Lo que más me gusta de las montañas escocesas es sin duda la Naturaleza salvaje, solitaria y remota como en muy pocos lugares de Europa. Su modesta altitud, con los 1343 del Ben Nevis como cota máxima, no hace honor a las profundas experiencias que en ellas se pueden vivir. Los inviernos adquiren un carácter ártico en los Highlands, con la nieve que se extiende interminable por los altiplanos de los Cairngorms y recubre canales y paredes en Glencoe, Ben Nevis o Creagh Meadaigh. En primavera y verano florecen las ralas laderas con el rosa purpúreo de los brezales, y cuando el aire es claro se puede gozar de horizontes infinitos desde las cumbres. El cielo y las nubes son diferentes aquí, la elevada latitud les presta una extraña cercanía, como si pudieran tocarse con la mano. Son montañas que frecuentemente exigen largas aproximaciones por el fondo de los valles, los glens, antes de comenzar a escalarlas, y que en las larguísimas jornadas de verano permiten gozar de caminatas de gran aliento, kilometradas en soledad, avistando ciervos, lagópodos o liebres nivales. Muchos afrontan estas aproximaciones en bicicleta, a través de pistas cerradas al tráfico o viejos caminos reales. Uno puede dejar la bici al pie de la montaña sin preocuparse de no encontrarla a la vuelta, nadie la roba aquí. Pese a ello, no llegué a comprarme nunca una bici, siempre me tocó aproximar a pie. No me solía resultar aburrido, al contrario, acabé disfrutando de estos largos tiempos suspendidos.
Corría Junio del 2018 e intuía que aquél iba a ser mi último verano en Escocia. Y efectivamente, durante la segunda parte del año se precipitaron los acontecimientos, y mi siguiente solsticio de verano lo celebraría ya en Barcelona… con un brazo recién fracturado y de baja. El sucesivo, del infausto 2020, no necesita comentarios. En definitiva, lo que aquí voy a relatar es mi último solsticio de verano «normal», y que celebré como se merecía. En Escocia, cuando el tiempo es bueno, las jornadas estivales son magníficas. Una luminosidad envolvente, dulce, y días interminables, con hasta 18 horas de luz. Las noches, con el Sol a un máximo de 9º por debajo del horizonte, no existen como tales, sino como crepúsculo. Siempre había deseado disfrutar de esa noche mágica, la noche blanca, en la montaña, en silencio, en soledad… y nunca me había decidido. Había llegado el momento. Celebraría la Noche de San Juan caminando por las montañas.
La idea me rondaba la cabeza desde hacía algún tiempo. Aprovechándome de las líneas de ferrocarril de Glasgow-Fort William y Edimburgo-Inverness era factible una larga travesía a través de uno de los parajes más inaccesibles de los Highlands escoceses, coronando de paso seis «Munros» (picos de más de 3000 pies, 915 m) más que añadir a mi lista. La caminata partiría de la estación de Corrour, la más aislada de toda la red ferroviaria británica. En el borde septentrional de la vasta extensión deshabitada de Rannoch Moor, este lugar carece de carretera de acceso, siendo necesario caminar o pedalear diecisiete kilómetros para dar con la vía asfaltada más cercana, la carretera sin salida que conduce al diminuto núcleo de Rannoch. Corrour es una finca con un bar-restaurante en la estación, un albergue de juventud junto al cercano Loch Ossian y algunos refugios privados dispersos. El acceso en tren facilita el acceso a ciclistas y caminantes que tienen a mano tres Munros en las orillas del lago, donde se puede, como en casi toda Escocia, acampar libremente. La primera parte de mi excursión consistiría en ascender a los dos Munros situados sobre la orilla meridional del Loch Ossian, para descender a su extremo este y desde ahí acceder al macizo del Ben Alder, recorriendo la magnífica cresta del Geal Charn y sus cuatro Munros. De ahí un empinado descenso hacia la zona de acampada de Culra, el «campo base» del Ben Alder, y dieciséis kilómetros de retorno para alcanzar el Loch Ericht, en cuyo extremo norte se encuentra el diminuto pueblo de Dalwhinnie y su estación de tren.

Los horarios de los trenes para dos estaciones tan pequeñas no permitían mucha flexibilidad. El último tren del día llegaría a Corrour a las nueve y diez de la noche del 23 de Junio, y yo debería llegar a la estación de Dalwhinnie antes de las once y media del día siguiente para coger el tren que me llevaría de vuelta a Edimburgo. Disponía pues de algo más de 14 horas para recorrer los casi 50 km que separan ambos puntos. Un retraso supondría tener que esperar hasta última hora de la tarde. El cálculo acabaría siendo más ajustado de lo previsto.
El sábado amaneció con sol radiante y una temperatura inusualmente cálida, de acuerdo con la previsión para todo el fin de semana. Aquello eran buenísimas noticias, y me permitía ahorrarme algo de ropa de abrigo en la mochila, aunque no demasiada. Prudencia obliga, tenía que considerar la posibilidad de deber detenerme y pasar la noche al raso. Comida suficiente, y cuatro litros de agua, aparte de las pastillas potabilizadoras. El primer tren me llevó a Glasgow, donde cogí la línea de las West Highlands, que remonta el Loch Lomond, atraviesa Rannoch Moor y acaba junto al Atlántico en Fort William. Este trayecto comenzó soleado pero al poco de superar el Loch Lomond las nubes bajas cubrieron el cielo. Inversión térmica. Y así fue que llegué a mi destino. En el tren había muchos viajeros con indumentaria deportiva, pero ninguno se bajó conmigo en Corrour. La estación se encontraba desierta, el bar-albergue permanecería cerrado hasta el fin de semana sucesivo, cuando se inauguraba oficialmente la temporada de verano. Mientras me preparaba en el andén y el tren se ponía en marcha, la simpática revisora a la que había solicitado la parada, y que había comprendido mis planes, se despedía sonriente de mí saludándome con la mano. Sería el último ser humano que vería en las siguientes diez horas. Le devolví la sonrisa y el saludo.
Me impregné minuciosamente con repelente de insectos. Una de las pesadillas de las actividades al aire libre durante el verano escocés, sobre todo en la zona occidental, son los midges, pequeños dípteros que se reproducen por millones en charcas y turberas y que pueden llegar a suponer un agobio insoportable. Yo había descubierto bien pronto que soy alérgico a su picadura, con comezones que duraban varios días. Vista la hora y el lugar donde me encontraba, esperaba enjambres abalanzándose sobre mí; sin embargo por el momento, y para mi alivio, estas bestias no daban señales de vida. Así que, tras ponerme una chaqueta ligera y guardar la frontal en el bolsillo, ya estaba listo para empezar la caminata. Eran casi las nueve y media. Había que cruzar las vías y tomar la pista que conducía al Loch Ossian.


Una vez se alcanza el lago, al cabo de un par de kilómetros, la pista principal continúa por su orilla sur. Yo debo desviarme a la izquierda por un ancho camino que empieza a subir suavemente, flanqueando la ladera norte del Meall Na Lice. Este es el camino que conduce a la lejana estación de Rannoch, al sur. Escucho algunas voces más abajo. Posiblemente provengan del pequeño albergue cercano, o de alguna tienda oculta entre la arboleda. Me detengo y fotografío el lago. El ambiente está cargado de humedad, voy a buen paso y he comenzado ya a sudar.


El camino se vuelve fangoso e intercepta otro que sube desde el lago en las inmediaciones de una roca con una placa conmemorativa metálica. A partir de aquí, a unos 500 m de altura, lo abandono y subo campo a través en dirección este, ya por dura pendiente. Son más de las diez de la noche, he entrado en la zona de niebla y cada vez está más oscuro. En este momento empiezo a añorar una cama caliente y me pregunto qué se me ha perdido en este lugar a esta hora. La soledad y el silencio llaman al sueño y atravieso un momento de flaqueza psicológica. En la hora en que llegan las tinieblas uno se siente más vulnerable. Paro a echar un trago de agua. Aunque aún hay suficiente luz, prendo la frontal; es una forma de hacerme a la idea de la noche inminente. La estrategia da resultado y voy recuperando el ánimo. Llego al Meall na Leithire Duibhem, donde giro 90º a la derecha para tomar la arista N del Carn Dearg (941 m). Intuyo la proximidad de la cumbre que finalmente alcanzo a las once y diez. El primer Munro de mi travesía. Siete kilómetros y medio de camino en poco más de hora y media, es un muy buen ritmo. Sin embargo, no puedo disfrutar del paisaje y que sigo dentro de la niebla, que da la impresión de romperse apenas unos metros más arriba.


Había leído que el arranque del camino que por la arista este conduce al collado de Mam Ban era confuso. Pese a la niebla y la incumbente oscuridad, acierto a distinguir la cima del Sgor Gaibhre (955 m) que tomo como punto de referencia. A la luz de la frontal no me cuesta encontrar la traza, que baja por terreno rocoso y empinado hasta el amplio collado, donde la oscuridad y la niebla me hacen hundir las botas más de una vez en la turbera. Desde aquí me quedan más de 200 m de desnivel por un buen sendero hasta la cumbre. Unos cincuenta metros antes, llega el momento en que la niebla se evapora. Eufórico, alcanzo la cumbre minutos después de medianoche. La noche blanca me regala la visión sublime de las montañas surgiendo de un mar de nubes y perfiladas por la luz del sol apenas oculto bajo el horizonte.



Después de picar algo y beber, debo descender al collado que me separa del Sgorr Choinnich, la cima gemela del Sgorr Gaibhre, y que por su escasa prominencia no tiene la consideración de Munro. Vuelvo a sumergirme en la niebla, y a emerger nuevamente poco antes de la cima, que alcanzo hacia la una menos cuarto. La inversión térmica parece muy estable, y voy asumiendo que la mayor parte de mi noche transcurrirá dentro o por debajo de la niebla. Debo bajar al extremo oriental del Loch Ossian y volver a encontrar la ancha pista que había abandonado al principio de mi caminata. El camino vira hacia el noroeste, a veces se desdibuja y lo pierdo por unos metros. La niebla dispersa el haz de luz de la frontal y dificulta el avance, de forma que tengo que recurrir al GPS más de lo que me gustaría. El descenso, por terreno principalmente herboso, es con frecuencia accidentado y pendiente. Finalmente penetro en una zona más llana con algunos árboles, donde vuelvo a hundirme en terreno encharcado. Esto anuncia la proximidad de la pista del lago, amplia y con superficie de gravilla. Salgo a ella en las inmediaciones del Corrour Shooting Lodge, cerca de la orilla. El ambiente es bochornoso y estoy empapado de sudor por debajo de la chaqueta de goretex. La bajada me ha llevado más tiempo del esperado. He recorrido dieciséis kilómetros. Son las dos y cuarto pasadas y estoy a 390 m de altura. Llevo casi cinco horas de excursión. Desde aquí a la cima del Beinn Eibhinn (1102 m) me quedan 720 m de desnivel, los primeros 100 por la buena pista que remonta el río Uisge Labhair (camino que prosigue hasta Culra a través del collado Bealach Dubh, a 720 m), pero el resto campo a través hasta alcanzar la cresta al oeste del Beinn Eibhinn, en un collado entre el Mullach Coire nan Nead y el Meall Glas Choire. Había creado un track de GPS sobre mapa, guiándome por la intuición, y por tanto expuesto a «sorpresas» sobre el terreno. Mi previsión era llegar a Culra a las 7 de la mañana, para disponer de un buen colchón de tiempo y no tener que correr en el tercio final de la excursión. Perooo… para cumplir ese horario debería cubrir los dieciséis kilómetros que me separaban de Culra en cuatro horas y media, aún más rápido que los dieciséis primeros, y en terreno más complicado y con mayor desnivel. No me planteaba volver hacia Corrour pero era consciente de que no me iba a sobrar tiempo, y que había sido demasiado optimista en mis cálculos.
A las tres menos cuarto alcancé el vado sobre el torrente All Feith a Meallain, cuyo valle tenía que seguir. Nada más abandonar la pista el terreno volvía a encharcarse. Sin un sendero marcado, seguía el GPS, que me hizo vadear el torrente y sus tributarios en varias ocasiones. A veces aparecían caminos que tendía a seguir, hasta que se alejaban del track, y tenía que adivinar si sus trayectoria se acabarían cruzando más adelante. No debía alejarme del río, ni escalar a la derecha hacia las graveras del Meall Glas Choire. El terreno, siempre encharcado, la oscuridad y la pendiente creciente me estaban pasando factura. Subía lento, y a partir de los 700 m de altura la cosa se puso MUY empinada. Me estaba destemplando y empecé a notar un vago malestar en el estómago. Hubo un instante en que me di cuenta que la oscuridad se empezaba a desvaír. Me reconfortaba pensar que se aproximaba el amanecer, pero al mismo tiempo me recordaba que el tiempo corría en mi contra. Finalmente, mirando hacia lo alto, divisé la cresta, ya cercana y fuera de la niebla, con el sol surgiendo detrás y la silueta de un ciervo que me observaba desde allá arriba. Cuando por fin llegué, sentí un enorme alivio. Lo peor había pasado. Desde ese punto el acceso a la cima del Beinn Eibhinn, ya muy cercano, era trivial, por un buen sendero no demasiado pendiente. Hay dos cumbres gemelas separadas por escasos metros, cotadas a la misma altura. Coroné a las cinco menos cuarto, ya era pleno día, y veía la vida nuevamente con optimismo. Mi estómago, aunque no totalmente recuperado, había mejorado; lo importante era haber evitado una crisis de vómito como había padecido en otras ocasiones.
En todo caso, me había costado dos horas llegar hasta aquí desde la pista. Tenía menos de 6 horas para llegar a Dalwhinnie. No había tiempo para fotos. Echar un trago, comer un mínimo y salir por el sendero, a toda cresta, hacia el cercano Aonach Beag, que desde aquí se veía imponente, una airosa pirámide de roca encaramada sobre los abismos de la cara Norte.
Lo bueno de ir con retraso era que iba a poder disfrutar de las magníficas vistas, y caminar con mayor seguridad que yendo a oscuras. El sendero de la cresta es estrecho y rocoso, y aun siendo bastante seguro va pegado a unos desplomes vertiginosos por la izquierda. Doscientos metros más abajo, al pie de las paredes casi verticales, un diminuto lago glaciar. Durante el descenso, además, también hay exposición fuerte por el lado derecho, lo que obliga a prestar atención. Una vez en el collado, a unos 980 m, la cumbre del Aonach Beag (1116 m) parece literalmente estar encima de mí. El camino trepa empinadísimo y expuesto. Me lo tomo con calma y pie firme, ya me siento mucho mejor. Afortunadamente la subida es tan dura como breve, y en el último tramo ya menos vertiginosa. Es así que hacia las cinco y veinte alcanzo el segundo pico de la cresta y cuarto Munro del día. Tras unos breves minutos para comer algo y disfrutar del paisaje continúo hacia el Geal Charn (1132 m), el monte más alto del día. La bajada tiene una buena inclinación y de nuevo discurre con precipicios a la izquierda, pero la cresta se ha vuelto más ancha e impone menos. Enseguida alcanzo el collado a 1017 m, y a partir de aquí emprendo una ascensión algo más larga y con rampas menos duras. Al final se alcanza un plateau herboso, por donde discurren los últimos metros hasta el pequeño cairn cimero, a donde llego a las seis y cuarto. Este es el segundo pico más alto del macizo del Ben Alder, sólo 16 metros más bajo que el que da nombre al macizo, y que aparece imponente al SE, al otro lado del Bealach Dubh.
El descenso de esta montaña lo disfruté mucho. El día era espléndido, la temperatura tibia, las nieblas de los valles iban deshaciéndose y las vistas en todas direcciones magníficas. Comienza suavemente, en dirección ENE, atravesando el plateau durante casi dos kiómetros. Una vez alcanzado el zócalo rocoso que lo delimita, hay que destreparlo, el senderillo serpentea evitando los obstáculos principales (paso de Aisre Ghobhainn) y alcanza un colladito al pie de un resalte (Diollaid a’Chairn). Desde aquí las panorámicas son estupendas, con hermosos lagos a ambos lados de la cresta y el Ben Alder en el horizonte. Son las seis y media y decido tomar unas pocas fotos.




A partir de aquí el camino discurre sin sobresaltos por una cresta ancha y herbosa, superando primero la breve tachuela del Diollaid a’Chairn, descendiendo a un nuevo colladito y desde aquí, por pendientes muy llevaderas, alcanzo el cairn cimero del Carn Dearg (1034) hacia las siete y diez de la mañana. A mi derecha la caída hacia el valle del caudaloso río Allt a’Chaoil-reidhe es vertiginosa, pero es ahí que tengo que bajar. Inicio el descenso continuando por la cresta poco más de medio kilómetro, hasta que llego a la vertical del refugio (bothy) de Culra, hacia donde tengo que dejarme caer. Localizo una traza de sendero y me lanzo cuesta abajo por la pendiente. Agradezco que la hierba no se encuentre mojada, ya que prácticamente se podría bajar «esquiando» sobre las propias botas. A medio descenso la inclinación aumenta ulteriormente, y aquí diviso al primer montañero de la jornada, que sube penosamente siguiendo una trayectoria a escasos metros de la mía. Le saludo y prosigo hasta llegar al valle, pasando justo por detrás del bothy. Este refugio se encuentra, en teoría, clausurado por presencia de asbestos, y me llamó la atención ver algunas personas que se encontraban dentro. En sus inmediaciones y a lo largo del río se disponían numerosas tiendas cuyos ocupantes estaban atareados preparando el desayuno. Estas aguas excelentes, filtradas por la rota granítica y la turba, son potables tal cual. Era reconfortante poder por fin saludar y sonreír a seres humanos después de tantas horas de soledad. Culra, punto de partida para los ascensos a todos los picos del macizo, es un lugar de acampada de lo más agradable, aunque cuando visité el Ben Alder me metí otra gran kilometrada, ida y vuelta ligera desde Dalwhinnie, y no pernocté aquí. Ahora debía seguir de vuelta este camino, ya conocido. Eran las ocho pasadas y no había tiempo que perder; aún me restaban dieciséis kilómetros a recorrer en tres horas. Por tanto, tras una breve pausa para comer y beber algo, tomé el excelente sendero que sigue paralelo al río, por su orilla derecha, en dirección al Loch Pattack unos tres kilómetros aguas abajo. El paraje era hermoso, había que inmortalizarlo…

Hay que evitar confundirse en este punto y cruzar el río para seguir por la orilla derecha. Por la izquierda discurre una pista que va a parar a la ribera sur del Loch Pattack, lo que supone un rodeo innecesario. Mi camino, ancho y cómodo, atravesaba prados de hierba alta para llegar a una zona encharcada justo antes de alcanzar una buena pista medio kilómetro al este del Loch Pattack. En esta zona se ven pastando abundantes caballos y vacas, propiedad de la enorme finca, Ben Alder Estate, que abarca la mayor parte del macizo del Ben Alder y casi toda la orilla occidental del Loch Ericht, uno de los más largos de Escocia, hasta más allá de Dalwhinnie. Siguiendo esta pista durante unos dos kilómetros alcanzo las orillas del lago junto a la casa señorial de Ben Alder Lodge. A partir de aquí me espera una larga caminata en paralelo a la ribera, salpicada de pequeñas subidas que ya van pesando en las piernas. Con el tiempo de cine que hace, tan inusual en Escocia, lo que me da más rabia es no haberme podido parar en Culra para descansar y gozar del entorno, y retornar con calma gozando de las vistas sobre el lago y el cordal de Beinn Udlamain, sobre la orilla contraria. Pese a ello, me doy por satisfecho. La carretera sin asfaltar, prohibida al tráfico privado, me permite avanzar a buen paso. Me cruzo con algunos caminantes y muchos ciclistas con alforjas que llegan en sentido contrario. Según avisto el extremo norte del lago ya veo que llego con margen y puedo relajarme. A unos dos kilómetros de Dalwhinnie la carretera pasa a través de un portón por el interior de una mansión recientemente construida por los propietarios suizos de la finca, y que funciona como punto de control de acceso. Finalmente, a las once y diez de la mañana llego a la estación de Dalwhinnie, con tiempo para almorzar antes de abordar el tren y volver a casa. Misión cumplida. Esa noche iba a dormir a pierna suelta.





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