Ocho años transcurridos desde mi último post en este blog. El tango dice que no ocho, sino veinte años, no son nada, pero afortunadamente en mi caso, han sido ocho años ricos de experiencias en más de un aspecto. Emigración, repatriación, y unas cuantas montañas por el camino. No fue fácil cambiar los Alpes italianos por las Tierras Altas escocesas, se trata de dos mundos tan distintos…

El lago de Lecco desde el macizo de la Grigna, uno de los tesoros de los Prealpes lombardos. Abajo Mandello del Lario, frente a nosotros las montañas del Triángulo Lariano, y al fondo la llanura padana.
El lago de Lecco desde el macizo de la Grigna, uno de los tesoros de los Prealpes lombardos. Abajo Mandello del Lario, frente a nosotros las montañas del Triángulo Lariano, y al fondo la llanura padana.

Yo estaba acostumbrado a la dulzura de las montañas de luz del Sur. Montañas que podían ser modestas colinas o respetables moles de más de 4000 m, pero con algo en común. Su luz y su humanidad. Pueblos, carreteras forestales, baitas, refugios, terrenos agrícolas, oratorios y cruces de cima. La montaña antropizada, la Naturaleza cuyo carácter no reside sólo en su nuda naturaleza mineral y su vida salvaje, sino en la interacción constante con el hombre. Interacción que no es necesariamente sinónimo de la devastación producida por la silvicultura industrial o las estaciones de esquí alpino, sino de una simbiosis que frecuentemente se remonta hasta los tiempos prehistóricos, y que ha dejado huella en cada recoveco del paisaje. Y todo esto bañado por el Sol del Mediterráneo, el mar en cuyas riveras han florecido muchas y fecundas civilizaciones.

Y he aquí, durante más de cinco años, viviendo en el lejano Norte. Montañas mucho más bajas, mucho más antiguas, y mucho más remotas. La orogenia caledoniana nos ha legado un paisaje de valles largos y profundos, pendientes empinadas en el fondovalle que ceden en las alturas, dando lugar en el caso de los Cairngorms a un altiplano desolado, una interminable tundra donde reinan el brezo, el lagópodo y las liebres árticas. Y donde no hay nada. El vacío envuelto en nieblas, a menudo azotado por la lluvia y con un viento inmisericorde casi omnipresente. Y el temible bog, los terrenos encharcados donde uno se hunde por encima del tobillo, y que surgen a traición en hondonadas y collados. De vez en cuando sale el sol y la luz se derrama alumbrando paisajes sobrecogedores en su soledad; recuerdo en particular la impresión que me produjo mi primera vez en el altiplano de los Cairngorms en diciembre, cubiertos de nieve y con el sol del mediodía rayano en el horizonte, y el brillo del agua corriente sobre un esquisto pulido y brillante de hace 400 millones de años en las montañas de Crianlarich.

Aquí se trata de caminar (o pedalear) durante kilómetros por el fondo del valle antes de afrontar la subida propiamente dicha. No hay aquí terrenos cultivados, ni refugios, ni cruces. La huella humana frecuentemente no va más allá de los rebaños de ovejas y apriscos aislados. De vez en cuando aparece un bothy, un refugio no guardado al lado de los cuales sus homólogos alpinos son caprichos de sibarita. Estas montañas me impresionaron, pero no me enamoraron. No me arrepiento de que hayan sido mi horizonte montañero durante cinco años, pero la hora de regresar al Sur tenía que llegar.

Sudamérica, Sudamérica… En el último post me disponía a mi primera aventura andina por tierras ecuatorianas, en busca de la cota 6000. No pudo ser en aquella ocasión, pero llegaría un año más tarde, y con el regreso a Ecuador a finales de 2015. Y hubo que añadir el descubrimiento del soberbio altiplano chileno, al que corresponde la foto superior. Sólo espero volver lo antes posible una vez que pase esta maldita crisis coronavírica.

Caminando desde Coll de Pal hacia la Tossa d’Alp, con el Cadi y Pedraforca al fondo.

Y en 2019 llegó el regreso, con todo un país por descubrir. Más allá de los Pirineos, viejos conocidos, la espléndida naturaleza catalana aguardaba. Entre lesiones y pandemias el inicio ha sido complicado, pero muy prometedor. Nuevas aventuras aguardan, y espero contar aquí al menos algunas de ellas.

2 respuestas a “Ocho años sí son algo”

  1. Avatar de daniela de amici
    daniela de amici

    Que buen articulo, me gustò mucho. Comparto tu vision de los montes escoceses ¡ mucha suerte para el futuro!

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    1. Muchas gracias Daniela, me alegro de que te haya gustado.

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