Definamos algunos términos
Reto deportivo. De primer orden para cualquier aficionado a la montaña. Se requiere resistencia física, fisiológica y mental. Hay quen dice que el coco lo es casi todo. Yo creo que es esencial, por lo menos si no se es un crack de esos que lo hacen en 80, 90, 100 ó 120 horas. Pero el cuerpo no debe fallar, y tampoco conviene forzarlo.
El cuerpo. Descubrimos que su capacidad de aguante es sorprendentemente mayor de lo que habríamos pensado. Y cualquier atleta-montañero avezado con un rendimiento medio o medio-alto puede terminar esta prueba, Yo lo he hecho y soy de lo más «corrientito». Pero hay que ir bien preparado, tener una pizca de suerte y sobre todo saber renunciar si reconocemos que hemos pasado el límite y comenzamos a hacernos daño.
El sufrimiento. Aunque un relato del Tor necesita del dolor para adquirir ese tono épico tan favorecedor, tengo que reconocer que el sufrimiento que describo a posteriori es bastante mayor que el que sentí allí, in situ. No quiero decir que haya exagerado, he intentado ser lo más preciso posible, pero mi percepción subjetiva del dolor durante la carrera fue sorprendentemente liviana. Las ampollas dolían, y mucho. pero nunca tuve la impresión de que tuviera algo realmente grave ni de que mi salud peligrara. Esta convicción atenuó mucho la sensación de sufrimiento, rebajándola con frecuencia a mero fastidio.
La táctica. Es bueno estudiar el recorrido, yo no me esmeré lo suficiente y tuve que arrepentirme. Es bueno prever problemas que puedan surgir más allá de nuestras debilidades habituales, porque 330 km son muchos y 150 horas muy pocas. A mí se me «olvidó» que las ampollas pueden suponer un enorme fastidio. Es bueno no subestimar esos pequeños traumatismos que normalmente no irían a más, pero que con 250 km por delante pueden volverse un gran problema. Acabé lesionado del tobillo izquierdo por una inocente patada a una piedra que ni me acuerdo dónde fue. Y es bueno prever un plan de etapas y paradas, pero más aún ser flexibles y saber que probablemente haya que improvisar sobre la marcha.
Compañerismo. Absoluto, fabuloso, lo más grande de esta prueba. Quizá sea que la dureza acentúa la solidaridad, que el ser relativamente pocos evita los agobios propios de carreras más multitudinarias, o que cuando llegas a cierto nivel de fatiga los sentidos se avivan. Da igual. Y el compañerismo no sólo se da entre los corredores, sino también, aunque lógicamente a distinto nivel, entre corredores y voluntarios y con el público, la gente del camino.
Han pasado dos meses desde la gran aventura. Feliz de haberla acabado, y sin ninguna secuela de salud. Después de este logro experimenté un curioso sentimiento, y es que ya no me llamaban la atención otros trails, incluido la «referencia mundial», el UTMB. Era como si después del Tor cosas más «pequeñas» no me interesaran. Y de hecho, aunque muy satisfecho por la experiencia, tampoco sentía la necesidad de volver al Tor. Digamos que ya había conseguido la «hazaña», y de paso había descubierto tantos parajes hasta entonces desconocidos. Estas motivaciones ya no podrían funcionar igual en un hipotético retorno.
Pero ahora no lo veo tan claro. Claro está que en primer lugar tendría que haber edición 2012 del Tor, cosa probable pero no segura, en segundo lugar tendría que conseguir plaza, y en tercero mis circunstancias personales en sepiembre de 2012 podrían cambiar e impedirme participar. Y el caso es que sí me tienta volver, sé que el Tor me deparará sorpresas y nuevas sensaciones que compensarán la «desmotivación» de tenerlo ya en el currículum. Y que la experiencia adquirida me podría facilitar una carrera más «cómoda», una forma diferente de degustarla. Mejorar mi tiempo de este año me resulta indiferente.
Así que ya veremos. Nada hay decidido, pero no cabe duda. El Tor «tiene duende».



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