En la frontera entre Italia y Suiza, formando un anfiteatro que domina Zermatt, se desarrolla el macizo más poderoso de los Alpes, el del Monte Rosa. El Mont Blanc llega más arriba, pero esto es gracias a su durísimo granito, el mismo del que están hechas las magníficas agujas de Chamonix y sus estéticas vías de escalada. Desde el paso del Teódulo hasta la cima de Jazzi se extiende la mejor colección de cuatromiles de los Alpes, que comprende las cuatro cimas del Monte Rosa propiamente dicho (Dufour, Nordend, Zumstein y Signalkuppe), las más altas de la cordillera a excepción del Mont Blanc propiamente dicho y las dos cumbres del Liskamm, de 4500 m, unidas por una arista que perfila una muralla grandiosa por encima del Grenzgletscher. Hay otros muchos cuatromiles aquí, como el Breithorn y la Pirámide Vincent, que compiten por el título de los más «fáciles» de los Alpes, o los que nos ocupan aquí, Castor y Póllux, los Dióscuros, los hijos de Zeus.

El buen Zeus, a quien como es sabido le iba la marcha más que a Julio Iglesias en sus buenos tiempos, donde ponía el ojo ponía la bala. Y no escatimaba en los recursos que su condición de amo del Olimpo le otorgaba para travestirse y esparcir su divina semilla. Así que habiendo enfilado a la reina Leda y transformado en cisne, engendró a Póllux y a Helena de Troya, que nacieron del mismo huevo (no me meteré a discutir de biología con Zeus). Esa noche fue movidita para la reina Leda, que también yació con Tindareo, su legítimo marido. De esta coyunda Leda puso un segundo huevo, de donse salieron Castor y Clitemnestra, cuya vida conyugal, al igual que la de su hermana, resultaría bastante agitada. Castor y Póllux por el contrario gozaron de una existencia terrena repleta de viajes y aventuras antes de acabar convertidos en estrellas del firmamento nocturno, en la constelación de Géminis. Pero hay quien los ha reconocido precisamente en los Alpes, en forma de grandes montañas.

He subido dos veces el Castor (Castore en italiano), la primera por la ruta normal de la arista SE, desde Gressoney y pernoctando en el refugio Quintino Sella; dos años más tarde por la arista NW, desde la Val d’Ayas y el Rifugio delle Guide. Fue el día siguiente a esta segunda ascensión cuando tuve ocasión de subir a su hermano Pollux/Polluce, en travesía hacia el Klein Matterhorn y Zermatt.
Castor (4221 m) por Arista SE: F+/PD-. 950 +650 md. Itinerario sencillo y muy frecuentado, partiendo desde el Colle de Bettaforca, accesible con teleférico desde La Trinité.. La travesía del Glaciar Felik tiene buena huella y no suele presentar problemas de grietas. Desde el Feliksjoch, arista de nieve afilada y cornisas en el tramo superior. Equipo básico de caminata por glaciares y rescate de grietas.
2007 había marcado mi triunfo final sobre el Mont Blanc, en una agotadora jornada directa desde Tete Rousse y tras dos años de tentativas fallidas por la vertiente italiana. Aprovechando la racha, un mes más tarde apunté a un objetivo menos comprometido, pero hermoso y muy cerca de casa, el Castor. Así pues, el último día de Agosto nos plantamos en Staffal, 1800 m de altitud, al final de la carretera que recorre el valle de Gressoney. De aquí parten los remontes que en verano utilizan los montañeros que van hacia el refugio Mantova y el Monte Rosa (Passo dei Salati), y hacia el refugio Quintino Sella y el Castor o el Lyskamm (Colle del Bettaforca). Este segundo teleférico era el que tomaríamos nosotros. Una semana después cerrarían para reabrir con la temporada de esquí. Llegamos a la hora de comer, por lo que nos tocaba esperar al inicio del turno vespertino. Almorzamos y paseamos por el pueblo, muy solitario en este fin de temporada. Finalmente abren las taquillas y allá que vamos. El teleférico sobrevuela las pistas de esquí, que abren cicatrices en los abetales y más arriba discurren por desoladas graveras y canchales de color ocre. Se podría subir a pie al colle de Bettaforca por la empinadísima pista de servicio, o por sendero desde Gressoney-la-Trinité, añadiendo casi 1000 metros de desnivel, pero la mano del hombre ha hecho de esta caminata una excursión fea. El colle, a casi 2700 m, es un lugar desolado, hace viento y el tiempo es nuboso. El sendero del refugio, bien marcado, parte hacia el Norte atravesando pedreras y a la derecha de una arista de esquistos descompuestos. Empezamos a caminar a las tres de la tarde.


El tiempo mejora según ganamos altura. El camino se va subiendo a la cresta y atraviesa tramos equipados con cuerdas. Los grandes colosos nevados aparecen delante de nuestros ojos.




Finalmente, tras algún paso entretenido por cuerdas y puentes, alcanzamos el refugio en unas tres horas. El Quintino Sella es un lugar confortable donde recibimos una cálida bienvenida y una más que decente cena. La velada transcurre como es habitual, descansando, planificando el día siguente, charlando con la gente… Retirada a dormir temprano, y diana a las cinco, una hora muy «humana» para una ascensión alpina. Estamos ya a 3600 m, al borde del glaciar, y el desnivel a salvar es razonable.
Tras el desayuno, salimos al exterior poco antes del alba. Hace fresco pero el día promete magnífico. Son las seis y media, nos ponemos los crampones y encordamos inmediatamente, para afrontar la cómoda subida por el Feliksgletscher hacia el Feliksjoch. La huella se encuentra perfectamente marcada. Pronto, una traza secundaria se desvía a la derecha para bordear los Lyskamm por su cara sur y bajar al Rifugio Gnifetti. El amanecer es glorioso.


Sin necesidad de correr, progresamos cómodamente. Algunas grandes grietas cercanas son perfectamente visibles y no suponen riesgo. El glaciar está en muy buen estado teniendo en cuenta lo avanzado de la estación. Aprovechamos una parada para fotografiar, en la lejanía y dominante, al Rey de los Alpes.

En menos de dos horas alcanzamoss el collado de Feliks, a 4093 m. Desde aquí el Lyskamm Occidental aparecía tentador, y había pensado en él como alternativa al Castor, pero no lo veíamos claro. Sin huella clara y con acumulación de nieve inestable en la parte alta, decidimos tirar por lo seguro. Hacia la izquierda. Por ahí continuaba la traza principal, y divisábamos a varias cordadas atravesando la arista.


Así que atacamos la sencilla primera parte de la subida hasta las inmediaciones de la Punta Feliks, punto a partir del cual la arista se estrecha mucho. Nada particularmente peligroso, pero hay que prestar atención. Con nieve dura o hielo puede resultar traicionera. No es el caso en esta ocasión.

Y en menos de una hora desde el collado llegamos al punto más alto. No hay mucho espacio, y debemos turnarnos para tomar la foto de cumbre.


Desde este ángulo no son visibles las cumbres principales del Monte Rosa, sin embargo gozamos de una vista privilegiada de los Lyskamm.

Han entrado algunas nubes y el tiempo podría empezar a cambiar. Emprendemos la bajada con calma, debiendo ceder el paso en varias ocasiones a otras cordadas que suben. En este caso hay que apartarse con cuidado y mirar de no resbalar ladera abajo. También se puede aprovechar para hacer fotos.



En media hora estamos de vuelta en el collado, y desde ahí al refugio no nos lleva mucho tiempo, aunque la nieve se ha reblandecido por el calor del Sol y de vez en cuando nos hundimos hasta el tobillo. A mediodía ya estamos de vuelta y toca celebrar el éxito de una ascensión sencilla y muy satisfactoria donde todo nos ha salido bien. Recoger el material que habíamos dejado por la mañana, comer algo, y a la una de nuevo en camino para ir a buscar el teleférico de vuelta sin agobios de tiempo. El tiempo se ha nublado, aunque no parece que vaya a llover. Así bajaremos más frescos.

Y como despedida, fotografiar el sector más divertido de la cresta de acceso al refugio, con puente incluido.


Castor por Arista NW: PD. 1650 + 850 md. 750 md desde la estación del teleférico de Klein Matterhorn. Itinerario fatigoso partiendo desde St. Jacques (1700 m) al fondo del valle de Ayas. El glaciar se encuentra más agrietado y esta ladera del Castor es propensa a avalanchas. Una gran grieta en la parte alta puede dificultar el acceso. Además del equipo básico, algún tornillo de hielo, mosquetones y cintas pueden ser útiles.
En 2009 se me presentó de nuevo la posibilidad de compartir cordada con David, mi compañero de aventuras por el Mont Blanc y el Monte Rosa. El objetivo era una travesía desde la Val d’Ayas a Zermatt, coronando Castor, Pollux, y quizá alguno de los Breithorn de paso hacia el teleférico del Klein Matterhorn. Repetir el Castor no me motivaba demasiado, pero no les costó convencerme. Esta sería una ascensión «integral», sin teleféricos, la vía con mayor desnivel de todas. Llegué a St. Jacques, a 1700 m al fondo de la Val d’Ayas, que corre paralela al oeste de la Val del Lys-Gressoney. Como mis compañeros, que llegaban desde España, venían con retraso, quedamos en que yo subiría primero al Refugio Guide d’Ayas, y les esperaría allí. Esta era una pateada de las duras, y con mochila pesada, para varios días, a la espalda. El sendero sube primero por el interior del bosque, con fuerte pendiente, para luego ir a buscar el Torrente de Verra y remontar una penosa cresta morrénica. La pendiente se mantiene siempre muy fuerte por terreno de derrubios y bloques. Se pasa por el refugio Mezzalama antes de llegar al Guide d’Ayas, 300 m más alto, a cota 3350 m.
Ese día fue de calor muy húmedo, lo que hizo más penosa la subida. Empapado de sudor, dejé mi impedimenta en el refugio y fui a buscar un lugar apartado donde deshacerme de mi ropa y zambullirme en uno de los numerosos torrentes de agua helada que bajaban de los glaciares pocas decenas de metros más arriba. Mis colegas aún tardaron bastante en llegar, así que tuve tiempo de sobra para descansar.
El día siguiente, 24 de Julio, tocaba hacer Castor y volver a dormir en el refugio. Al principio el tiempo era bueno, sin embargo no tardó en torcerse, cubriéndose el cielo, nevando a ratos, y con fuerte viento en la arista final. Al revés de los sucedido dos años antes, el glaciar se encontraba fuertemente agrietado, y a menudo en hielo vivo, lo que nos obligaba a zigzaguear y permanecer siempre muy atentos, desde el inicio y hasta las inmediaciones del Zwillingsjoch.

El glaciar mejoraba una vez superado el collado, pero la arista del Castor presentaba varias grietas problemáticas y el mal tiempo lo complicaba todo. No me había sentido en forma en ningún momento ese día, pero fue aquí donde mi estómago se rebeló y empezó a mandar de vuelta el desayuno.
Llegamos finalmente a la cumbre. ¡Qué diferencia con la plácida ascensión por la arista opuesta! No sólo por la ruta, de compromiso bastante superior a la de hacía dos años, sino también por el tiempo fosco y desagradable, y con la amenaza de que a la lluvia y la nieve se sumara aparato eléctrico, cosa que finalmente no sucedió.

La bajada al refugio se hizo larga e incómoda, pero sin novedades dignas de mención. Llegamos empapados, eso sí, así que nos arreglamos como pudimos para medio secar la ropa y dejar las mochilas preparadas para el día siguiente, cuando deberíamos alcanzar la estación del teleférico del Klein Matterhorn tras una travesía en la que incluiríamos la ascensión al Pollux y posiblemente (en un injustificado alarde de optimismo) a alguno de los Breithorns que pillaban «de paso».
Pollux por Arista SW: PD. 1600 + 700 md. 600 md partiendo de la estación del teleférico de Klein Matterhorn. Itinerario común al Castor hasta las inmediaciones del Zwillingsjoch. En la arista, pasos de II y algunas cuerdas fijas. Algún mosquetón extra, bagas y cintas para asegurar en caso de hielo.
El 25 de Julio pintaba muy diferente a la jornada anterior. Ni una nube, solazo y a la postre, calor. Lo que sumado a la nieve caída el día anterior auguraba grandes emociones durante la travesía del glaciar de Verra. Nos encordamos para remontar nuevamente el glaciar ya conocido y una vez alcanzamos la gran huella de la Alta Ruta de Zermatt abandonamos la ruta del Castor para buscar la rocosa Arista SW que constituye la vía normal del Pollux. Un poco de escalada fácil y divertida, sobre roca y con crampones…

Eran las doce del mediodía. La cumbre, con una curiosa estatua de la Madonna, nos regaló unas vistas estupendas. El ángulo desde aquí sí nos permitía distinguir las cumbres principales del Monte Rosa. Los Lyskamm se distinguían menos, y hacia el oeste campo libre para toda la muralla del Breithorn hasta el Cervino y la Dent d´Herens. Hacia el noroeste, nuevamente las pirámides de la Corona Imperial, con el Weisshorn reinante, dominaban el horizante.






Para el descenso, nos pareció que las empinadas pendientes de nieve de la ladera W estaban en buen estado, así que por ahí nos lanzamos. Encordados de dos en dos descendimos en ensemble, con cuidado, montando algunos seguros rápidos. En este terreno me sentía mucho más cómodo que durante la escalada en roca, y superaba a mis compañeros, invirtiendo las tornas de la subida. Alcanzamos así el Schwarztor, la «Puerta Negra», entre el Pollux y la Roccia Nera. Ya era relativamente tarde, y no era realista buscar de hacer más cimas. Nos esperaba una caminata larga y no queríamos perder el último teleférico del Klein Matterhorn, que como es habitual en Suiza, parte a una hora ridículamente temprana.

El resto del día no tuvo otra historia que la larga travesía del glaciar bajo el sol, con las pesadas mochilas al hombro, sudando como pollos y hundiéndonos en la nieve. La subida final hacia los casi 3900 m de la estación Klein Matterhorn se nos hizo muy larga, pero conseguimos pillar el teleférico por pocos segundos. Los operarios prácticamente nos empujaron dentro… qué obsesión por la puntualidad tienen los suizos, sin darnos ni siquiera tiempo a quitarnos los crampones.
Y así fue como desembarcamos en Zermatt, la Meca del pijerío alpino, sudados y malolientes buscando un modesto refugio donde no nos desplumaran demasiado. Habían sido tres días muy intensos, con emociones variadas, buenos paisajes y mejor compañía. ¿Está claro por qué nos encanta la montaña?





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