Muchos consideran las Dolomitas, Patrimonio de la Humanidad, como las montañas más hermosas de mundo. Se podrá opinar lo que se quiera, pero sin duda poseen una originalidad única. Se ubican en el nordeste de italia, principalmente en la región de Südtirol-Alto Adige, que hasta 1918 perteneció al Imperio Austrohúngaro. Esto se refleja en la toponimia y en la cultura de sus habitantes, de origen germánico. En muchos lugares es el alemán la primera lengua y el italiano se habla con un acento inconfundible. Aún hoy no se olvidan las heridas de la Gran Guerra y de la posterior represión mussoliniana hacia la población de origen tirolés. Además aún perdura en algunos valles una ancestral lengua retoromana, el ladino, emparentado con el romanche da la vecina Suiza, y que goza de oficialidad en 54 municipalidades de las provincias altoatesinas de Trento y Bolzano y en la de Belluno en Véneto.
Geológicamente el macizo presenta características típicas de las cadenas periféricas de los Alpes, al norte y sur de su eje cristalino. Sobre el zócalo erosionado de una antigua cordillera formado por areniscas y arcillas metamorfizadas, se fueron acumulando sedimentos de criaturas con conchas calcáreas en el mar cálido y somero que cubría este área durante el Mesozoico. Entre el final del Cretácico y el comienzo de la Era Terciaria el acercamiento de África a Europa dio comienzo a la orogenia Alpina, elevando el lecho marino y aflorando la roca sediemntaria. En el sector dolomítico, la composición de los carbonatos es diferente al de otras zonas de los Prealpes, con una mezcla de magnesio y calcio; esta roca, llamada dolomía, es la que da nombre a estas montañas.
El Parque Naturale Odle-Puez se encuentra al noreste de Bolzano, la capital regional, entre los valles de Gardena, Funes y Badia. Su límite septentrional está aproximadamente limitado por la carretera que a través del Paso delle Erbe o Würzjoch comunica Bressanone y Funes con San Martino in Badia, y coincide con la falla que separa las Dolomitas de la cordillera axial. Desperdigados a lo largo de esta carretera se encuentran pueblecitos de arquitectura típicamente tirolesa; en Santa Magdalena de Funes encontramos la encantadora iglesia de San Juan de Ranui, con su cúpula de cebolla, últimamente convertida en atractivo turístico internacional. Su silueta en mitad de un prado alpino, con la muralla de Odle de fondo, es una imagen de postal.

El macizo de la Pùtia y la vecina cadena de Odle di Éores se encuentran en el extremo norte del Parque y son accesibles por la vertiente meridional, desde la Malga Zannes en Val de Funes o por el Valle de Longiarù desde la Val Badia. Sin embargo, el acceso motorizado más rápido es desde las inmediaciones del propio Passo delle Erbe, a 2004 m de altitud.

La vertiente septentrional de estas montañas es también la más salvaje. Por el sur, el bosque y los prados alpinos llegan muy arriba, las pendientes son moderadas y sólo al final la montaña revela su dureza. Por el contrario, la cara norte se desploma verticalmente sobre el valle, ofreciendo escasos accesos fáciles. En condiciones invernales la sensación de alta montaña es total.

En invierno la carretera se suele limpiar desde el fondovalle de Val Badia hasta el puerto. Por la vertiente de Funes, en cambio, queda cerrada justo después de los últimos núcleos habitados, utilizándose como pista de esquí de fondo. En el Passo delle Erbe se encuentra el refugio-hotel Ütia de Borz. Cuando uno regresa de una caminata, raquetada o esquiada, entrar en su sala de pranzo y tomarse un trozo de strudel con un café o chocolate caliente es una auténtica delicia. No he pernoctado nunca allí, pero sí he estado allá arriba de noche, el aire helado, cortante, bajo un firmamento preñado de estrellas.
Sin embargo, la Navidad de 2015 salió rara. Prácticamente no había nevado, y si no fuera por las placas de hielo en las umbrías, se diría que aún estamos en Octubre o principios de Noviembre. El anticiclón, estático durante semanas, traía una sucesión de días gélidos y secos. Había planificado unas vacaciones tranquilas, caminatas estilo dominguero por el bosque, vuelta al hotel, un poco de sauna… (junto al ya mencionado strudel, otro de los grandes placeres invernales sudtiroleses). Crampones y piolets se habían quedado en casa. Pero claro, la cabra tira al monte, y vi el objetivo a tiro. ¡Vamos a por la Pùtia y sus 2875 m, la reina del valle! A por la Pùtia… y lo que surja.

A las 8 de la mañana me dejan en el alto y emprendo la marcha con las primeras luces. Sigo el sendero 8A, por un camino ancho y perfectamente señalizado (Forcella de Putia) que discurre por un ralo abetal y prados de altura. Frente a mí, a menos de dos kilometros a vuelo de pájaro, las dos Pùtias, la grande y la pequeña.

Los primeros minutos trnascurren en suave ascenso, hasta ganar la amplia zona de prados al pie de los roquedos. Esta zona esta surcada por pistas de esquí de fondo y (cuando hay nieve, obviamente) hay que estar atentos a las balizas para no salirse del sendero e invadirlas. Una vez alcanzada la cabaña de Munt de Fornela, el camino se divide. A la izquierda parte el sendero 8B, que se dirige al collado de Goma, flanqueando la arista oriental de la Pùtia y sus gendarmes. El sendero 8A, que seguimos, empieza a rodear la Pequeña Pùtia por la derecha para ir a buscar el único punto débil de la muralla, la Forcella de Pùtia, entre la Pùtia y el Odle de Èores, a través de una sencilla canal pedregosa.

Sigo en sombra y hace mucho frío, la pendiente progresivamente más fuerte me permite ir entrando en calor. Camino rápido.

Rodeando la montaña, finalmente alcanzo el barranco por donde discurre el torrente Sorte, entre la Pequeña Pùtia y el Odle de Èores; aquí se une por la derecha otro sendero que sube desde la carretera, a unos tres kilómetros del Passo delle Erbe.

Este es el punto que más me preocupaba, aquí no pega el Sol en todo el día, y temía encontrarme con placas de hielo, que, no disponiendo de crampones, me podrían complicar la vida, sobre todo en bajada. El torrente se encuentra congelado, pero el camino está razonablemente limpio.

Diviso otros montañeros delante de mí. El collado está cerca, y cuando emerjo en la Forcella de Putia, tengo la impresión de pasar súbitamente del invierno alpino a la dulzura del otoño. Una vaharada de luz y calor me golpea en el rostro, y un mundo de suaves praderas se abre frente a mí. La ruta normal a la Putia ahora cambia de vertiente, y se vuelve «facilita» antes de la traca final de diversión.

La Forcella de Pùtia (2375 m) es una encrucijada de caminos donde hasta han instalado un banco de madera para facilitar el descanso del excursionista… He tardado menos de una hora hasta aquí, pero decido continuar sin detenerme. Giro a la izquierda para seguir subiendo. El día es inmejorable, y a las 9 de la mañana me tomo mi primer descanso para disfrutar del panorama.

El camino, muy transitado en verano, ha sido restaurado y estabilizado. La pendiente es fuerte y es importante minimizar la erosión. Este primer sector es puramente herboso.

El camino traza amplias zetas y permite ganar altura cómodamente. El terreno se vuelve progresivamente más abrupto según me acerco a los primeros espolones rocosos.

El panorama se vuelve cada vez más amplio y, además del vecino macizo de Odle, van apareciendo detrás muchas de las grandes montañas dolomíticas, como Sassolungo, Piz Boè, Marmolada, Civetta o Monte Pelmo.


Y veo con alegría como ya me estoy acercando al final. Las paredes rocosas a mi derecha me tapan la cumbre principal, mientras que la suave pendiente de la Pequeña Pùtia ya es visible.

Finalmente llego al pie del gigantesco mogote rocoso que constituye la cumbre principal del Sass de Pùtia. Para alcanzarla hay que remontar una cresta expuesta equipada con pernos y cadenas. La encuentro sencilla y divertida, pero prefiero ir bien concentrado y no saco fotos en este momento.


Superado el tramo de escalada sin complicaciones, sólo me quedan unos pocos metros por terreno pedregoso hasta la cruz de cumbre, hacia la derecha. Sass da Pùtia, o Peitlerkopfel, 2875 m. Llego a las 9.45 y el panorama se abre ahora en todas direcciones. Ni una sola nube y visibilidad excelente.

Mirando hacia el Norte, a mi derecha el Plan de Corones está pelado, y sólo algunas pistas aguantan con nieve artificial. El aspecto, cicatrices blancas en un lienzo de bosques de coníferas e hierba quemada, es inquietantemente artificial. Cerrando el horizonte, sobre el confín austríaco, la cadena axial de la cordillera ofrece una imagen un poco más invernal.


El horizonte Sur, inundado de luz, no facilita sacar buenas fotos. El macizo más importante del Parque Natural, el Odle, atrae las miradas. Llama la atención el contraste entre la vertiente oriental, iluminada desde primera hora, y las vertiginosas murallas occidentales, surcadas por innumerables vías de escalada de gran dificultad, todavía en plena umbría.

El día es extraordinario, me siento bien e intuyo que hoy puedo hacer grandes cosas. Había planeado hacer las dos Pùtias, pero empiezo a dar vuelta a la posibilidad de explorar un poco los Odle di Êores. Así que tras 10 breves minutos emprendo el descenso.
Llegado a la salida de la cresta que ahora me toca destrepar, veo que empieza a haber tráfico de subida, pero no me supone mayor contratiempo.

De vuelta al colladito, retomo el sendero que por una cómoda pendiente me conduce a la cima de la Piccola Pùtia (2813 m), a donde llego a las 10.20.

El panorama desde aquí es tan bueno como desde el pico principal, si bien la mole de este último cubre parte del horizonte Este. Impresiona visto desde este punto. Se ha congregado bastante gente allá arriba…

Me divierto con el zoom buscando el detalle de las altas montañas austríacas en la lejanía.

Aprovecho para almorzar algo y una chova piquigualda se me acerca. No se muestra temerosa.

Desde aquí arriba se goza de una mejor vista de la muralla de Odle di Êores, un diente de sierra con picos poco individualizados, escasamente frecuentados y de aspecto adusto, que culminan en los 2653 m del Monte Tullen. Escruto la ruta que debería seguir, navegando «a vista». No he traído ni mapa ni GPS, y me hago sólo una idea aproximada de los nombres y de las ubicaciones de los picos; no había previsto semejante «propina», pero tampoco unas condiciones tan favorables de la montaña y de la meteo.

Sin acabar de decidirme, emprendo el descenso a la Forcella de Pùtia. Una vez allí ya veré lo que me pide el cuerpo.

Estoy de vuelta en el collado a las 11.20. Ni siquiera es mediodía, y el Passo delle Erbe está demasiado cerca, así que decido aprovechar el día. Prosigo recto por el bien marcado sendero que se dirige al Refugio Genova, pocos metros más allá del Passo di Poma, que da acceso a la vertiente de Val di Funes. Va bordeando los 3 pequeños promontorios herbosos que inician la cresta de Êores. Al cabo de unos 10 minutos lo abandono para empezar a trepar siguienndo el sendero equipado Gunther Messner (GM). Esta abrupta ruta recorre íntegramente la cresta de Êores, y ha sido nombrada en honor al hermano del célebre primer conquistador de los catorce ochomiles, que perdió la vida durante el descenso del Nanga Parbat. La casa natal de Reinhold Messner se encuentra muy cerca de aquí, en St. Peter en la Val de Funes.

La pendiente es dura pero breve, llegando a lass inmediaciones de la cota en la que el cordal se divide, con el ramal principal continuando por la cresta de Êores y el izquierdo declinando hacia el cercano Passo di Poma. Esta primera cota, de 2533 m de altura, se bordea por la vertiente norte, y aunque el camino es bastante bueno, sí encuentro tramos helados que me obligan a estar alerta, ya que hay cierta exposición.

Superado este tramo, se alcanza otro pequeño collado al pie de la cota sucesiva, que el camino bordea nuevamente por el sur. Esta angosta hendidura tiene caídas vertiginosas hacia ambas vertientes. Impacta el contraste entre la gélida pared Norte y las dulces praderas pastoriles del lado meridional.

El siguiente sector de la ruta GM es un flanqueo en ligera subida con tramos equipados con cadenas. En estas condiciones no hay gran problema, pero con hielo o nieve sería muy fácil hacerse daño.



Avanzo con rapidez, pero voy atento al reloj. Hoy es 30 de diciembre y dispongo sólo de 8 horas de luz. Tampoco llevo una frontal encima, para acabar de completar mi poco ejemplar equipamiento en un día que es todo improvisación. Además, en contraste con la muy concurrida Pùtia, aquí no encuentro a nadie. Estas son montañas rudas, pero no muy altas ni particularmente estéticas, atrayendo por tanto a relativamente poca gente. Según me aproximo al final del contorneo de la escarpadura, distingo a cierta distancia una alta cresta herbosa horizontal que un poco más allá se eleva airosamente hacia un pico muy dominante. Ajá, ese debe de ser el Ringspitz. Al Tullen no me da tiempo a llegar, eso es más que seguro, pero me hace ilusión alcanzar un pico que al menos tenga un nombre.

Voy saliendo por terreno cada vez más abrupto, ya está ahí la cresta herbosa fácil, pero estoy un pelín alto, tendré que bajar un poco y ¡oh, sorpresa!. Qué divertido…

Un descenso vertical y muy expuesto, donde hay que agarrarse a un cable para llegar a lo alto de un salto de 15 metros, salvado mediante una escala metálica que me deposita en una estrecha horcada dominando los abismos de la vertiente Norte. He tardado apenas 15 minutos desde el collado anterior. Aquí abandono el sendero GM, que continúa horizontal a media altura, para subir por terreno fácil hacia una última cota antes de alcanzar la cresta horizontal mencionada.

Tras un breve descenso alcanzo el filo suspendido entre las dos vertientes y llego al pie de la subida final. El primer objetivo es un hombro con un llamativo hito de piedra.

En cinco minutos lo alcanzo y desde aquí ya se distingue la cima.

Un tramo más suave antes del último esfuerzo, en el cual el terreno se torna nuevamente rocoso, requiriendo un poco de atención pero sin verdaderas dificultades. Alcanzo lo que creía ser la cumbre, pero como sucede tantas veces, descubro que se trata de una antecima. No pasa nada, el punto más alto con su hito de piedras está a un par de minutos. Y por fin llego. Ringspitz, 2625 m, supongo… Son las 12.20. He tardado una hora desde la Forcella.

El panorama es ligeramente diferente al de la Pùtia. La cresta que tengo delante, con el Tullen y sus satélites al fondo, me tapa parcialmente la vista hacia el Oeste y los valles de Funes e Isarco. Al fondo, lejos, hay montañas nevadas, muy altas, de casi cuatro mil metros: Ortler, Gran Zebrù, Wildspitze y los otros picos de los Alpes de Ötztal. Estas eran las montañas más altas del Imperio de los Habsburgo, y aún hoy, en estos valles, se percibe nítidamente que Viena está mucho más próxima que Roma, y no sólo geográficamente.


No me entretengo mucho y emprendo el regreso por donde he venido. Superada la antecima, me asomo a una canal que se precipita por la vertiente norte hasta la carretera asfaltada que conecta el Passo delle Erbe con la Val de Funes y Bressanone.

Da gusto bajar por este sendero cómodo y absolutamente panorámico.

Llego a la escalera, que en subida impresiona mucho menos, supero el tramo equipado más delicado y me detengo un rato para gozar una vez más del paisaje y de este día estupendo. Dedico unos minutos a identificar y cazar con el zoom a algunas de las más famosas montañas dolomíticas. Un archipiélago vertical de moles de roca, de islas pétreas que surgen del fondo de los valles.




Ya estoy llegando al colladito previo a la travesía en umbría. Aquí no ha pegado el Sol en todo el día.

Supero nuevamente este tramo delicado y regreso al terreno fácil, un breve descenso hasta el sendero del Paso di Poma y alcanzar la Forcella por tercera vez en el día. Es la una y media.

Afronto el descenso del collado con precaución, hay algo de roca suelta y nieve helada.

Vuelve a hacer frío y la sombra de los Odle di Èores se proyecta sobre la cresta de la Pequeña Pùtia, erizada de gendarmes.

En media hora alcanzo el pie de la muralla. El sol poniente ilumina las Pùtias allá en lo alto.

Ya sólo quedan pocos minutos para alcanzar la carretera, no hay mucho tiempo para detenerse porque uno se queda frío enseguida. La última mirada hacia esta montaña estupenda me devuelve una imagen a la altura de lo que ha sido la excursión de hoy.

Y sí, a esta hora aún quedan personas allá arriba. Buona discesa, amici!




Replica a Pizzo Scalino (3323 m), balcón sobre el Bernina. – Aire Fino Cancelar la respuesta