos echa una ojeada y dice que va a buscar a una chica que anda con problemas, probablemente sea una que habíamos alcanzado al pie de la presa y que nos había descolgado en el último tramo antes del refugio. El avituallamiento está un poco más arriba, nos dice. Y asi es. Hay que subir, por tanto. Cortando las curvas de la pista por el prado llegamos a una granja . El porche está iluminado, hay una mesa con vituallas ligeras, más el consabido té y la sopa. Atiende el que resultó ser el padre del chaval del todoterreno. Rudo a su modo, de pocas palabras, pero servicial, vamos todos los tópicos que a uno se le ocurren sobre quien trabaja en el monte, con el ganado, transcurriendo largos períodos con escaso contacto con el mundo exterior. El todo terreno vuelve, imagino que la chica ha sido rescatada y bajada al valle. Antes de marcharnos el padre se empeña en que nos llevemos todo el cargamento de plátanos que le ha dejado la organización. Si no somos los últimos, seremos los penúltimos, y hay que liquidar existencias. Así que banana que va a la mochila y antes de salir echo un ojo al cartel con el perfil del siguiente tramo. Se aprecia una subida corta y empinada, seguida de una breve bajada y el rush final hasta el collado. El camino pronto se empina al tiempo que encara la montaña y se vuelve más duro y rocoso. Sufro hasta que vira a la izquierda y empieza a bajar. Me vuelvo y contemplo las luces de la granja donde hace poco hemos avituallado, ya muy lejanas y muy abajo, o eso me parece. Y frente a nosotros se perfilan unos picos de aspecto muy respetable, de nuevo me pregunto dónde estará el paso, y de nuevo esa familiar sensación de que sea donde sea, está lejísimos allá arriba. Pero cuando acabe esta bajadita ya afrontaremos la subida definitiva. Vale, subimos de nuevo. Es duro. Muy duro. Tenemos que estar cerca del puerto, pero… ay amigo, que los ritmos de subida habituales no son de aplicación aquí. Y de pronto…
Abajo, abajo, todo hacia abajo. ¿Qué coño es esto? Con lo que nos ha costado subir! El perfil indicaba una subida intermedia, pero esto son dos!!! A estas alturas debería haber comprendido la naturaleza aproximativa de los perfiles que nos ponía la organización, pero iba ya incubando la semilla de la crisis. Finalmente llegamos a un terreno llano, herboso y húmedo. Ahí a la derecha debe de haber un lago y este torrente que cruzamos es su emisario. Un lugar muy agradable para tumbarse al sol en una tarde de verano, sin duda. Y aquí comienza el ascenso definitivo a la Fenetre de Tsan, en la que el camino discurre por terreno mixto de hierba y roca entre grandes bloques. El corazón se acelera, pero las piernas no dan más. Tengo que parar una vez. Y muy pronto, otra vez más. Le digo a Javier que no me espere, que continúe, que no me pasa nada pero que necesito descansar. El prosigue y yo me quedo tranquilo, sin la mala conciencia de retrasar a mi compañero y rumiando mi crisis en soledad. Mejor así, en estos momentos prefiero que nadie me vea ni me pregunte o intente tirar de mí. Ya llegaré arriba de alguna manera. Era la primera vez en el Tor que reventaba por puro agotamiento físico, no por sueño; en la subida a Coda anduve cerca, pero no llegué a esto. Afortunadamente el mal de estómago seguía ausente, así que la idea de la retirada no pasaba por mi cabeza. Cuando por fin llego al mojón del collado la mañana está por despuntar. La hora crítica, nada nuevo… Me sorprendió encontrar unas vacas pastando tranquilamente allá arriba. Muy abajo, hacia la derecha, distinguí unas luces, el bivacco Reboulaz, seguramente. Vamos para abajo rápidamente, me dejo caer, es fácil… Pronto podré avituallar, lo peor ha pasado.
Niet. Sorpresa! Ya había visto en el mapa que junto a este collado había una montaña de nombre “Cime Bianche”. Y si se llama así será por un buen motivo, claro. Nieve? No precisamente. Lo que me encontré fue un revival del descenso del refugio Sella a Cogne, o sea, que aquella infame roca blanca, deleznable en todos los sentidos, recubría toda esta vertiente de la montaña. El camino estaba bien trazado, bajaba en zigzags y habría sido muy corrible de no ser por la pésima calidad del terreno y el mal estado de mis pies (ampollas y el tobillo izquierdo que cada vez me iba molestando más). Descenso lentísimo, por tanto, para mi desesperación. Tengo buena perspectiva de la ladera por la que va el camino, y ni rastro de la frontal de Javier. Me ha sacado muchísima ventaja, empiezo a agobiarme seriamente por las barreras horarias. Por lo menos estar solo de noche en mitad de la Naturaleza salvaje tiene la ventaja de que puedes sacar lo mejor de ti mismo sin pudor, de forma que saludé el amanecer de aquel nuevo día con una letanía de tacos e improperios que rompía toda la poesía del momento. Cuando finalmente llegué al refugio la frontal no era ya necesaria. Un lugar muy acogedor, con una sala di pranzo pequeña y calentita. Los voluntarios me preguntan si soy español, porque hay un compatriota que me está esperando, durmiendo en el cuarto contiguo. La primera reacción fue sentirme mal, que era una irresponsabilidad perder así un tiempo que podía ser precioso. Pero pronto me reconforté, al final estaba descansando, reponiendo fuerzas, y yo sólo podía agradecerle aquel gesto de camaradería. El Tor des Geants será una “carrera”, de acuerdo, pero lo que yo estaba experimentando no tenía nada que ver con la competitividad. Sólo compañerismo y de solidaridad, que ganaban en intensidad según pasaban los kilómetros. En aquella alborada fría y solitaria, muy lejos del mundo de todos los días, conversando con los voluntarios mientras bebía un té caliente bien cargado de azúcar, no se me ocurrió preguntarme qué narices estaba haciendo allí. Simplemente estaba, y así debía ser.
Los voluntarios me comentaron un par de cosas. La primera que el trazado de la Alta Vía 1 desde allí hasta Oyace era nuevo y transcurría por viejas sendas de cazadores; el original bajaba derecho al valle. De forma que la impresión de aislamiento que transmitían aquellos parajes estaba muy justificada. Y la segunda cosa, que no nos sobraba el tiempo y la patrulla escoba no andaría lejos; vamos, que había que arrear. De forma que desperté a Javier, a quien tuve que zarandear porque sobaba como un bendito, y partimos decididos a recuperar tiempo. Yo me sentía bastante mejor, y acometí con decisión la nueva subida, esta vez al col Terray. Aunque hacía tiempo que había amanecido las montañas que acabábamos de cruzar nos mantenían en sombra; ahora podía disfrutar de la hermosa visión de la “montaña blanca” que tan mal rato me había hecho pasar, con el cielo iluminado detrás de ella. Y fue esta luz matinal, que ya iluminaba la parte alta de las montañas de la parte opuesta, la que me hizo ver “cosas”… Las sombras proyectadas contra estas montañas estaban vivas. Algunas tenían formas de animales, y en otra distinguí claramente unas figura de mujer empuñando un cuchillo que dirigía hacia un ser tumbado a sus pies. No eran alucinaciones, eran muy reales, estaban allí, en las montañas, y yo estaba muy despierto, caminando entre los canchales. ¿O no estaba despierto, sino en un estado alterado de conciencia? ¿Estaba entreviendo otra realidad? Y me acordé del dejà vu camino de St. Jacques.
En el alto encontramos parado a otro corredor a quien habñiamos visto subir a ritmo muy fuerte. Frente a nosotros un valle profundo, con algunas granjas bastante abajo, y cerrado por una montaña que debíamos flanquear. Bajamos corriendo un primer tramo muy empinado antes de cambiar de ladera y recibir los primeros rayos del sol. Aquí el descenso se hacía algo más irregular. Alcanzamos a otro participante con la rodilla vendada, lo recordaba de la enfermería de Valtournenche, tenía problemas para bajar. Le adelantamos y proseguimos por terreno a ratos expuesto, virando poco a poco a la derecha. Intentábamos adivinar la ubicación del oratorio de Cuney, pero todas las casas que avistábamos estaban demasiado abajo, así que el camino seguramente continuaría girando a derechas. Tras una bajada abrupta una breve remontada y por fin avistamos una cruz sobre un promontorio herboso. Voilà. De todos modos, aquello aún no es el refugio, hay que bajar, llegar a un torrente y volver a subir. Por fin!!
El avituallamiento está bien, pero yo me limito a beber un poco, el sol ya está empezando a pegar con fuerza. Las montañas que hay frente a nosotros están descarnadas, con abruptas pendientes de roca marrón y derrubios. Montañas duras, de escalada seguramente desagradecida, nada estéticas, espartanas. A juego con el ambiente, en una palabra. A todo esto, ya somos multitud. Han llegado los escobas, arrastrando consigo a un par de corredores. Me parece oír al jefe algún comentario poco alentador, pero ya sabíamos que vamos justos. Así que salimos, nos quedan dos collados sin demasiado desnivel. Propongo a Javier que para ganar tiempo optimicemos nuestros respectivos puntos fuertes, que él se me vaya en los descensos y yo le dé alcance en la subida posterior, y viceversa. A lo que él naturalmente se niega, con lo que en la primera bajada desde Cuney permanecemos juntos. La subida al col Chaleby la hacemos a paso digno, y cuando llegamos arriba nos detenemos para beber agua y tomar aliento. Nos alcanzan nuevamente los escobas, y esta vez el jefe, de nombre Pier, suelta una frase lapidaria.
“No llegamos a Oyace a tiempo, pero es que aunque lo hiciéramos, no da tiempo a llegar a Ollomont”
No quiero creerlo, pero da un poco de miedo. Nos queda sólo el col de Vesonnaz, que parece muy próximo, aunque por algún motivo los carteles indican más de 1 hora… Hay que ir a muerte y no perder la fe, así que vamos para allá. Venga, que además alcanzamos a algunos corredores que iban delante de nosotros. Seríamos cinco o seis, incluyendo a nuestro entrañable “alucinado”, sí, el de la ducha de chicas. Subimos a buen ritmo, y pronto entendemos por qué se daba un tiempo tan largo para llegar al collado; aquella ladera que de lejos parecía homogénea esconde un “doble fondo”. Esto pasa con frecuencia en la montaña, lo que parece cercano no lo es tanto. Así que el camino bajaba y llaneaba un poco antes de afrontar la subida definitiva. Pero aún una sorpresa más, un refugio con avituallamiento. Los escobas deciden efectuar una parada algo más larga. Como un poco de salame, de pan y una naranja. Cuando salimos para afrontar los últimos cincuenta metros los del avituallamiento consiguen endosarnos naranjas a casi todos. Aún les quedan un par de cajas y quieren aligerarse la bajada.
En pocos minutos alcanzamos el collado. Damos vista a un valle profundo. Primero roca, luego prados y allá, muy abajo, los abetos. Y al frente, por supuesto, más montañas. Me pregunto si el siguiente collado estará ahí, pero ahora hay que llegar a Oyace en tiempo. En la primera parte de la bajada el camino zigzaguea por terreno rocalloso, en su fondo de gravilla parece fácil patinar, y está relativamente expuesto. Mi amiga Luisa se lanza cuesta abajo a toda pastilla y yo la sigo. Las botas agarran bien, piso con seguridad, y la velocidad me produce euforia. Hemos dejado atrás a todos los demás y por un momento olvido los males de mis pies mientras vuelo montaña abajo. Maldita sea, se supone que, aunque muy mediocre, soy alpinista, en algo tenía que notarse la experiencia en terreno técnico. Luisa no sólo baja rapidísimo, sino que va retirando los banderines baliza casi sin detenerse, y llega un momento en que casi no le caben en la mano. Cuando nos aproximamos a la zona de prados la pendiente se atenúa e iniciamos un falso llano. Yo noto que me arden las plantas de los pies; la fiesta se ha acabado. Luisa me saca ventaja, Javier me alcanza y supera, momento en el que le digo muy serio que vaya a toda caña para abajo y que no se le ocurra esperarme ni un minuto; estamos arropados por los escobas y sería estúpido ser solidario para llegar los dos juntos fuera de control. También me adelanta el “alucinado”, que echa a correr; se ve que sufre en las subidas pero cuesta abajo es muy competente. Llegan más miembros de la escoba, me duelen los pies y el camino vuelve a bajar según nos aproximamos al bosque. Pero para mi sorpresa Javier no me ha sacado ventaja. No va sobrado. Dentro del bosque, de hecho, yo paso por delante, él permanece con Luisa y yo me acoplo con una pareja de escobas. La bajada se hace interminable, y no es sólo impresión mía, estos dos dicen lo mismo, que parece que el valle está ahí pero bajas, bajas, y no llegas nunca…
Y hay un momento en que el camino por fin deja de bajar, pero no hay rastro de Oyace. De hecho, ahora subimos… Y la sombra desaparece, el sol pega muy duro. Allá abajo hay un río, y quizás un pequeño pueblo, y enfrente una montaña enorme con una ladera blanquísima cubierta de inmensas pedreras alternadas con abetales; afortunadamente no parece que vayamos por ahí, pero para pensar en ello hay que llegar al control, y no hay rastro de nada todavía, y quedan quince minutos. Acuso la subida después de tanto bajar, estoy enrabietado, ¿es que no voy a llegar nunca? Por fin, mientras circulo junto a un prado cercado por alambradas, escucho voces de ánimo, levanto la mirada y un poco más arriba parece haber vida. Sí, sí, aún una última cuesta, aprieto los dientes y llego al asfalto. El puesto de la cruz Roja y el control-avituallamiento en el porche de una casa. Por diez minutos escasos! Y al cabo de tres o cuatro llega Javier. Salvados! De otra que nos hemos librado.
No hay tiempo para gran cosa. Somos unos pocos corredores, seis o siete, resguardados del solazo estival en un avituallamiento que ya comienzan a desmontar. A todo esto, los dos japoneses a quienes habíamos perdido de vista en la ya lejana subida al Barmasse estaban allí sentados con cara de funeral. No hablé con ellos; tenían todo el aspecto de tener que retirarse, mejor el silencio en estas circunstancias. Yo no estaba para tirar cohetes; una solícita voluntaria de la Cruz Roja que me vio cojear poco menos que me secuestró, me miró las piernas y me colocó una compresa fría que pude “disfrutar” por escasos minutos. Había que salir. Javier, sentado en el banco, no tenía buena cara, y por primera vez percibí un atisbo de escepticismo. Sin embargo su reciedumbre era admirable; no se le pasaba por la cabeza abandonar. “No nos retiramos, que nos echen”. Amén
Primeros metros bajo el sol. Miro al suelo, intento concentrarme en cada paso que doy, no agobiarme, convencerme de que poco a poco, regulando, llegaré arriba. Pero son 1000 metrosde desnivel y hace mucho calor. Afortunadamente pronto entramos en una zona más sombreada. Pian piano, no voy del todo mal, y los rampones que aparecen de cuando en cuando no me hacen perder el aliento. Y cerca del vado de un torrente, coincidiendo con uno de estos tramos de fuerte pendiente, se rompe el pelotón. Luisa está marcando ritmo de entrada en control. Yo la sigo, al igual que otro corredor, Massimiliano; Javier se queda atrás con el resto de los escobas. No podía imaginar que acababa de terminar nuestra carrera juntos. Intento no perder la concentración y hacer lo que debo, o sea, hidratarme regularmente cada media hora, con lo que pierdo el contacto con la cabeza y durante un tramo quedo solo entre dos aguas. En correspondencia con unas cabañas en un claro del bosque, acelero el ritmo y acabo atrapando a Luisa; al poco rato se nos une Massimiliano. Ya no nos separaremos hasta el alto. Luisa nos comenta que debería haber un avituallamiento líquido a 2000 m, pero ya hemos superado esa cota ampliamente y no hay nada aún. El altímetro marca más de 2100 cuando alcanzamos una casa en estado semirruinoso junto a la que han instalado una pequeña carpa y unas sombrillas. A todo esto, justo acabamos de salir del bosque y el sol cae a plomo. Pero la parada se agradece, sin duda.
Los voluntarios son amables, han apretado bien las botellas de agua y Coca-Cola para resguardarlas del sol. Pero ummm, la Coca está caliente… Nos comentan que hay una fuentecilla no muy lejos, pero puñeteras las ganas que hay de ir a buscarla. El montañón que tenemos enfrente da miedo, y lo peor es que hay un camino bien marcado que trepa por una inmensa ladera herbosa abrasada por el sol. Digo mal, lo peor es que en ese camino se divisan personas!! Me temo lo peor, uff, hace un calor que achicharra a las moscas. No me atrevo a preguntar por dónde hay que seguir porque tengo miedo de la respuesta; prefiero mantener la esperanza, y es que esa ladera parece salvar bastante más de los400 metros de desnivel que nos quedan hasta el col. Llevamos un buen rato cuando aparece el chico de la rodilla vendada que atrapamos en la bajada hacia Cuney, Flavio, luego me contaría que era boloñés. Pero ni rastro del grupo principal, con Javier. Se me hace extraño porque han pasado quince minutos, y aunque hemos subido a un ritmo bastante aceptable, esa diferencia de tiempo es excesiva. Mal presagio.
Por fin partimos. Un mínimo tramo sombreado y… bien!!! Nuestro camino gira decidido a la izquierda y ataca la ladera oblicuamente con una pendiente moderada y aparentemente regular. La montaña que dominaba el avituallamiento no era la nuestra. El cielo tenía ese azul vaporoso, empañado, de los días de duro verano. La vista, excepcional. De frente reconocía el col de Vessonnaz que habíamos cruzado horas antes, con el adusto Pico de la Faroma a su derecha. Abajo del todo, el verde y profundo valle de la Valpelline , punteado de pequeños pueblos y ensanchándose al fondo, en la bruma, hacia su desembocadura en las inmediaciones de la milenaria Aosta. Parada-agua, pierdo rueda de mis compañeros, cuando los alcanzo me preguntan si todo va bien. “Sí, sin problemas”. El ritmo es bueno. Pero las malas noticias van llegando. Han comunicado por radio a Luisa que Javier ha entrado en crisis. Padece trastornos intestinales y sobre todo es presa de un ataque de sueño y no rige bien. Alcanzamos a una pareja sentada en medio del camino. Ella tiene un pie lleno de ampollas de tal calibre que no puede dar un paso más. Está tan hinchado que no puede quitarse la bota; posteriormente sabría que hubo que sacársela cortándola con tijeras. Se da la voz de alarma, tienen que venir a rescatarla en helicóptero. Y ya que se moviliza la fuerza aérea, deciden aprovechar y llevarse también a Javier. Joder, qué mala suerte, sólo queda esperar que no tenga nada serio…
El verano se resiste a morir, pero el acortamiento de los días no se ve afectado por los vaivenes del clima. Así que durante la última parte de la subida noto que el Sol ya pega menos fuerte. Los últimos metros, un empinado zigzag a traves de los altos prados, transcurren en sombra. Y de repente, hemos llegado! Es uno de esos collados poco marcados, de esos que no adivinas hasta muy poco antes de llegar. Había voluntarios controlando, el helicóptero está a punto de llegar… Si no me falla la memoria, eran las cuatro menos diez o menos cuarto. Y allá abajo un nuevo valle, mil doscientos metros en vertical de una bajada aparentemente simple. Tiempo sobrado para llegar al control de no ser por el “pequeño” problema en mis pies. Empezamos a bajar y enseguida Massimiliano y Flavio me descuelgan. Considerando que ambos iban con las rodillas fastidiadas y tenían serios problemas para bajar, pues está todo dicho. Yo descendía con lentitud extrema, y aunque Luisa hacía esfuerzos por no abandonarme, finalmente fue inevitable abrir un pequeño hueco. A las ampollas ya conocidas en ambos laterales de los talones se había sumado otra que debía de ser horrorosa justo en la base de los dedos. Hasta el punto que tuve que detenerme para hacerme un apaño. Me quité la bota con miedo de mirar. Bueno, no parece haber sangre en el calcetín, algo es algo… A veeer qué tenemos ahí.
Pues casi nada! La ampolla del talón izquierdo se había reproducido y era bastante gorda, pero no contenía sangre. La del derecho no, pero la piel vieja no protegía bien la herida y la dermis quedaba expuesta. Y en la base de los dedos no había nada. La zona estaba muy sensible, pero parecía ser una ampolla en fase muy temprana de su formación. Luisa, al darse cuenta de que me había parado, estaba volviendo hacia mí. Habla por la radio, comenta que estoy con los pies en estado “lamentable”, y me compara con la chica que hemos encontrado en la subida; yo creo que me da por muerto. Un poco picado, le muestro el pie, como para demostrarle que tan mal tampoco estoy. Que voy a vendarme los pies con lo único que tengo, la venda elástica-adhesiva del material obligatorio, y que si quiere puede ir bajando poco a poco. Así que consumo todo el rollo, protegiendo mis pies lo mejor que puedo. Reanudo la bajada y voy un poquito mejor. No gran cosa, pero al menos camino, no repto. El tiempo pasa implacable, estoy bajando haciendo travesía oblicua en sentido inverso al de la subida. Por fin llego a una majada. En una de las cabañas hay un miniavituallamiento. Luisa me está esperando. Mi espíritu está inquieto. Oscilo entre una tranquila resignación y la voluntad de tirar para delante de alguna manera. Creo ser muy racional cuando, mientras bebo un poco de agua con gas y descanso, le digo a Luisa, tranquilamente, que he metido la pata por llevar sólo un bastón y no prever en mi mochila algo para tratar las ampollas, que he cometido un error que me va a obligar a retirarme. Todo muy tranquilo, como asumiéndolo con madurez y presencia de ánimo, pero, ay, ay… Ya he comentado que en el Tor el cerebro no funciona igual que en la vida ordinaria. Que experiencias paranormales aparte, la capacidad de análisis y decisión acaban viéndose afectadas por la fatiga y sobre todo, por la falta de sueño. Y es que a esa confesión añadí una coletilla que dejaba entrever que esas no eran mis intenciones reales.
“Por lo menos quiero llegar a Ollomont dentro del horario, y ganarme la medallita de la sexta etapa…”
Oh, yeah… A ver quién se iba a creer que si entraba en horario realmente iba a retirarme. Y mientras lo decía yo creía ser sincero, pero el caso es que el último tramo de descenso lo había llevado mejor, y ahora la ruta continuaba por una buena pista que conducía directamente al pueblo. Y los de la cabaña nos aseguraron que estaríamos abajo enseguida, que entrábamos en tiempo con holgura. La esperanza, por tanto se resistía a morir.
Por cierto, era ya el último. Farolillo rojo en solitario. Por detrás ya no quedaba ningún corredor en competición. Así que volví a ser testigo de cómo se desmontaba un avituallamiento… Ellos bajarían a continuación con el 4×4. Luisa y yo tiramos para abajo. Ella volvía a ser optimista con que conseguiríamos entrar. La pista era cómoda y mis pies sufrían menos. Sí, quizás hasta podría llegas antes de las siete. Y cuando alcanzamos a una pareja de corredores, (ella iba con problemas en las rodillas, qué original!), me vino un subidón. Luisa me volvió a abandonar, pero esta vez fue ella la que se quedó atrás. Debía quedarse acompañando a los nuevos farolillos rojos. Y así fue como, para mi alborozo, la pista perdía pendiente según penetraba en el fondo del valle y se aproximaba a Ollomont. Poco antes de pisar el primer asfalto me adelantaron los todoterrenos de los voluntarios del avituallamiento anterior. Carretera! Un pueblo! Ollomont! Y aún no son las seis y media. Sigo bajando y la calle desemboca en lo que parece la vía principal. Busco con ansia la base vita, no me puedo creer que vaya a llegar a tiempo! Hay que subir un poco por el asfalto, pero las piernas vuelan. Subir no me duele, sobre todo después de haber superado lo que bajando el Brisson parecía por momentos el fin de mi aventura. Voy junto al río, hay un puentecillo a la izquierda con señales del Tor. Y ahí está! Entro en el recinto, corredores y voluntarios me aplauden, no me lo puedo creer. Intento orientarme, de pronto aparece Albertxo con toda la troupe. Recuerdo que todos me felicitaban, me indicaban por dónde se fichaba, entro en el comedor, hay mucha gente, veo a la chica con el aparato de control. Hecho!! Son las siete menos veinte, joder, tengo hasta margen! Atolondrado como estoy, le pregunto si me da tiempo a que el médico me cure los pies. “Sí, sí, claro”. (¿Ah, pero no iba a retirarme? ¿A qué tanta prisa?) Me acompaña fuera, habla con el médico, no hay problemas, me llevan inmediatamente al interior de la tienda-enfermería. La enfermera es cariñosa, rapidísima y tremendamente hábil; me dice que no mueva el pie, que tiene una aguja muy gorda en la mano, que cuidado. Mientras me lo dice ya me la ha clavado, ha vaciado la ampolla y yo ni me he enterado. Siento que todos están pendientes de mí, se me acerca el médico, me echa una mirada y no parece que mi aspecto le disguste. “¿Qué tal las rodillas?” Es sin duda el achaque de moda entre los corredores. Le indico la izquierda, ligeramente hinchada, y él me entrega motu proprio paracetamoles y un ibuprofeno, por si los necesitara. A todo esto Albertxo se ha hecho cargo de mi bolsa, me la trae al lado de la camilla, y con ella un poco de comida y el pin de finalista de la etapa (en ese momento pensé que efectivamente lo había olvidado, pero resultó que no, que me lo habían entregado y lo había metido en la mochila sin darme cuenta). Cuando me pregunta qué tal estoy, no sé por qué, quizá par dar un poco de pena y que me siguieran animando y mimando (tenía a mis pies, literalmente, al médico, a la enfermera, a Albertxo y a la chica del control, que me miraba con apremio), le contesto “creo que las ampollas van a obligarme a abandonar, qué tontería”. Y él, con muy buen criterio, casi me tira de la camilla. Así que no me quedaba más remedio que continuar, je, je… Todos parecían de acuerdo en ello.
Seguramente, en cualquier caso, no habría acabado retirándome, pero así es como se comprende la importancia que el apoyo de los demás puede llegar a tener. En soledad, quizá diez minutos de debilidad, de “dejarse ir”, y entregas el dorsal… para un cuarto de hora después, tras haber reposado un poco, darte de cabezazos contra la pared al ver que podías haber continuado sin problemas. El caso es que yo ya estaba dispuesto a salir pitando. La del control no me había quitado ojo para asegurarse de que fichara el control de salida antes de las siete. Y así fue, serían las siete menos cinco cuando confirmé que seguía en carrera. Y de premio, veinte o veinticinco minutos de regalo. Podría tomar algo caliente, ella misma me lo trajo de la cocina, la escoba no partiría hasta poco antes de las siete y media.



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